Ser cristian@ es ser oyente de la Palabra
ayer, hoy y siempre.
Escuchar a Jesús.
Hablar con Él y de Él.
23 Tiempo Ordinario –B06 septiembre 2009
Segunda lectura Santiago 2, 1-5
Hermanos míos, no mezcléis con favoritismos la fe que tenéis
en nuestro Señor Jesucristo glorificado.
Supongamos que en vuestra asamblea entra un hombre con sortija de oro
y espléndidamente vestido, y entra también un pobre con traje raído.
Si os fijáis en el que va espléndidamente vestido y le decís:
«Siéntate cómodamente aquí»,
y al pobre le decís:
«Quédate ahí de pie o siéntate en el suelo a mis pies»,
¿no estáis actuando con parcialidad
y os estáis convirtiendo en jueces que actúan con criterios perversos?
Escuchad, mis queridos hermanos,
¿no eligió Dios a los pobres según el mundo para hacerlos ricos en fe
y herederos del reino que prometió a los que lo aman?
Santiago nos habla desde su experiencia eclesial. Nos presenta su ejemplo con un detalle que prueba
que se trata de algo vivido.
Hay quienes en la comunidad cristiana no son conscientes de todo lo que implica seguir a quien dijo:
“Los últimos serán los primeros”. Mantienen las categorías mundanas y dan los primeros lugares en la
Iglesia a quienes los tienen igualmente en la sociedad porque son poderosos y visten bien. En cambio al
pobre, al mal vestido, al que tal vez huele mal, lo tratan con menosprecio.
Es hacer lo contrario de lo que manda el Señor.
La carta de Santiago es particularmente sensible a la preferencia de Dios por los insignificantes.
Acusa por ello a quienes hacen esas distinciones de proceder con “criterios malos”, es decir, opuestos
a la verdad de Jesús. El sencillo y exigente texto de Santiago nos sigue interpelando. ¿Acaso entre
nosotros, los buenos apellidos, el poder económico y social, la “buena presencia” no siguen siendo razones
para tener un peso y una opinión que no son reconocidos a los pobres? No podemos construir una Iglesia,
signo del Reino de vida, si hacemos acepción de personas. (Gustavo Gutiérrez)
Marcos 7, 31-37
Dejó el territorio de Tiro y marchó de nuevo, por Sidón, hacia el lago de
Galilea, atravesando el territorio de la Decápolis.
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Jesús sale de la región “sagrada” de Palestina,
para entrar en el territorio pagano de la
Decápolis.
Su horizonte evangelizador es universal.
No excluye a nadie.
Si no hay alimentos impuros, tampoco hay
personas impuras.
El texto es uno de los tres milagros narrados
por Marcos y no recogidos por Mateo.
Para la mentalidad de la época, la sordera
y la mudez pertenecen al tipo de enfermedades
que son consideradas un castigo.
Las personas que las sufren son consideradas
pecadoras.
Jesús, al abrir los oídos y soltar la lengua, no
sólo devuelve la salud, también reintegra a la
vida social y a los derechos religiosos. Hace que
las personas dejen de ser marginadas.
Así es la actuación de Jesús.
Así se manifiesta el Reino.
Le llevaron un hombre que era sordo
y apenas podía hablar y le suplicaban
que le impusiera la mano.
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Sordomuda es una persona que tiene dificultades para recibir información,
serios problemas para decir lo que piensa
y está impedida para tomar iniciativas y decisiones libres.
Jesús resuelve el problema de la incomunicación humana.
Jesús lo apartó de la gente y, a solas con él, le metió los dedos
en los oídos y le tocó la lengua con saliva.
33
El contacto personal y físico con Jesús elimina ataduras, trabas y miedos.
Jesús habla al paralítico, al ciego, habla con los leprosos, con la niña enferma...
Con el sordomudo recurre a los gestos, para darle a entender que quiere
devolverle el oído –metiendo sus dedos en los oídos- y que quiere soltarle la lengua
–tocándola con su saliva-.
Esté donde esté, en territorio pagano o judío, para Jesús el único criterio para
decidir lo que puede o no puede hacer es la necesidad concreta del ser humano.
Éste es también el criterio para las personas que quieran pertenece al Reino.
34
Luego, levantando los ojos
al cielo, suspiró y le dijo:
–Effatha
(que significa: ábrete)
Un gesto expresivo de Jesús –levantar los ojos al cielo y suspirar-, nos pone en la
pista de dónde buscaba el poder de regenerar a quien necesita ser recread@ y
liberad@.
La misma palabra dirigida al sordomudo, puede resonar hoy en nuestros oídos y en
nuestro corazón, invitándonos a realizar gestos creadores y a ofrecer signos de
vida.
Quizá la invitación fundamental a los hombres y mujeres de hoy y de siempre esté
expresada en esas palabras de Jesús al sordomudo: “¡ÁBRETE!”.
Y al momento se le abrieron
sus oídos, se le soltó la traba
de la lengua y comenzó
a hablar correctamente.
35
Podemos aplicarnos esta tarea curativa a [email protected] [email protected] Preguntarnos si
tenemos que curarnos de alguna sordera o mudez voluntarias, si ejercemos la misión
de curar a [email protected] Si vivimos [email protected] de vallas que nos “insonorizan” e impiden que
llegue hasta [email protected] el rumor de la vida de [email protected] demás, con sus problemas y sus
alegrías. En los acontecimientos cotidianos hemos de saber escuchar la voz de Dios
y no hacernos [email protected] ante la injusticia, el hambre, los deseos, el dolor, las palabras,
las ilusiones... de [email protected] demás.
¿Tenemos los oídos atentos para escuchar la Palabra y ponerla en práctica?
Él les mandó que no se lo dijeran a nadie, pero cuanto más insistía, más lo
pregonaban.
36
Nadie obedece en el texto la orden de silencio dada por Jesús.
Cuando se escucha la Palabra, cuando se la acoge en el corazón,
¿cómo guardar silencio?
¿Cómo no salir corriendo al mundo entero y comunicar a [email protected] la Buena Noticia?
Y en el colmo de la admiración decían:
–Todo lo ha hecho bien. Hace oír a los sordos y hablar a los mudos.
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¡Todo lo ha hecho bien! Alguien me ha sacado del mundo del silencio
y ha abierto mi vida entera sacándome a espacio abierto.
No como quien realiza un acto mágico y espectacular,
sino con la ternura del gesto de una madre que acaricia al más débil de sus hijos,
a la más débil de sus hijas.
¡Danos oídos atentos y lenguas desatadas!
Que nadie deje de oír el clamor de los acallados,
ni se quede sin palabras ante tantos enmudecidos.
Tímpanos que se conmuevan para los que no oyen.
Palabras vivas para los que no hablan.
Micrófonos y altavoces sin trabas ni filtros
para pronunciar la vida,
para escuchar la vida y acogerla.
¡Que los sordos oigan y los mudos hablen!
Para el grito y la plegaria,
para el canto y la alabanza.
para la música y el silencio,
para la brisa y el viento,
para escuchar y pronunciar tus palabras aquí y ahora.
Tú que haces oír a sordos y hablar a mudos...
¡Danos oídos atentos y lenguas desatadas!
Ulibarri Fl.
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23 domingo -B- 06-9-09