LA LUCHA POR
LA CONSOLIDACIÓN
ECONÓMICA
(pp. 223-239)
JOSÉ MARIA ROMAN, SV (I Biografía), BAC 1981.
La
consolidación
jurídica
y
económica
eran
necesarias
para
que
la
CM
se
consolidara en la
Iglesia.
Una sólida base
económica para la
subsistencia
de
sus miembros y
libertad de acción
apostólica, además
de gratuita.
Fuentes
económicas:
Recursos fundamentales: Rentas del
capital fundacional que se dispuso entre
1625 y 1632. Monto: 45, 000 libras
donadas por los señores de Gondi. ¿Qué
cubría? Proveer las necesidades de 6 o 7
misioneros. ¿El problema? La CM había
empezado aumentar: 11 en 1627, 18 en
1629, 23 en 1630, 26 en 1631. Este
aumento también aumentaba los gastos.
Colegio de Bons Enfants: Una modesta
fuente de ingresos. Colegio universitario,
pensión de los clérigos residentes en él y
por las rentas de algunas propiedades
afines al lugar. Sin embargo, fue
necesario hacer serias reparaciones para
lo cual Vicente tuvo que recurrir a
préstamos continuos.
Donativos ocasionales: Vicente no
solía rechazar donativos. Si otros, por
alguna razón no los aceptaban, Vicente
sí. Su convicción: «lo que les sobra a los
ricos, les falta a los pobres».
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A pesar de las
controversias históricas,
especialmente de los
Oratorianos para
desviar los fondos
destinados a los
misioneros paúles,
Vicente es consciente
que debe a los Gondi la
fundación de la CM, por
diversos motivos y
entre ellos, el
económico.
Para 1630, la situación
económica de la CM era
aún bastante precaria.
¡Una luz apareció!
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A las afueras de París, se alzaba el
hermoso priorato de San Lázaro. Una
antigua fundación del siglo XII, destinada
a la leprosería. Con el paso del tiempo
fue un lugar enriquecido con posesiones
y privilegios por parte de monarcas y
pontífices.
La lepra se había extinguido. San
Lázaro era punto obligatorio del cortejo
fúnebre de gente importante venida de la
capital donde los obispos los rociaban
con agua bendita.
El priorato comprendía una pequeña
iglesia gótica del siglo XIII, muy
reparada en el siglo XVII. Tenía patios y
jardines, rodeada por una serie de
construcciones: las casas de los leprosos,
la prisión, un alguergue para dementes,
el palomar, la granja, el molino de
viento, los establos y cuadras, el
matadero, etc. La extensión aproximada
era de 32 hectáreas. En ella se
cosechaba trigo, centeno y alfalfa.
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Durante
mucho
tiempo,
la
administración estaba confiada a una
especie de cofradía, los caballeros de
San Lázaro, compuesta por eclesiásticos
y laicos que vivían en comunidad según
la Regla de San Agustín, pero sin votos,
bajo la autoridad de un prior designado
por el obispo de París entre los
sacerdotes de su diócesis. A principios
del siglo XVI, el obispo Esteban de
Poncher suprimió la cofradía y entregó
el priorato a los canónigos de San
Victor.
En 1630, la comunidad de canónigos de
San Lázaro atravesaba momentos
difíciles. Se comenzó a gestar la idea de
traspasarlo a algún otro beneficiario. No
le faltaron ofertas, incluso de alguna
abadía. Los problemas aumentaron y el
prior pensó en una solución radical:
renunciar al priorato. Pero ¿a favor de
quién?
Adrián Le Bon sugirió el nombre de Vicente,
a quién él conocía.
La reacción de Vicente fue de lo más
inesperado: se quedó aturdido y se le
embotaron los sentidos.
Sorprendentemente Vicente se rehusó a
aceptar. Pero le insistieron nuevamente.
Vicente se despidió, pidiendo seis meses
para reflexionar argumentando que sólo
eran unos pobres sacerdotes que vivían
sencillamente, sin más pretensiones que
servir a la pobre gente de campo.
Vicente era un hombre humilde,
pero aun la humildad debe tener
sus razones.
La de Vicente era la realidad: eran
demasiado pocos para instalarse en
un extenso dominio como San
Lázaro: «un traje demasiado
grande
para
un
pequeño
cuerpecito».
Vicente quería evitar toda clase de
ruido, y la pregunta constante era:
¿todo esto no irá a empeorar las
cosas antes que solucionarlas?
La gestión del contrato fue muy laboriosa. Adrián Le Bon y Vicente tenían mentalidades muy diferentes y
cada uno de ellos entendía el proyecto de manera distinta. Aun cuando se hicieran cargo de los leprosos,
la aceptación del nuevo proyecto no tendría que afectar en nada el fin, ni los trabajos propios de la CM.
Hubo por ello, momentos en que las negociaciones estuvieron al punto de la ruptura:
peligro de que los misioneros se
convirtieran en canónigos, abandonando
su dedicación primordial al pobre pueblo
del campo;
Relajar los hábitos de observancia y
silencio de la nueva comunidad, y por
tanto, una vida más libre, como los
canónigos.
“…me gustaría mejor que permaneciésemos en nuestra
pobreza que desviar los designios de Dios sobre nosotros” (p.
231).
Existían
también
diferencias económicas,
en particular sobre la
cantidad que deberían
abonar los canónigos
que decidiesen seguir
viviendo en el priorato.
Sin embargo, este punto
lo
solucionó
pronto
Vicente. Resueltas al fin
todas las dificultades, el
7 de enero de 1632 se
procedió a la firma del
contrato.
La primera era que, prácticamente, ya
no había leprosos que atender. San
Lázaro era un lugar más que se habían
construido para dicho fin, pero
subutilizado desde el siglo XVI.
La segunda era que la Congregación
de San Víctor, a la que pertenecía el
priorato, había quedado disuelta, por
decisión de capítulo.
El tercer motivo era que como las
rentas del priorato estaban destinadas
a los leprosos. Pero como estos habían
desaparecido, la intención de los
fundadores, era aplicarlas a la salud
del pobre pueblo del campo, “infectado
de lepra del pecado”, cediéndolas a los
sacerdotes de la Misión y cooperando
a su consolidación y crecimiento.
Pensión vitalicia para el prior, además de seguir usando su título.
Cada canónigo recibiría una pensión anual: tanto si viviera en San Lázaro, como
si cambiara de domicilio o si recibieran un beneficio por parte de la CM. Además,
seguir ocupando sus respectivas habitaciones y apartamentos, de suerte que
tuvieran todas las comodidades posibles.
El fiador y garante de todas estas
obligaciones económicas contraídas
por la CM era el P. Gondi. Vicente, en
nombre de su Congregación, aceptaba
todas
y
cada
una
de
estas
responsabilidades.
A cambio de todo ello, la CM, una vez
aprobada la unión por el arzobispo de
París,
la
Santa
Sede
y
las
correspondientes autoridades civiles,
entraría en posesión plena y perpetua
del
priorato
con
todas
sus
propiedades muebles e inmuebles y
todos sus frutos, provechos, rentas y
emolumentos.
A todo esto, faltaban las obligaciones con el Arzobispo de
París:
La misión continua de
las
aldeas
de
la
diócesis de manera
gratuita.
A recibir a todos los
clérigos de París antes
de
su
ordenación
durante 15 días de
manera gratuita para
practicar los ejercicios
de ordenación.
Al decreto episcopal de unión siguieron las
letras patentes del rey, quien a su vez,
registrar ante el Parlamento. Aquí empezaron
a surgir más dificultades.
Apareció otra comunidad de canónigos
agustinianos apoyados por el abad titular, el
Cardenal de La Rochefoucauld. Sentían que
San Lázaro se les escapaba. Éstos, visitaron a
Le Bon y sus canónigos…
Vicente, por su parte, les visitó personalmente
al cardenal y al religioso para pedirle que no
obstaculizaran los proyectos del prior. La
Divina Providencia se encargaría de resolver
pronto el problema, a través del arzobispo de
París, quien les contestó con sequedad y
claridad: “no pensamos renunciar a dicho
proyecto”.
Algunos canónigos de San Víctor estaban renuentes a dejar San
Lázaro, pero al haber sido disuelta en capítulo habían perdido todos
los derechos. Éstos, no dándose por vencidos, recurrieron al
Parlamento en un intento de impedir la ratificación de las letras
reales. Todo este asunto se había convertido en un pleito judicial
ante la más alta corte del reino. Vicente sintió tentación de renunciar
a todo. Pero el P. Duval y otros amigos, entre ellos el abad de Saint
Cyran, le disuadieron asegurándole que la razón estaba de su lado.
Vicente volvió al pleito.
¿Cómo explicar el carácter afable y bondadoso con el Vicente que
nos encontramos aquí? ¿Un Vicente que no era capaz de defenderse
y otro Vicente que no iba a dejar escapar dicha oportunidad para el
bien de los pobres?
En el asunto de San Lázaro se jugaba el
porvenir de su Congregación, y, en consecuencia, se jugaba, la
salvación del pobre pueblo campesino. Vicente había lelgado a
persuadirse de que aceptar San Lázaro era la voluntad de Dios. Por
eso luchó por él con la misma tenacidad con que antes lo
había rechazado. A todo esto se aunaba otra lucha igualmente
importante: conseguir de Roma la aprobación de su Congregación.
Vicente luchó y pleiteó con espíritu evangélico. Con absoluto desprendimiento se
puso frente a esta situación:
“…Se hará lo que quiera nuestro Señor, que sabe
verdaderamente que su bondad me ha hecho en
esta ocasión más indiferente que en cualquier
otro asunto que haya tenido jamás”. (p. 236).
Abelly, nos cuenta que Vicente se refugió en la
Santa Capilla, el día que presentaron el caso al
Parlamento. Pidió al Señor que su corazón no
perdiese la perfecta sumisión a las órdenes de la
Providencia. Vicente lo contó años después,
dándonos las claves para la interpretación de su
conducta y de su carácter: “…cuando entramos
en la casa, el Sr. Prior tenía recogidos en ella a
2 o 3 pobres locos…Entonces me planteé a mí
mismo esta pregunta:
´Si hubiera que dejar
ahora esta casa, ¿qué es
lo que te cuesta o te
costaría más? ¿Qué es lo
que te causaría mayor
disgusto o pena?´.
Vicente ganó el pleito. El Parlamento dio su veredicto, pero antes hubo que rehacer todo lo
hecho. Vicente tuvo ahora la paciencia de un santo. Además aprovechó la ocasión para
corregir ciertas cláusulas que tampoco a él le gustaban:
Que
se
suspendiera
la
confirmación de la Santa Sede,
pues era un asunto propio del
arzobispo de París.
Que el Arzobispo renunciara a
su derecho de exigir y revisar
las cuestas del priorato. De no
aceptar esta condición, Vicente
renunciaría
al
proyecto. El
Arzobispo hubo de ceder. El rey
presentó estas cláusulas al
Parlamento para que fueran
registradas, lo mismo que a la
Cámara de cuentas y el Tribunal
de Impuestos.
Al fin, terminados los trámites, Vicente y
los suyos entraron en posesión pacífica del
priorato en 1632. Vicente, para poner la
propiedad a salvo de futuros litigios o de
imprevisibles
caprichos
episcopales,
emprendió
entonces
una
larguísima
negociación
para poder obtener de la
Santa Sede la definitiva anexión de San
Lázaro a la Congregación de la Misión.
Puede decirse que esta nueva gestión
duró todo el resto de la vida del fundador,
prolongándose hasta 1655 (momento en
que se consiguió la publicación de la bula
papal), sólo 6 meses antes de la muerte de
Vicente (donde lograba tener en sus
manos las cartas de Luis XIV que daban
efecto legal y pleno a la bula pontificia).
Había sido una larga batalla.
La
entrada
en
San
Lázaro
equivalía a una nueva fundación. Ya
no eran sólo la tierras de los Gondi,
sino toda la diócesis parisiense, lo
que había que misionar.
La predicación a los pobres del
campo se complementaba ahora con
el segundo aspecto de la vocación
vicentina: la reforma del clero
mediante
los
ejercicios
a
ordenandos (no presente en el
contrato de 1625). La misión
vicentina encontraba, pues, su
expresión definitiva, que la bula
Salvatoris nostri canonizaba pocos
meses después.
Había razones de espacio vital.
Bons Enfants se estaba quedando
pequeño. San Lázaro, en cambio,
podía
permitir
un
crecimiento
indefinido de la CM durante casi 2
siglos, hasta la Revolución francesa.
EN CONCLUSIÓN:
En conclusión de este capítulo, podemos decir que gracias a
Adrián Le Bon, la CM había salido de la pobreza. Vicente quería
que se le considerara como padre: “Muchos de nosotros
estábamos en la indigencia, y él nos ha provisto de sustento
para alimentarnos y sostenernos, nos ha puesto el pan en las
manos” (p. 239).
“Resulta demasiado atractivo por causa del buen pan y de la
buena carne que allí se come…” (p. 239).
Con todo, San Lázaro significó la ampliación decisiva de la
base económica de la naciente compañía.
Es justo anotar que se habían librado varias luchas a la vez:
LA LUCHA POR LA CONSOLIDACIÓN APOSTÓLICA,
LA LUCHA POR LA CONSOLIDACIÓN INSTITUCIONAL
Y LA LUCHA POR LA CONSOLIDACIÓN ECONÓMICA DE LA CM.
Con todo ello, Vicente preparaba a la CM para hacer frente con seguridad a un futuro que él preveìa
largo en el tiempo y fecundo en todo tipo de frutos apostólicos. San Lázaro iba a ser el nuevo punto de
partida. Quizá por ello no sea del todo injusto que en Francia los misioneros vicentinos sean llamados
LAZARISTAS.
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CAPITULO XVI: