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De cuantas cosas bellas y buenas que disfruto en
mi vida, la más grande y gloriosa es conocerte,
Cristo, porque sólo tu amor puro, santo y perfecto
me llena y satisface, y renueva mis fuerzas. Pues
tú, Señor amado, tú eres mi escondedero, mi roca
fuerte y alta, que colma de favores mi vida y me
sustenta, con su gracia inefable.
Tú llenas de alegría mi corazón que triste, por cosas de la
vida, se olvida de lo eterno, y pones en mis labios un
canto que te alabe , por eso, en ti confío y mi alma te
bendice, porque yo reconozco que sin ti, Cristo amado,
hace mucho mi alma triste y sola, hubiera perecido. Tú,
Dios, mi fortaleza, mi refugio eterno, mi gozo y mi
alegría, mi seguridad presente, mi salvación futura, mi
apoyo y mi consuelo, mi amigo y Salvador.
Ven, te invito a quedarte
para siempre en mi ser,
envuélvame tu gloria
para que sólo ansíe lo
eterno y celestial. Hoy
quiero humildemente
reconocer tu grandeza y
darte muchas gracias por
la fe que me alienta y da
rumbo a mi vida
y sentido y valor...
¡Te necesito Cristo! Ayúdame
a alejarme de todo lo
terreno, a olvidar los afectos
que me atan al pasado y
quieren con su fuerza
apartarme de ti. Tú eres mi
consuelo, ven y seca mi
llanto y que por fin termine
toda angustia y tristeza,
porque allí en tu seno repose
para siempre, dejando atrás
lo vano y triste que abunda
en esta vida.
Confío en tu gracia y bajo las
tiernas alas de tu misericordia, me
refugio esperando el toque
portentoso de la final trompeta…
…cuando en nubes de gloria vuelvas a
levantarme y a llevarme a tu reino,
ese que preparaste antes que yo
naciera y donde tienes listo
un lugar para mi alma.
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