Durante su última y más conmovedora audiencia de todo el Pontificado Benedicto XVI
anunció a los fieles que «no regreso a la vida privada, a una vida de viajes,
encuentros recepciones, etc. No abandono la cruz
sino que permanezco de un modo nuevo junto al Señor Crucificado».
Siento que les tendré presentes a todos en la oración,
para que tengamos pleno conocimiento de su voluntad,
con cada acto de su sabiduría e inteligencia espiritual,
y para que podamos comportarnos de manera digna de Él, de su amor,
haciendo fructificar cada obra buena ( Col 1,9).
En este momento hay en mi una gran confianza porque sé, y lo sabemos todos nosotros,
que la palabra de verdad, del evangelio es la fuerza de la Iglesia, es su vida.
El evangelio purifica y renueva, produce fruto en cualquier lugar donde la comunidad
de los creyentes lo escucha, acoge la gracia de Dios en la verdad y vive en la caridad.
Esta es mi confianza, esta es mi alegría.
Cuando el 19 de abril de hace casi ocho años decidí asumir el ministerio de Pedro, las palabras
que resonaron en mi corazón fueron: ¿Señor por qué pides esto, y que es lo que me pides?
Es un peso grande el que me pones sobre los hombros, pero si Tú me lo pides, en tu nombre
echaré las redes, seguro de que Tú me guiarás, incluso con todas mis debilidades.
Y el Señor verdaderamente me ha guiado y ha estado cerca.
He podido percibir cotidianamente su presencia. Y fue un tramo del camino de la Iglesia
que tuvo momentos de alegría y de luz, y también momentos no fáciles. Me he sentido
como san Pedro con los apóstoles en la barca en el lago de Galilea.
El Señor nos ha donado tantos días de sol y de brisa suave, días en los que la pesca
fue abundante. Existieron también momentos en los cuales las aguas estaban agitadas
y el viento era contrario, como en toda la historia de la Iglesia, y el Señor parecía dormir.
Pero siempre he sabido que en esa barca estaba el Señor y siempre he sabido que la barca
de la Iglesia no es mía, no es nuestra, sino que es suya y no la deja hundirse.
Es Él que la conduce, seguramente también a través de los hombres que ha elegido,
porque así lo ha querido. Esta fue y es una certeza que nada puede ofuscar.
Y por esto hoy mi corazón está lleno de agradecimiento a Dios porque no le ha hecho faltar
nunca a toda la Iglesia ni a mi, su consolación, su luz y su amor.
Estamos en el Año de la Fe, que he querido
para reforzar justamente nuestra fe en Dios,
en un contexto que parece querer ponerlo
cada vez más en segundo plano.
Querría invitar a todos a renovar
la firme confianza en el Señor,
a confiarse como niños en los brazos del Dios,
con la seguridad de que aquellos brazos
nos sostienen siempre y son
lo que nos permite caminar cada día
cuando estamos cansados.
Querría que cada uno se sintiera amado
por aquel Dios que ha donado a su Hijo
por nosotros y que nos ha mostrado su amor
sin límites.
Querría que cada uno sintiera la alegría
de ser cristiano. En una hermosa oración
que se reza cotidianamente por la mañana
se dice: “Te adoro Dios mío, y te amo
con todo el corazón. Te agradezco
por haberme creado, hecho cristiano...”
Sí, agradezcamos al Señor por esto cada día, con la oración y con una vida cristiana coherente.
¡Dios nos ama y espera que nosotros también lo amemos!
Y no solamente a Dios quiero agradecerle en este momento.
Un papa no está solo cuando guía la barca de Pedro, mismo si es su primera responsabilidad.
Yo nunca me he sentido solo al llevar la alegría y el peso del ministerio petrino.
El Señor me ha puesto al lado a tantas personas que con generosidad y amor de Dios
y a la Iglesia me ayudaron y me estuvieron cerca.
Hay además tantos rostros que no aparecen, que se quedan en la sombra,
pero justamente en el silencio, en la dedicación cotidiana, con espíritu de fe
y humildad fueron para mi un apoyo seguro y confiable.
Querría que mi saludo y mi agradecimiento llegara también a todos: el corazón de un papa
se extiende al mundo entero. Aquí pienso también a todos aquellos que trabajan para una
buena comunicación y a quienes agradezco por su importante servicio.
A este punto quiero agradecer verdaderamente y de corazón a todas las numerosas personas
en todo el mundo que en las últimas semanas me han enviado signos conmovedores
de atención, de amistad y de oración. Sí porque el papa no está nunca solo
y ahora lo experimento nuevamente en una manera tan grande, que me toca el corazón.
Sentir a la Iglesia de esta manera y poder casi tocar con las manos la fuerza de su verdad
y de su amor es un motivo de alegría, en un tiempo en el cual tantos hablan de su ocaso.
En estos últimos meses he sentido que mis fuerzas han disminuido,
y he pedido a Dios con insistencia, en la oración, que me ilumine con su luz para hacerme
tomar la decisión más justa, no para mi bien, sino para el bien de la Iglesia.
He realizado este paso con plena conciencia de su gran gravedad y también novedad,
pero también con una profunda serenidad de ánimo. Amar a la Iglesia significa también
tener el coraje de hacer elecciones difíciles, sufridas y poniendo siempre delante
el bien de la Iglesia y no a nosotros mismos.
He podido experimentar,
y lo experimento precisamente ahora,
que uno recibe la vida
propiamente cuando la da.
Dije antes que una gran cantidad de gente
que ama el Señor, aman también al Sucesor
de san Pedro y tienen un alto aprecio por él;
y que el Papa tiene verdaderamente hermanos
y hermanas, hijos e hijas de todo el mundo,
y que se siente seguro en el abrazo
de su comunión; porque él no se pertenece más
a sí mismo, pertenece a todos
y todos le pertenecen.
El "siempre" es también un "para siempre"
no es más un retorno a lo privado.
Mi decisión de renunciar al ejercicio activo del ministerio, no revoca esto.
No regreso a la vida privada, a una vida de viajes, reuniones, recepciones, conferencias, etcétera.
No abandono la cruz, sino que permanezco de un modo nuevo
ante el Señor Crucificado.
No llevo más la potestad del oficio para el gobierno de la Iglesia,
sino en el servicio de la oración;
permanezco, por así decirlo, en el recinto de san Pedro.
También doy las gracias a todos y cada uno por su respeto y la comprensión
con la que han acogido esta importante decisión.
Les pido que me recuerden delante de Dios, y sobre todo de orar por los cardenales,
que son llamados a una tarea tan importante, y por el nuevo sucesor del apóstol Pedro:
que el Señor lo acompañe con la luz y el poder de su Espíritu.
¡Queridos amigos y amigas! Dios guía a su Iglesia, la sostiene siempre,
y especialmente en los tiempos difíciles. Nunca perdamos esta visión de fe,
que es la única visión verdadera del camino de la Iglesia y del mundo.
En nuestro corazón, en el corazón de cada uno de ustedes, que exista siempre
la certeza gozosa de que el Señor está cerca, que no nos abandona, que está cerca de nosotros
y nos envuelve con su amor. ¡Gracias!
En este Año de la fe invito a todos a renovar la firme confianza en Dios, con la seguridad
de que Él nos sostiene y nos ama, y así todos sientan la alegría de ser cristianos.
Imploremos todos la amorosa protección de la Santísima Virgen María, Madre de la Iglesia.
Muchas gracias. Que Dios os bendiga.
Benedicto XVI
Frases de la su última audiencia del 27 de febrero de 2013
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