Ejercicio 1.
El Santo Oficio —ante el acto de locura
transgresora— oscila entre dos interpretaciones.
Por un lado, intenta probar la presencia del
demonio y del pecado. Por otro lado, si los
interrogatorios o los testimonios arrojan dudas,
se procede a buscar las causas naturales del
comportamiento morboso de la persona
desquiciada. En este vaivén de médicos y
sacerdotes el proceso inquisitorial revela las
dimensiones de la tragedia que atenaza a
quienes han caído en los calabozos del Santo
Oficio.
En las ciudades, igual que en el campo, la Guardia Nacional actuaba sin
límites y, especialmente en las cárceles, donde el ensañamiento con los
presos políticos llevó a continuas campañas de protestas ciudadanas y
solidaridad desde todos los ámbitos, no sólo por los malos tratos, sino
incluso por innecesarias crueldades. La Constitución de Nicaragua
disponía que la policía debía remitir al detenido al Juzgado en
veinticuatro horas y éste debía dictar Auto de Prisión o ponerlo en
libertad en diez días. Pero la realidad era que la policía enviaba a los
detenidos a la cárcel y, si no disponían de dinero, podían pasar allí mucho
tiempo sin que ninguna autoridad interviniera. Hubo personas que
estuvieron en prisión hasta siete años sin ser juzgadas por no haber
cumplido la policía el trámite de tomarles declaración, alegando falta de
vehículos, o por no haber pagado los detenidos los diez córdobas
necesarios para el transporte del reo al juzgado.
El germanófilo es realmente un anglófobo. Ignora con
perfección a Alemania, pero no se resigna al entusiasmo por
un país que combate a Inglaterra [...] La ignorancia plena de
lo germánico no agota, sin embargo, la definición de
nuestros germanófilos [...] Es, asimismo, antisemita [...]
inicia o esboza el panegírico de Hitler: varón providencial
cuyos infatigables discursos predican la extinción de todos
los charlatanes y demagogos [...] idolatra a Hitler, no a
pesar de las bombas cenitales y de las invasiones fulmíneas,
de las ametralladoras, de las delaciones y de los perjurios,
sino a causa de esas costumbres y de esos instrumentos. Le
alegra lo malvado, lo atroz [...] El hitlerista, siempre, es un
rencoroso, un adorador secreto, y a veces público, de la
“viveza” forajida y de la crueldad [...] No es imposible que
Adolf Hitler tenga alguna justificación: sé que los
germanófilos no la tienen.
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