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SACRAMENTALIDAD, 1
La persona humana es sagrada, por ser imagen y semejanza del
Creador en su unidad de cuerpo y alma espiritual, y por el destino eterno al que Dios la llama. De ahí que la unión conyugal
posea también una dimensión naturalmente trascendente, sagrada en cierto modo, como “imagen del amor absoluto con que
Dios ama al hombre” (CCE 1604).
Llegada la plenitud de los tiempos, Jesucristo elevó el mismo matrimonio original
a la dignidad de sacramento. No supone
una mera bendición de lo natural, sino su
elevación al orden sobrenatural.
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SACRAMENTALIDAD, 2
Mediante el bautismo, el hombre y la mujer son insertados definitivamente “en la alianza esponsal de Cristo con
la Iglesia. Y, debido a esta inserción indestructible, la comunidad íntima de vida y de amor conyugal, fundada por el Creador, es elevada y asumida en la caridad esponsal de Cristo, sostenida
y enriquecida por su fuerza redentora. En virtud
de la sacramentalidad de su matrimonio, los
esposos quedan vinculados uno a otro de la
manera más profundamente indisoluble. Su
recíproca pertenencia es representación real, mediante el signo sacramental, de la misma relación de Cristo con la Iglesia” (Juan Pablo II,
Familiaris consortio 13).
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SACRAMENTALIDAD, 3
La gracia (orden de la redención) no destruye ni
sustituye a la naturaleza (orden de la creación),
sino que la asume, sanándola, y la eleva al orden
sobrenatural (de la vida de los hijos de Dios).
Así, del mismo modo que el hombre redimido, elevado por la gracia a la condición de hijo de Dios,
es el mismo hombre de la creación, el matrimonio
incorporado al orden de la redención es el mismo
matrimonio del “principio”.
La comunión conyugal es fruto y signo de una exigencia profundamente humana. “Dios asume esta exigencia humana, la confirma, la
purifica y la eleva, conduciéndola a perfección con el sacramento
del matrimonio” (Juan Pablo II, Familiaris consortio 19).
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SACRAMENTALIDAD, 4
La base de la dignidad sacramental del matrimonio entre bautizados
es el bautismo de los esposos, que los inserta en la alianza esponsal
de Cristo con la Iglesia de modo definitivo (irrevocable por parte de
Dios e irrenunciable por parte de los hombres), en virtud del carácter bautismal impreso en el hombre.
Se celebra el matrimonio con rito litúrgico, siempre que es posible,
porque es sacramento; no es sacramento porque se celebre litúrgicamente.
Que el matrimonio verdadero entre dos bautizados sea sacramento, se debe a la incorporación de cada uno de ellos a Cristo por el bautismo, no al rito religioso de la boda.
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SACRAMENTALIDAD, 5
El sacramento no es sólo ni principalmente
la boda, sino el matrimonio, es decir la
“unidad de dos” definitivamente establecida por el consentimiento matrimonial.
La recíproca pertenencia de los cónyuges
es lo que representa sacramentalmente la
unión de Cristo con la Iglesia.
Esta recíproca pertenencia se asienta en el vínculo conyugal, que por
su misma naturaleza es uno e indisoluble y se ordena al bien de los
cónyuges y a la generación y educación de los hijos.
La gracia del sacramento va más allá del momento constitutivo del
matrimonio, para acompañar a los cónyuges a lo largo de toda su
existencia.
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SACRAMENTALIDAD, 6
El matrimonio no es la misma unión de Cristo con la Iglesia, pero
tampoco es un mero símbolo o imagen de ella. Gracias a la vinculación que Dios ha establecido entre ambas realidades, la significa
y la representa realmente, de modo sacramental (es decir, en el
sentido fuerte de re-presentar: hacer presente con su eficacia santificadora).
Los esposos son sujetos y ministros del
sacramento. El signo sacramental es el
matrimonio mismo (unidad de marido y
mujer, desde el momento en que nace el
pacto conyugal). La realidad significada
por el signo es la unión salvífica, indisolublemente fiel, de Cristo con su Iglesia.
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SACRAMENTALIDAD, 7
El efecto propio e inmediato del sacramento del
matrimonio no es la gracia sobrenatural, sino el
vínculo conyugal cristiano, que es como el título
permanente por el que los cónyuges se hacen
acreedores a la gracia propia del sacramento, que
los fortalece y los capacita para vivir su matrimonio como vocación y camino eclesial de santidad.
En virtud de su sacramentalidad, el vínculo conyugal se convierte en
un vínculo sagrado, ya no meramente natural. Por eso, las propiedades esenciales del vínculo quedan dotadas de una peculiar firmeza,
congruente con la significación sacramental (unión indisoluble de
Cristo con la Iglesia); y sus fines trascienden el ámbito meramente
natural.
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SACRAMENTALIDAD, 8
“El sacramento del matrimonio tiene esta peculiaridad respecto a
los otros: ser el sacramento de una realidad que existe ya en la economía de la creación: ser el mismo pacto conyugal instituido por el
Creador ‘al principio’” (Juan Pablo II, Familiaris consortio 68).
Peculiaridad respecto, por ejemplo, al bautismo:
la acción física de lavar existe en el orden de la
creación, pero en el bautismo no conserva el
sentido que posee por naturaleza. Su significado
y su finalidad naturales no son asumidos, sino
cambiados en la nueva realidad sacramental.
En el matrimonio se constituye en sacramento la misma realidad
natural en su integridad (marido y mujer con vínculo conyugal,
propiedades, fines).
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SACRAMENTALIDAD, 9
Puesto que lo que Cristo ha asumido como signo es
la mismísima realidad del matrimonio, en este sacramento la acción sagrada es la misma acción natural, con los mismos protagonistas (ministros); y
la intención de obtener los fines sobrenaturales
pasa necesariamente por la de obtener los naturales.
Eso explica la inseparabilidad o identidad entre matrimonio de
los bautizados y sacramento: “La alianza matrimonial (...) fue
elevada por Cristo Señor a la dignidad de sacramento entre
bautizados. Por tanto, entre bautizados, no puede haber contrato
matrimonial válido que no sea por eso mismo sacramento”
(CIC 1055).
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