OREMOS
Infunde en nosotros, Señor, la sabiduría de la cruz que iluminó a
tus santos, para que nos unamos plenamente a Cristo y
contribuyamos dentro de la Iglesia a la salvación del mundo. Por
Jesucristo nuestro Señor. Amén
Primera estación
Jesús es condenado a muerte
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos
pues por tu Santa Cruz redimiste al mundo
“Pilato preguntó a los sumos sacerdotes y al pueblo:
-¿Qué hago con Jesús, llamado el Mesías?
Contestaron todos:
- Que lo crucifiquen. Al ver Pilato que todo era inútil… les soltó a
Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo
crucificaran.”
(Mt 27, 22-26)
Ha llegado la Hora y Jesús se entrega libremente, por nuestra
redención, cumpliendo la Voluntad del Padre. Todos lo han
abandonado. Está solo y es condenado.
En la soledad y los abandonos, en las injusticias y sinsentidos de
que son víctimas tantos de nuestros hermanos hoy, Jesús sigue
siendo abandonado y condenado.
Recordemos a la santa vidente de Lourdes y su situación en
aquel mes de Febrero de 1858. A la vida miserable a la que se
veía reducida la familia, se juntaba la vergüenza por la injusta
condena impuesta a su padre, acusado falsamente de robo.
Acorralados por el hambre, despreciados y marginados, sólo la fe
y el amor los mantenía en pie.
OREMOS: -Por los que sufren condenas injustas.
-Para que aprendamos a nunca condenar.
Señor Jesucristo, que fuiste conducido al suplicio de la cruz
por la redención del mundo: haz que, asociados a tu pasión,
amemos a Dios haciendo el bien a nuestros hermanos. Tú
que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén
Segunda estación
Jesús carga con la cruz
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos
pues por tu Santa Cruz redimiste al mundo
“Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros
dolores; fue traspasado por nuestras rebeliones,
triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo
saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron.”
(Is 53, 4-5)
Sobre los hombros de Jesús cae el peso de la cruz infamante. Es
el peso de los sufrimientos, las humillaciones y los pecados de
todos los hombres, de todos nosotros. Pero la Cruz será, por obra
del amor, el instrumento de nuestra Redención.
En este mundo nuestro, que no entiende la cruz, sigue habiendo
hombres y mujeres fuertes, que cargan con la cruz de las pruebas
y sufrimientos y caminan unidos a Cristo, testimoniando y
haciendo resplandecer la esperanza.
Bernardita hubiera podido pensar que alguna maldición pesaba
sobre los suyos, reducidos a la miseria y a la vergüenza del
“calabozo”. Pero ella, tras aquel encuentro amoroso en la Gruta,
supo aguantar el peso de la cruz que oprimía a su familia y decía:
“Quiero seguir siendo pobre”.
OREMOS: -Por los obligados a soportar pesadas cruces.
-Para que sepamos llevar el peso de nuestras
responsabilidades y trabajos.
Escucha, oh Dios, nuestras oraciones y danos la gracia de
imitar la pasión de tu Hijo, para llevar con serena fortaleza
nuestra cruz de cada día. Por Jesucristo nuestro Señor.
Amén
Tercera estación
Jesús cae por primera vez
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos
pues por tu Santa Cruz redimiste al mundo
“Ofrecí la espalda a los que me apaleaban, las mejillas a los que
mesaban mi barba; no me tapé el rostro ante ultrajes y salivazos.
El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes.”
(Is 50, 6-7a)
Jesús, caído bajo el peso de la cruz, nos hace ver bien claro
que asume radicalmente la experiencia de nuestra debilidad
humana.
Jesús se identifica con todos los que caen, con los que se
equivocan, con los que no pueden o no saben estar de pie;
con los que sufren por los fracasos, las desilusiones, los
olvidos, el cansancio. Así da sentido a nuestra vida.
Bernardita, agobiada por la miseria, oye que la Virgen le dice: “No
te prometo la felicidad de este mundo, sino la del otro.” Desde
ese día entran en el corazón de Bernardita la luz y el amor de ese
otro mundo, y puede proseguir con valentía y fidelidad el difícil
camino de su vida.
OREMOS: -Por todos los que, de tantas maneras, caen.
-Para que no hagamos caer a otros.
Señor, con tu anonadamiento, has elevado al mundo caído.
Haz que nos acordemos de ti en nuestras pruebas y
desfallecimientos para que nunca falle nuestra fidelidad a Ti.
Tú que vives por los siglos de los siglos. Amén
Cuarta estación
Jesús encuentra a su santísima madre
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos
pues por tu Santa Cruz redimiste al mundo
“María y José llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarlo al
Señor. Simeón los bendijo, diciendo a María su madre: -Mira,
éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se
levanten; será como una bandera discutida. Y a ti, una espada
te traspasará el alma.”
(Lc 2, 34-35)
María, la esclava del Señor, sale al encuentro a Jesús, que hace
la Voluntad del Padre. El uno frente al otro, ven redoblarse su
dolor, pero también se renueva su entrega a la Voluntad de Dios.
A todos los que queremos unirnos a Jesús en el sufrimiento,
María nos sale al encuentro y nos da fortaleza y esperanza.
Bernardita, respondiendo sí a la invitación de la Señora que se le
aparecía, a pesar de las dificultades y oposiciones, abrió un
camino nuevo en su vida.
OREMOS: -Por las madres
que sufren por la vida y por la
muerte de sus hijos.
-Para que hagamos
siempre la Voluntad de Dios.
Señor, Tú has querido que tu Madre
compartiera contigo los sufrimientos
de la cruz. Concédenos que, al
recordar los dolores de la Virgen
María, completemos en nosotros, a
favor de tu Iglesia, lo que falta a tu
pasión. Tú que vives y reinas por los
siglos de los siglos. Amén
Quinta estación
El Cirineo ayuda a Jesús
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos
pues por tu Santa Cruz redimiste al mundo
“Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de
Cirene, que volvía del campo, y le cargaron la cruz para que la
llevase detrás de Jesús.”
(Luc 23,26)
“Ayudaos mutuamente a llevar vuestras cargas y cumplid así la
ley de Cristo.”
(Gal 6.2)
El Evangelio ha conservado su nombre: Simón; un hombre que
“pasaba por allí” y que, sin saberlo, se encontró de pronto
sirviendo al propio Dios, que realizaba en Jesucristo la salvación
del mundo.
Su gesto es el del cristiano que se compromete con sus
hermanos, que comparte su dolor, que los ayuda y acompaña con
la cruz de cada día. Sabemos que Jesús dice a quienes así
obran: “conmigo lo hicisteis”.
En la mañana del 11 de Febrero, Bernardita salió del “calabozo”
porque, en la situación en que se encontraban, quería ayudar a
los suyos, yendo a recoger leña. En la cueva de Massabielle tiene
el encuentro fundamental de su vida.
OREMOS: -Por los egoístas y los indiferentes.
-Para que ayudemos a los demás a llevar sus cruces.
Señor, con qué amor miraste a aquel hombre que llevó tu
cruz… Ayúdame a llevar la cruz de los que sufren física y
moralmente, viendo en ellos un signo privilegiado de tu
presencia en el mundo. Tú que vives por los siglos de los
siglos. Amén
Sexta estación
La Verónica limpia el rostro de Jesús
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos
pues por tu Santa Cruz redimiste al mundo
“No hay en Él parecer, no hay hermosura que atraiga las miradas,
ni belleza que agrade. Despreciado, desecho de los hombre,
varón de dolores, conocedor de todos los quebrantos, ante quien
se vuelve el rostro, menospreciado, estimado en nada.”
(Is 53, 2-3)
El rostro desfigurado de Jesús, el Siervo de Dios paciente, que
contemplamos en esta estación, nos remite a los rostros de
tantos hermanos nuestros, marcados por el sufrimiento.
Verónica significa “verdadera imagen”. Su gesto nos invita a
descubrir la imagen de Dios en nuestros hermanos que sufren y a
servirlos de tal manera que quede grabada en nosotros la
verdadera imagen de Jesús.
Bernardita, en la 9ª aparición se embadurnó la cara con agua
embarrada… “Por los pecadores”, le dijo la Señora. Nadie lo
entendió y dijeron que estaba loca. Era el símbolo de tantos
rostros desfigurados en que Dios se hace presente.
OREMOS: -Por los rechazados, los despreciados, los excluidos.
-Para que demos siempre la cara como verdaderos
creyentes.
Señor, concédenos una gran valentía para que podamos dar
testimonio de Ti en las dificultades. Imprime tu imagen en
nosotros para que sepamos revelarte ante los hombres. Tú
que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén
Séptima estación
Jesús cae por segunda vez
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos
pues por tu Santa Cruz redimiste al mundo
“Cristo padeció su pasión por vosotros, dejándoos un ejemplo
para que sigáis sus huellas…
Cargado con nuestros pecados subió al leño, para que, muertos
al pecado vivamos para la justicia. Sus heridas os han curado.”
(1Pe 2, 23-24)
Con su segunda caída Jesús nos ayuda a sentir más presentes y
actuales su dolor, su soledad, y su cercanía junto a nosotros. Él
se hace plenamente solidario de nuestras flaquezas y
desfallecimientos y sufre en los tropiezos y caídas de los hombres
y mujeres de hoy. Y para que nadie desespere vuelve a
levantarse abrazado a su cruz.
Los que habían contemplado a Bernardita en el resplandor de los
éxtasis, se extrañan de verla andar de rodillas por la Gruta, besar
el suelo, comer hierba… como hacían los cerdos que venían a
refugiarse en la Gruta. “Por los pecadores…”, le dijo la Señora.
Para que vuelvan a Dios los que se alejaron de él. Como el hijo
pródigo, que toma conciencia de su pecado y se dice: “Me
levantaré e iré a mi padre.”
OREMOS: -Por los que desfallecen y por los que desesperan.
-Para que, confiando en Dios, nos levantemos
siempre.
Señor, concede a los fieles que sufren por tu nombre,
espíritu de paciencia y constancia; y haz que
comprendamos que nuestra fuerza está en la debilidad de tu
cruz. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén
Octava estación
Jesús encuentra a las mujeres de Jerusalén
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos
pues por tu Santa Cruz redimiste al mundo
“Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se daban
golpes y lanzaban lamentos por él. Jesús se volvió hacia ellas y
les dijo:
-Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por
vuestros hijos; porque si así tratan al leño verde. ¿qué pasará con
el seco?”
(Lc 23, 27-31)
Las palabras de Jesús a las mujeres son, a la vez, un reproche y
una exhortación; para ellas y para nosotros. Jesús deja bien claro
que la compasión que se queda en lágrimas es estéril. Llorar no
es suficiente. A nuestros pecados y a sus consecuencias
debemos aplicarles todos los remedios a nuestro alcance. Jesús
quiere de nosotros lágrimas de conversión, que transformen
nuestra vida.
Bernardita lloró durante la 8ª aparición. Y cuando le preguntaron
por qué, respondió: “Porque la Señora estaba triste”. La Virgen
había repetido aquel día por tres veces: “Penitencia” y “Reza por
los pecadores”.
OREMOS: -Por los que protestan, se quejan y se lamentan
inútilmente.
-Para que demos frutos de conversión.
Concédenos, Señor, ser conscientes del mal que nos
aprisiona y que esclaviza a nuestro mundo. En tu
misericordia, líbranos de todo mal y llévanos a la salvación
que Cristo nos alcanzó. Él que vive y reina por los siglos de
los siglos. Amén
Novena estación
Jesús cae por tercera vez
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos
pues por tu Santa Cruz redimiste al mundo
“Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os
aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí que soy manso y
humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi
yugo es llevadero y mi carga ligera.”
(Mt 11, 28.30)
La insistencia de la devoción
popular en las caídas de Jesús
camino del Calvario, siendo así
que el Evangelio no las
menciona, nace sin duda de la
conciencia de nuestra debilidad y
de nuestras recaídas. Esta
tercera caída nos previene contra
el miedo, contra la angustia, y
nos asegura que no existe el
fracaso definitivo; que existe la
vida, la esperanza, la felicidad…
Al día siguiente de la
9ª aparición, cuando
rodos la habían
abandonado
tomándola por loca,
Bernardita, a pesar de
todo, volvió a la
Gruta. Ese día no
hubo Aparición, pero
ella siguió haciendo
los gestos de
penitencia que le
había pedido la
Señora, y rezando
“por los pecadores”.
OREMOS:
-Por los cansados de tantas caídas en su vida.
-Para que no caigamos en la tentación.
Oh Dios, que das fuerza a los débiles y constancia a los
creyentes, haz que, reconociendo nuestras limitaciones, nos
apoyemos en Ti y perseveremos en la fe, en la esperanza y
en el amor. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén
Décima estación
Jesús es despojado de sus vestiduras
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos
pues por tu Santa Cruz redimiste al mundo
“Los soldados, cuando crucificaron a Jesús, cogieron su ropa,
haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la
túnica. Era una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de
arriba abajo. Se dijeron:
-No la rasguemos, sino echemos a suerte, a ver a quién le toca.
Así se cumplió la Escritura: Se repartieron mis ropas y echaron a
suerte mi túnica.”
(Mt 11, 28.30)
Es el expolio, la humillación, la pobreza
absoluta. Nada le queda al Señor, más que
un madero.
Cristo es el camino para llegar a Dios, pero
Cristo está en la Cruz, y para llegar hasta Él,
hay que tener el corazón libre, desasido de
las cosas de la tierra.
Desde la desnudez total de Cristo podemos
entender mejor por qué él llama
bienaventurados a los pobres, y por qué
vestir al desnudo es garantía de salvación.
Bernardita decía: “La Señora me
escogió porque era la más pobre”.
OREMOS:
-Por los que despojan y humillan a los demás.
-Para que creamos en la bienaventuranza de la
pobreza.
Danos, Señor, el espíritu de una constante conversión: que la
austeridad y el desprendimiento nos lleven a servirnos de tal
modo de los bienes pasajeros, que estemos siempre
adheridos a los bienes eternos. Tú que vives y reinas por los
siglos de los siglos. Amén
Undécima estación
Jesús es clavado en la cruz
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos
pues por tu Santa Cruz redimiste al mundo
“Conducían también a otros dos malhechores para ajusticiarlos
con él. Y cuando llegaron al lugar llamado “La Calavera”, lo
crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro
a la izquierda. Jesús decía:
-Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.
El pueblo estaba mirando.”
(Lc 23, 32-35)
El amor hasta el extremo ha llevado a Jesús al Calvario. Clavado
en la Cruz, abre sus brazos en ademán de ofrenda a Dios y de
amor supremo a todos los hombres, a cada uno de nosotros.
Ante este gesto de Jesús, debemos entender que creer en el
crucificado es abrir los brazos al hermano, es entender la vida
como don gratuito de Dios, que debemos compartir con los
demás.
Bernardita, clavada en la cruz del
dolor durante la mayor parte de su
vida, hizo de sí misma una ofrenda
al Señor, hasta poder decir en
cada instante: “Toma mi vida,
Señor”.
OREMOS:
-Por los que tienen su cuerpo roto, clavado y
traspasado.
-Para que se reavive en nosotros el sentido del
pecado.
Señor Jesucristo, que por la salvación de todos los hombres,
extendiste tus brazos en la Cruz: acoge la ofrenda de
nuestras acciones y haz que toda nuestra vida sea signo y
testimonio de tu Redención. Tú que vives y reinas por los
siglos de los siglos. Amén
Duodécima estación
Jesús muere en la cruz
Te adoramos, oh Cristo, y
te bendecimos
pues por tu Santa Cruz
redimiste al mundo
Junto a la Cruz está su Madre, María, con otras santas mujeres.
Jesús la mira, y mira después al discípulo que Él ama, y dice a su
Madre:
- Mujer, ahí tienes a tu hijo.
Luego dice al discípulo:
- Ahí tienes a tu madre. (Jn 19, 26-27)
La tierra queda sumida en tinieblas. Son cerca de las tres, cuando
Jesús exclama:
-Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
(Mt 27, 46)
Después, sabiendo que todas las cosas están a punto de ser
consumadas, para que se cumpla la Escritura, dice:
- Tengo sed. (Jn 19, 28)
Los soldados empapan en vinagre una esponja y, poniéndola en
una caña de hisopo, se le acercan a la boca. Jesús sorbe el
vinagre y exclama:
- Todo está cumplido. (Jn 19,30)
El velo del templo se rasga y tiembla la tierra, cuando clama el
Señor con una gran voz:
- Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. (Lc 23, 46)
Y expira.
Bernardita, moribunda, repite una por una casi todas las palabras
de Jesús en aquel primer Viernes Santo.
OREMOS: -Para que la muerte de Cristo ilumine todas las
muertes y nuestra propia muerte.
Padre misericordioso,
que quisiste que tu Hijo
padeciese por nosotros
el suplicio de la cruz
para librarnos del poder
del enemigo:
concédenos alcanzar la
gloria de la
Resurrección. Por
Jesucristo nuestro
Señor. Amén
Decimotercera estación
Jesús es bajado de la cruz
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos
pues por tu Santa Cruz redimiste al mundo
“Fueron los soldados, y viendo que ya había muerto, uno de ellos,
con la lanza, le traspasó el costado y al punto salió sangre y
agua. Después de esto, José de Arimatea pidió a Pilato que le
dejara llevarse el cuerpo de Jesús.”
(Jn 19, 32-34.38)
José y Nicodemo toman el cuerpo de Jesús, bajándolo de la cruz,
y lo dejan en brazos de su Santísima Madre.
María, Madre de la Iglesia: A partir de esta hora, todos los que
van a nacer de la muerte y resurrección de su Hijo, la tendrán
siempre por madre.
Bernardita escribe en su diario:Hay que meditar a menudo en los
sufrimientos que María, nuestra Madre, padeció al pie de la Cruz
de su Hijo. Oh María, fue en la cumbre del dolor y de la prueba
cuando te convertiste en madre nuestra. Debo, pues, tener una
grande y total confianza en ti: cuando me vea en la prueba en la
tentación y en la desolación, vendré a refugiarme en tu corazón,
oh Madre buena, y a pedirte que no me dejes sucumbir…
OREMOS:
-Por los que se han quedado solos en la vida.
-Para que seamos fieles hasta el final.
Bajo tu protección nos acogemos, santa Madre de Dios; no
deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras
necesidades, antes bien, líbranos siempre de todo peligro, oh
Virgen gloriosa y bendita. Amén
Decimocuarta estación
Jesús es colocado en el sepulcro
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos
pues por tu Santa Cruz redimiste al mundo
“José de Arimatea, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en
una sábana limpia, lo puso en el sepulcro nuevo que se había
excavado en la roca, rodó una piedra grande a la entrada del
sepulcro y se marchó. María Magdalena y la otra María se
quedaron allí, sentadas enfrente del sepulcro.”
(Mt 27,59-61)
Del grano de trigo que se entierra nacerá la espiga. Los que
mataron el cuerpo de Jesús no pudieron arrebatarle su íntima
unión con el Dios de la vida. Y Dios tiene siempre la última
palabra. Palabra de Vida.
Hemos de hacer vida nuestra la vida y la muerte de Cristo. Morir
a nosotros mismos, para que la vida y el amor de Cristo estén en
nosotros.
El cuerpo de Bernardita, “molido como un grano de trigo”, como
ella decía, por la enfermedad y los sufrimientos, fue encontrado
incorrupto 46 años después de su muerte.
Es como una señal gozosa del cielo. La muerte de los cristianos,
aceptada con amor, es semilla de Vida y de Resurrección.
OREMOS: -Por el descanso eterno de todos los difuntos.
-Para que pongamos nuestra vida en las manos del
Padre.
Danos, oh Padre, la
gracia de unirnos
en la fe a la muerte
y sepultura de tu
Hijo, para resucitar
con él a la vida
nueva. Él que vive
y reina por los
siglos de los
siglos. Amén
Decimoquinta estación
La resurrección
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos
pues por tu Santa Cruz redimiste al mundo
“El primer día de la semana, de madrugada, las mujeres fueron al
sepulcro llevando los aromas que habían preparado. Encontraron
corrida la piedra del sepulcro. Y entrando, no encontraron el
cuerpo del Señor Jesús… Dos hombres con vestidos refulgentes
les dijeron: -¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No
está aquí. Ha resucitado.”
(Lc 24, 1-6)
¡La tumba está vacía en la mañana de Pascua!
El jardín del cementerio se ha transformado en el jardín del
encuentro con el resucitado, que sube triunfante a su Padre y a
nuestro Padre… (Jn 20.17).
Aquella mañana de Pascua, Jesús dijo a María Magdalena: “Vete
a decir a Pedro y a los Apóstoles que me verán en Galilea…” Y,
tras aquel anuncio, la Iglesia se prepara para llevar la Buena
Nueva a todo el mundo.
A Bernardita, pobre y humilde seglar, le encarga María: “Vete a
decir a los sacerdotes que se construya aquí una capilla y que se
venga en procesión”. Y, como respuesta a esa invitación, se
manifiesta cada día aquí en Lourdes una nueva vitalidad de la
Iglesia.
OREMOS:
-Para que creamos de verdad en la resurrección y
vivamos para resucitar.
Señor, tú que has vencido al pecado y a la muerte, aumenta
en nosotros la fe, la esperanza y la caridad, para que seamos
testigos de tu Evangelio.
María, Madre de la Iglesia, acompáñanos hoy en nuestra
tarea, como lo hiciste con los Apóstoles al comienzo de la
Iglesia. Amén
ORACIÓN FINAL
María, Madre de la esperanza, compañera de nuestro
diario batallar.
Gracias a Ti, sabemos qué es amar: Acercarse al que
sufre para darle la mano, tratar de sonreírle, aunque se
llore por dentro, reponer la energía del corazón rendido,
y ayudar a los otros a que lleven su cruz.
Gracias a Ti, sabemos esperar. Acrecienta la fuerza de
los extenuados; reverdece los ánimos de los que
desesperan: que aprendamos de Ti a creer de verdad.
Infúndenos pujanza para escalar calvarios cogidos de tu
mano, mujer, amiga, hermana, Madre de la esperanza.
Presentación: Ana Arrese
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