Aproximación a la “materia picaresca”
La novela
picaresca, ed. de
P. Jauralde Pou,
Madrid: Espasa
Calpe, 2001,
p. XLVII
Grabado de la
princeps de
La pícara Justina
(1605)
Lazarillo
de Tormes
- El Buscón
- La pícara Justina
- Segunda parte del
Guzmán de Alfarache
- El guitón Onofre
Guzmán
de Alfarache
1604-1605
1554
1599
El pícaro
Yo, señora, soy de Segovia; mi padre se llamó Clemente Pablo,
natural del mismo pueblo (Dios le tenga en el cielo), fue tal como
todos dicen, de oficio barbero, aunque eran tan altos sus pensamientos
que se corría de que le llamasen así, diciendo que él era tundidor de
mejillas y sastre de barbas. Dicen que era de muy buena cepa y, según
él bebía, es cosa para creer. Estuvo casado con Aldonza de San Pedro,
hija de Diego de San Juan y nieta de Andrés de San Cristóbal;
sospechábase en el pueblo que no era cristiana vieja. (El Buscón)
Pues sepa Vuestra Merced, ante todas cosas, que a mí llaman Lázaro
de Tormes, hijo de Tomé González y de Antona Pérez, naturales de
Tejares, aldea de Salamanca. Mi nascimiento fue dentro del río
Tormes, por la cual causa tomé el sobrenombre; y fue desta manera:
mi padre, que Dios perdone, tenía cargo de proveer una molienda de
una aceña que está ribera de aquel río […] En este tiempo se hizo
cierta armada contra moros, entre los cuales fue mi padre […]
(Lazarillo de Tormes).
La autobiografía
“La persona del pícaro constituye el solo lazo de
unión, el resto es un constante ir y venir de figuras
episódicas. Aunque lleguemos a la conclusión de una
aventura, nunca termina definitivamente la relación de
la vida del protagonista, siempre cabe una
continuación, y la lectura de la obra puede empezarse
por la mitad y por el capítulo que se quiera. La falta de
limitación y de verdadera trabazón interior son
ciertamente defectos esenciales de la novela picaresca,
pero es innecesario acentuarlos, porque estas historias
no son ni puede ser otra cosa que autobiografías.”
(Vid. Ludwig Pfandl, Historia de la Literatura Nacional
Española en la Edad de Oro).
“Si he de decir lo que siento, la vida picaresca es vida,
que las otras no merecen este nombre; si los ricos la
gustasen, dejarían por ella sus haciendas, como hacían
los antiguos filósofos, que por alcanzarla, dejaron lo
que poseían; digo por alcanzarla, porque la vida
filósofa y picaral es una; sólo se diferencian en que los
filósofos dejaban lo que poseían por su amor, y los
pícaros, sin dejar nada, la hallan. […] De manera que
la vida picaresca es más descansada que la de los reyes,
emperadores y papas. Por ello quise caminar como por
camino más libre, menos peligroso y nada triste.
(Vid. Juan de Luna, Segunda parte del Lazarillo de Tormes,
1620).
El Buscón toma de sus modelos (Lazarillo y
Guzmán de Alfarache):
“el relato autobiográfico de un personaje de
ínfima clase social, que intenta medrar a través de
una serie de estadios –las aventuras– que buscan
la escena realista, el cronotopos real, y que se
construye provocando, mediante el manejo de un
estilo prodigioso, el chiste y la situación cómica”.
Cfr. Francisco de Quevedo, El Buscón, ed. de P.
Jauralde Pou, Madrid, Castalia, 1990.
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