Con admirable concisión y gran
expresividad
poética,
este
“Himno pascual” rememora toda
la epopeya del Éxodo como un
signo del absoluto dominio del
Señor sobre las fuerzas de la
naturaleza.
Estas no pueden ofrecer ningún
obstáculo ante la presencia del
Dios de Israel, que se ha
manifestado para liberar a su
Pueblo de la esclavitud e
introducirlo triunfalmente en la
Tierra prometida (vs. 1-2).
La segunda parte del salmo (vv
9-26) es un texto litúrgico en el
que domina la súplica confiada,
con motivos típicos de himnos.
[vv. 1-8] “Cuando Israel salió de Egipto,”
Israel alaba a su Señor haciendo memoria histórica de sus maravillas. Proclama,
exultante, su salida de Egipto enumerando los prodigios que Él ha hecho en favor suyo a lo
largo de su caminar por el desierto. El himno es toda una liturgia de bendición y alabanza
porque el brazo de su libertador se impuso sobre el mar Rojo, el río Jordán y demás
obstáculos que impedían su peregrinación hacia la tierra prometida.
Israel, testigo privilegiado de la omnipotencia amorosa de Yavé, lanza una
exhortación a todos los pueblos de la tierra, les invita a que tiemblen ante la presencia de
Yavé, ante su rostro: «La tierra se estremece delante del Señor, ante la presencia del Dios
de Jacob».
[vv. 9-26] “No a nosotros, Señor, no a nosotros”
De nuevo el salterio nos ofrece una aclamación litúrgica de la gran asamblea de
Israel. El pueblo ha vuelto del destierro y sus oídos escuchan los sarcasmos de las naciones
vecinas que, burlonamente, le preguntan: ¿Dónde está su Dios? ¿Dónde está su libertador?
No sois más que un pueblo harapiento: volvéis a vuestra tierra y ni siquiera tenéis un templo
en el que rendirle culto.
El punto culminante del himno es la proclamación de que, aun en la situación de tener
que empezar de nuevo en su tierra devastada, y a pesar de las bufonadas de sus
enemigos..., confían en su Dios.
Cuando Israel salió de Egipto,
los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente,
Judá fue su santuario, Israel fue su dominio.
El mar, al verlos, huyó, el Jordán se echó atrás;
los montes saltaron como carneros; las colinas, como corderos.
¿Qué te pasa, mar, que huyes, y a ti, Jordán, que te echas atrás?
¿Ya vosotros, montes, que saltáis como carneros;
colinas, que saltáis como corderos.
En presencia del Señor se estremece la tierra,
en presencia del Dios de Jacob; que transforma las peñas en estanques,
el pedernal en manantiales de agua.
No a nosotros, Señor, no a nosotros,
sino a tu nombre da la gloria,
por tu bondad, por tu lealtad.
¿Por qué ha de decir las naciones:
"Dónde está su Dios?"
Nuestro Dios está en el cielo,
lo que quiere lo hace.
Sus ídolos, en cambio, son plata y oro,
hechura de manos humanas:
Tienen boca, y no hablan;
tienen ojos, y no ven;
tienen orejas, y no oyen;
tienen nariz, y no huelen;
Tienen manos, y no tocan;
tienen pies, y no andan;
no tiene voz su garganta:
que sean igual los que los hacen,
cuantos confían en ellos.
Israel confía en el Señor:
El es su auxilio y su escudo.
La casa de Aarón confía en el Señor:
El es su auxilio y su escudo.
Los fieles del Señor confían en el Señor:
El su auxilio y su escudo.
Que el Señor se acuerde de nosotros y nos bendiga,
bendiga a la casa de Israel,
bendiga a la casa de Aarón;
bendiga a los fieles del Señor,
pequeños y grandes.
Que el Señor os acreciente,
a vosotros y a vuestros hijos;
bendito seáis del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.
El cielo pertenece al Señor,
la tierra se le ha dado a los hombres.
Los muertos ya no alaban al Señor,
ni los que bajan al silencio.
Nosotros, sí, bendeciremos al Señor
ahora y por siempre.
«Quien fabrica un ídolo, será como él».
Yo me hago ídolos en mi propia mente, y los adoro con fidelidad escondida y sumisión
obediente. Ídolos son mis prejuicios, mis inclinaciones, mis gustos y preferencias; mis ideas
fijas de cómo deben ser las cosas; mis principios y valores, por dignos y legítimos que
parezcan; mis hábitos y costumbres; las experiencias pasadas que gobiernan mi vida presente;
todo aquello que yo he supuesto, aceptado, fijado en mi mente como regla inflexible de
conducta para mí y para todos por siempre.
Lo que me aterra es el castigo que se sigue a la adoración de ídolos. Hacerse como ellos. Tener
ojos y no ver, tener oídos y no oír, tener manos y no palpar, tener pies y no caminar. Perder los
sentidos, el contacto con la realidad, la misma vida. Ese es el castigo por adorar a los ídolos de
la mente: dejar de estar vivo. Cesar de vivir. Vivir de cadáver. Sigo adorando a mis antiguas
ideas, manteniendo mis prejuicios, postrándome ante el pasado... y pierdo la capacidad de vivir
el presente. Me cargo la memoria de costumbres y rutina, y dejo de ver y de sentir y de andar.
Me hago piedra y madera. Me hago cadáver. He adorado mi pasado, en busca de la seguridad y
la tranquilidad, y me encuentro con la negra noche de la rigidez y la muerte. El ídolo es una idea
fija, y cuando me agarro a una idea fija me quedo yo también fijo como un ídolo en piedra y
madera.
Señor. Hoy te ruego me libres de todos los ídolos de mi vida... para que vuelva a andar.
Señor, Dios todopoderoso, que nos has arrancado del Egipto
del pecado y nos has hecho nacer de nuevo por el agua y el
Espíritu Santo, convirtiéndonos en raza elegida, sacerdocio
real, nación consagrada y pueblo adquirido por ti, concede a
todos los que hemos sido llamados a salir de la tiniebla y a
entrar en tu luz maravillosa proclamar tus hazañas en esta
vida y cantar tus alabanzas con todos los elegidos, por los
siglos de los siglos. Amén.
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SALMO 113 - Ciudad Redonda