Cristián Warnken
EL MERCURIO
Jueves 20 de Agosto de 2009
Después de la lluvia, las montañas que
rodean Santiago no parecen reales. Nos
sobrecogen como una visión o un sueño.
Emergen de pronto, blancas e
inaccesibles, en la hora más pura del día.
Nos sorprenden como surgidas de la
nada, ¡pero siempre estuvieron ahí!
Fuimos nosotros los que no las habíamos
visto. ¿Dónde estábamos entonces? ¿En
qué estaba extraviada nuestra mirada?
Ante el silencio imponente de estas
cumbres, ante su majestad, todo acá
abajo parece tan pequeño. Tanta
ceguera, tanto activismo inútil, tanto
parloteo vacío. No las habíamos visto
porque ya no sabemos contemplar.
Después de la lluvia, estas montañas,
únicas en el mundo, se levantan, olas
petrificadas de piedra y nieve.
Como un mar escondido que antes
hubiera cubierto una espesa
neblina. Por eso, Santiago es un
puerto debajo del cielo.
No es sólo el aire impuro de la
ciudad, es la mirada que envejece
la que las ha cubierto de olvido.
Sólo un niño en su cuaderno limpio
del primer día de clases podría
dibujarlas de nuevo. Nosotros les
hemos dado la espalda. Dicen que
los dioses no dejan nunca ver su
rostro. Estas montañas que
circundan el valle, alguna vez fueron
dioses. ¿O, tal vez, son fósiles
gigantes de un paraíso que
perdimos? Ellas, las eternas, nos han
dado la cara, y nosotros hemos
corrido a refugiarnos en nuestras
cavernas, en nuestros talleres.
Ésa ha sido nuestra respuesta:
huir de la belleza que nos
rodea.
Pero hay un momento
necesario en que cada
habitante de esta ciudad
debiera pararse solo ante
estas montañas. Ojala un día
después de la lluvia. Y
contemplarlas como las
contemplaron los primeros
habitantes y los españoles,
que también se encontraron a
boca de jarro con ellas. Me
imagino el silencio de Pedro
de Valdivia ante estas
cumbres. Porque para ver
estas montañas por dentro,
hay que callar.
Fueron los poetas los que,
mucho tiempo después,
sacaron la voz para ver por
primera vez estas piedras y
este cielo. Ellos levantaron el
vuelo. Por ellos cruzó rauda
esta luz única que se da al caer
la tarde, en estas latitudes.
Omar Cáceres, poeta de la
década del 30 y violinista de
una orquesta de ciegos, dijo:
“Solitario como una montaña
diciendo la palabra entonces”.
Ese verso misterioso todavía
resuena en el aire.
Solitarios como una montaña
diciendo la palabra entonces:
así nos sentimos cada vez
que llueve en Santiago.
Un aire puro, jubiloso, frío baja
desde las cumbres y limpia el
valle. Y nos embriaga, y
entonces creemos que todo es
posible, que todos podemos ser
bautizados de nuevo, que todos
tenemos derecho a cambiar de
nombre. Que nada está escrito
para siempre. Que éste es el
primer día del mundo. Y que
aún, a pesar de todo, todavía
podemos decir “entonces”.
Cuando nos damos cuenta de
eso, levantamos la vista y
recordamos que vivir bajo las
montañas es una invitación a
alzar el vuelo, a planear sobre
las cosas con mirada de
cumbre.
A no quedarnos a ras de suelo, a
no hundirnos. A no descender más
bajo de lo que ya estamos.
Nos tocó nacer aquí, en este lugar
de la tierra. No en otro. Y nos
fueron regalados estos días puros
después de la lluvia. ¿Qué haremos
con ellos? ¿Qué haremos con las
montañas? ¿Las dejaremos
desaparecer de nuestro horizonte,
como excedentes de una grandeza
perdida? ¿O las reconquistaremos
con una nueva mirada que ilumine
todo como un relámpago? Todo
está aquí por hacerse, abierto. Ésa
es la maravilla de vivir en América.
Que podemos empezar de
nuevo, sin dar cuenta de
nada a nadie, a ningún
pasado que nos pese.
Ligeros de equipaje,
podemos partir un día de
lluvia y caminar con nuestra
soledad a cuestas hasta
alcanzar las cumbres que
están tan cerca. Porque
nunca, en ningún lugar del
mundo, las cumbres
estuvieron tan cerca. Y
nosotros, tan lejos de ellas.
Nos tocó nacer aquí, en este lugar de la
tierra. Y nos fueron regalados estos días
puros después de la lluvia.
¿Qué haremos con ellos?
CSI
Descargar

Diapositiva 1