… Pero además [el laberinto] es un símbolo
de estar perplejo: de estar perdido en la vida.
Y yo me siento muchas veces perplejo; es
decir, casi diría que mi estado continuo es un
estado de asombro … Y me parece que el
símbolo más evidente de la perplejidad es el
laberinto.
Además, el laberinto tiene algo muy curioso:
porque la idea de perderse no es rara: pero
vivir en un edificio construido para que la
gente se pierda, aunque esa idea sea tomada
de los túneles de la vida, es una idea rara …
La idea de construir un edificio de una
arquitectura cuyo fin sea que se pierda la
gente… Que se pierda la gente o se pierda el
lector, ésa es una idea rara … En mis cuentos
hay muchas formas de laberinto. Hay, por
ejemplo, laberintos en el espacio y un
laberinto en el tiempo también.
En un cuento mío, titulado, creo, “El
jardín de senderos que se bifurcan,” en
el cual se habla de un laberinto
perdido; si se vive en un laberinto
perdido es algo mágico, porque un
laberinto es un lugar en el cual uno se
pierde, en un lugar que se pierde, de
modo que la idea de un laberinto que
se pierde es doblemente mágica.
…
Yo creo que mi idea del laberinto está
llena de esperanzas también, porque si
sugiero que este mundo es un laberinto,
entonces nos sentiríamos seguros. Pero
posiblemente no sea un laberinto. Es
decir: en el laberinto hay un centro,
aunque ese centro sea terrible, sea el
Minotauro. En cambio, no sabemos si el
universo tiene un centro.
Posiblemente, no sea un laberinto, sino
simplemente un caos; y, entonces, sí
estamos perdidos… Pero si hay un
centro secreto del mundo (ese centro
puede ser divino, puede ser
demoníaco), entonces estamos
salvados: entonces hay la arquitectura.
Posiblemente, no sea un laberinto, sino
simplemente un caos; y, entonces, sí
estamos perdidos… Pero si hay un
centro secreto del mundo (ese centro
puede ser divino, puede ser
demoníaco), entonces estamos
salvados…: entonces hay la
arquitectura.
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