Se deslizan entre matorrales,
Cobijados por la sombra de la noche,
Ocultándose en las esquinas…
Simple ráfaga de viento que ya pasó.
Caminan sobre terreno minado,
la piel mojada de miedo,
escondiendo a cada rato un tatuaje
odioso:
soy indocumentado.
Tragan agua sucia,
robada en cualquier riachuelo o desagüe,
fugitivos bajo su misma sombra:
son unos condenados sin proceso.
Su tonada los traiciona,
su madre no pudo blanquearles la piel,
una frontera los hizo hijos de nadie:
y hasta los pobres de este lado ya no son
hermanos.
Contradicción de la vida!
¿Quiénes son ellos para los demás?
¿De dónde vienen, a donde van?
¡
Simples hojas caídas de un árbol.
Blanco de unos buitres uniformados y no,
anillo de una cadena de traficantes,
objeto de estadísticas…
y muertos en nuestra conciencia.
Los hemos borrado, han desaparecido.
Fantasmas incómodos,
con el permiso de salir tan solo en la noche,
sí… como los murciélagos.
Bienvenidos, ustedes,
Indocumentados del derecho hoy en día:
Indígenas, ancianos, locos detrás de rejas,
Portadores de HIV, niñas violadas,
mujeres golpeadas y otros más…
iceberg sumergido en nuestra memoria..
El baile sigue en
nuestras fiestas,
los cohetes marean
nuestros corazones
vueltos castillos y
bunkers,
donde la compasión
ha muerto desde
tiempo.
Allá afuera,
los indocumentados del derecho
pueden seguir arrastrándose en la noche:
hemos apagado la luz sobre su
existencia.
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