En el mundo nuevo, todos serán iguales en la misma mesa,
y todos los comensales poseerán el rango del gran Anfitrión.
En la mesa del Reino de Dios no habrá rivalidad y competencia por el honor,
ni habrá división. Y en vez del deseo de honor, será el deseo de servir el fundamento
de la nueva sociedad: “El que quiera ser más grande entre vosotros será vuestro
servidor. Y el que quiera ser primero será esclavo de todos” (Mc 10, 43-44).
José Arregi
Lucas 14, 1.7-14. 22 Tiempo Ordinario –C- 29 agosto 2010.
Autora: Asun Gutiérrez. Música: Beethoven.Triple Concierto en Do. Largo.
Un sábado entró Jesús a comer en casa de uno de los jefes de los fariseos.
Ellos estaban al acecho.
Es un texto propio de Lucas,
no se encuentra ni en Marcos ni en Mateo.
En el contexto de una invitación-trampa, Jesús
aprovecha la ocasión para enseñar lo que significa
la vanidad, la humildad y la gratuidad.
Jesús no fue una persona cómoda
para los importantes de su tiempo.
Tampoco lo es para los de ahora.
Al observar cómo los invitados escogían los mejores puestos, les hizo esta
recomendación:
–Cuando alguien te invite a una boda, no te pongas en el lugar de preferencia, no sea
que haya otro invitado más importante que tú, y venga el que te invitó a ti y al otro y te
diga: Cédele a éste tu sitio, y entonces tengas que ir todo avergonzado a ocupar el último
lugar
Jesús observa lo que sucede a su alrededor. Conviene recordar la enorme
importancia que tenía el honor en la sociedad de aquel tiempo. La mesa era el lugar
por antonomasia donde se revelaba el lugar social y el honor de los comensales.
Jesús propone una actuación impensable, que acarreaba una gran vergüenza. Las
palabras y la actitud de Jesús suponen una profunda inversión en la jerarquía de
valores.
Más bien, cuando te inviten, ponte en el lugar menos importante; así, cuando venga
quien te invitó, te dirá: “Amigo, sube más arriba”, lo cual será un honor para ti ante
todos los demás invitados. Porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla
será ensalzado.
La actitud nada evangélica de compartir mesa y honores con los “grandes” de este
mundo es una tentación en la que la mayoría, en mayor o menor grado, caemos.
No es fácil armonizar estos comportamientos con el mensaje de Jesús.
La crítica de Jesús a los dirigentes religiosos sigue vigente.
“Les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las
sinagogas, que les hagan reverencias por la calle y que la gente los llame maestro”
“No sea así entre vosotros”. (Mt 23, 1-12).
Y al que le había invitado le dijo:
–Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, hermanos,
parientes o vecinos ricos; no sea que ellos a su vez te inviten a ti, y con ello
quedes ya pagado.
Ahora Jesús se dirige al anfitrión
y a cada un@ de [email protected]
Las costumbres familiares y sociales
dejan paso a la generosidad gratuita
y desinteresada.
La vida de Jesús fue cercana a todas las
personas marginadas de la sociedad
y compartió mesa con ellas.
Esta actuación suponía un tremendo escándalo.
Jesús quebranta las normas establecidas,
desmantela la escala de valores de aquella
sociedad: denuncia lo que la sociedad aprecia,
honra lo que la sociedad deshonra.
Aspira a una sociedad radicalmente diferente.
Una sociedad que comience a construirse
desde abajo, desde quienes responden
colocándose en los puestos de servicio.
Más bien, cuando des un banquete, invita a los pobres,
a los lisiados y a los ciegos.
Jesús propone y nos propone otros comensales, otras preferencias.
¿Mis opciones y preferencias son las mismas que las de Jesús?
¿Quiénes son las personas pobres, lisiadas, ciegas... a quienes me cuesta sentar
a la mesa de mi vida?
¡Dichoso tú si no pueden pagarte!
Recibirás tu recompensa cuando los justos resuciten.
Jesús nos regala otra bienaventuranza,
como todas, fuente de felicidad, alegría y paz.
Su vida fue gratuidad en estado puro. Entregó todo lo que tenía: su palabra,
su misión y su vida. Vida regalada y compartida, por [email protected] y para [email protected]
Vivir como vivió Él es garantía de vida plena, dichosa y feliz.
[email protected] sabemos que los momentos más intensos e importantes de nuestra vida
son los que sabemos vivir en la gratuidad.
Hermano mío que estás aquí al lado,
hermana mía con quien comparto, seguro, la tierra que pisamos.
Respetado sea tu nombre; en todas las lenguas del mundo.
Hagamos juntos una tierra que no explote a nadie;
que a nadie relegue a los márgenes.
Una tierra en la que todo aquello que es un regalo:
el agua, el alimento, el viento, el suelo... esté en manos de todos;
y de esta forma el Reino de Aquel al que llamamos Padre
vaya viniendo a la tierra, al mar, a cada rincón donde un hermano
se sienta amado y dispuesto a amar.
Que nuestro pan, hermano, sea el de hoy,
y si hoy alguno de los dos no tiene pan, llame a la puerta del otro;
tal vez nos quedemos con el estómago medio vacío, pero nunca
con el corazón reseco; porque mi mesa es tu mesa;
y mi casa, no es mi casa, es casa de todos.
Y perdóname si en algún momento todo esto se me olvida;
y de repente creo que nuestro Padre no es tan nuestro y es más mío.
Perdóname y ayúdame.
Recuérdame entonces que el dolor del mundo es también mío
y que si yo voy diciendo que mi Padre es nuestro, no puedo volver
mis ojos ni parar mis manos.
De esta forma podremos construir de nuevo;
que la forma de librar del mal a nuestra tierra es sintiendo sus males y a
partir de la vida compartida con el hermano.... Construir, caminar, amar....
Así sea. Hermano. Hermana.
(Roberto Borda)
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