Hace muchos años en una cruel batalla,
un soldado, preocupado porque su amigo
no regresaba del campo de guerra, le dijo a su superior:
Teniente, mi amigo no ha regresado todavía
del campo de batalla,
le pido permiso para ir a buscarlo.
Pero el teniente respondió:
¡Permiso denegado, soldado!,
no puedo permitir que ponga en riesgo su vida
por un hombre que, probablemente,
ha ya muerto.
El soldado,
haciendo caso omiso
de la prohibición, salió.
Una hora más tarde regresó,
mortalmente herido,
transportando el cadáver de su amigo.
El oficial estaba furioso:
¡Ya le dije yo
que había muerto!,
¡ahora he perdido
a dos hombres!
Y añadió:
Dígame,
¿merecía la pena salir allá
para traer un cadáver?
Y el soldado, moribundo, respondió:
¡Claro que sí, señor!
Cuando lo encontré,
todavía estaba vivo y pudo decirme:
“Juan... estaba seguro de que vendrías”.
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El Soldado Amigo