Nos volvemos a reunir, formando
una pequeña Comunidad, para
celebrar la Eucaristía.
Y nos sentimos unidos a otros
muchos cristianos que, en todo el
mundo se reúnen del mismo modo,
para ofrecer a Dios nuestra Acción
de Gracias.
Todos compartimos la misma y única fe en
Jesucristo, la misma esperanza en sus promesas y
el mismo amor cumpliendo su «mandamiento
nuevo».
Pero también lo hacemos porque todos
formamos la única Iglesia de Jesús, edificada sobre
el Apóstol Pedro, tal como nos dice el Evangelio de
hoy.
Y reconocemos que el Pedro actual es el Papa,
Obispo de Roma.
Ven, Espíritu Santo,
ilumina nuestra mente,
nuestro corazón y nuestra voluntad,
para que podamos comprender,
aceptar y vivir la Palabra de Dios.
Llena con tu santo poder
a todos los que nos acercamos
a escuchar la Palabra
para que, guiados por ella,
nos encontremos con Jesucristo vivo
para gloria del Padre.
Que nos dejemos empapar
por la Palabra de Dios
para hacer más fecunda mi vida
en relación con los demás
y que nuestra vida
produzca frutos
de amor y de justicia?
Amén.
En este texto Dios nombra un nuevo
administrador para el palacio del reino de Israel.
Le da plenos poderes, pero él debe gobernar
como un padre.
¿Qué aprendemos de este acontecimiento
simbólico? El poder y la autoridad son una
delegación de Dios; son un factor de la providencia
de Dios en la historia.
El poder y la autoridad deben dar cuenta a Dios;
deben ser usados paternalmente.
¡Dios elige a su siervo! La profecía de
Isaías apunta a tiempos mesiánicos.
El profeta pronuncia un oráculo contra un tal
Sobná, mayordomo de palacio del rey de Judá que
se hizo odioso por su arrogancia.
Por ese orgullo será castigado y pasará su cargo
a otro. El nuevo mayordomo, que sustituye al
injusto, será la roca firme en que se sustentará el
pueblo. El tendrá el poder de las llaves. Será firme y
seguro.
Cuando en una nación hay cambio de gobierno, se
produce también un cambio importante en las leyes, en
los cargos, en las personas.
Eso mismo sucede cuando en una empresa o un
departamento se realiza el cambio del jefe o responsable
de esa empresa o de aquel departamento.
Los cambios, tanto de gobierno como de responsables
de empresas o departamentos, pueden provenir de varias
causas.
Una de esas causas es la mala gestión realizada o los
fraudes cometidos en los cargos y responsabilidades.
Pues bien, en la breve primera lectura de hoy se
nos ofrece el hecho histórico del cambio del
«mayordomo de palacio» (especie de primer
ministro) del rey Ezequías de Judá.
El motivo de su destitución, no está muy claro.
Parece ser que se debió a que construyó un
mausoleo demasiado lujoso para los tiempos difíciles
en los que se encontraba el reino; o por construirlo
en un lugar que no le correspondía.
Pero la destitución y sustitución de este alto
mandatario del rey, da pie al profeta Isaías (en el s. VIII
a. C.) a ver, proféticamente la intervención de Dios en
el gobierno de su pueblo.
El salmo recoge, sobre todo, la lección de humildad y
confianza en Dios.
Así como Dios castiga al mayordomo anterior, el salmista
espera que se apiade de todos nosotros: «Señor, tu
misericordia es eterna, no abandones la obra de tus
manos», porque está seguro de que «el Señor se fija en el
humilde y de lejos conoce al soberbio».
El salmo 138(137) es un canto de acción de gracias
colectivo que desarrolla esta idea básica: todas las fuerzas
importantes de la vida -dioses y reyes- no pueden menos de
reconocer la obra de Dios con su pueblo.
Esto garantiza el futuro de Israel. El que habla en el
salmo no es un teórico sino alguien que rubrica lo que
dice con la propia vida.
El salmo implica en su alabanza agradecida a "todos
los reyes de la tierra" (v. 4). Precisamente por eso,
San Atanasio ha definido este poema como "el salmo de
la llamada universal a la salvación".
La súplica del último versículo: "No abandones la
obra de tus manos" siempre gozará de actualidad y la
podremos repetir siempre a lo largo de toda nuestra vida.
"No abandones la obra de tus manos"
Señor, tus manos me hicieron. Y me hicieron de barro.
Por eso me he roto tantas veces. Tú lo sabes y lo comprendes.
No abandones la obra que tú mismo has iniciado.
No te canses de hacerme de nuevo. Soy tu obra,
la que tú soñaste desde toda la eternidad;
la que tú acariciaste antes de que yo naciera;
la que tú rehabilitaste tantas veces con infinito amor.
Que tanto anhelo, tanta ilusión, tanto mimo, tanta solicitud
no sean en vano.
Haz que sea para t i lo que es tuyo.
Haz que esta obra buena que tú iniciaste llegue a feliz término.
- ¿Qué lugar ocupa la oración de acción de gracias
en mi vida cristiana? ¿Acostumbro a dar gracias
a Dios por tantos beneficios recibidos?
- En el grupo cristiano al que perteneces, ¿te
detienes a dar gracias a Dios por los valores y
cualidades de cada miembro?
- ¿Me gusta cultivar en mi jardín la flor del
agradecimiento? ¿Enseño a otros a cultivarla?
Dios es señor de la historia, pero la historia a
menudo nos desconcierta. No la entendemos.
No vemos fácilmente en ella la voluntad y el
amor de Dios.
En este profundo texto, San Pablo está
diciendo que el dominio de Dios sobre el
mundo y la historia es sabio, amoroso y para
el bien.
Dios, origen, guía y meta del universo Himno
de Pablo que revela la grandeza de Dios. La fe no
es el resultado de una investigación científica, ni
un apasionamiento pasajero. La fe ha de ser la
respuesta personal a este Dios que nos interpela.
La suerte de los judíos, los hijos de la promesa
en el Antiguo Testamento, pero que ahora parecen
rechazar la salvación del Mesías enviado por Dios,
sigue preocupando a Pablo, y le sugiere una larga
serie de reflexiones (capítulos 9-11 de la carta).
Estas reflexiones terminan en el breve
pasaje de hoy: un canto entusiasta de alabanza
a Dios, de admiración por su sabiduría, que
nosotros no entendemos, pero que es la que va
guiando la historia de la humanidad.
Pablo plantea unas preguntas retóricas:
¿quién conoció... quién fue su consejero... quién le
ha dado primero?
Preguntas que, naturalmente, esperan una
respuesta negativa: ¡nadie!, porque «él es el
origen, guía y meta del universo».
El sabrá cómo ser fiel a las promesas hechas
a su pueblo elegido y cómo conducirlo también a
la salvación.
Confesión de Pedro
(Mc. 8,27-30; Lc. 9,18-21; cfr. Jn. 6,67-71)
13 Cuando
llegó Jesús a la región de Cesarea
de Felipe, preguntó a los discípulos:
–¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del
Hombre?
14 Ellos contestaron:
–Unos dicen que es Juan el Bautista; otros,
que es Elías; otros, Jeremías o algún otro
profeta.
15 Él
les dice:
–Y ustedes, ¿quién dicen que soy?
16 Simón
Pedro respondió:
–Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.
17 Jesús le dijo:
–¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo ha
revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre del cielo!
18 Pues yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra
construiré mi Iglesia, y el imperio de la muerte no la
vencerá. 19 A ti te daré las llaves del reino de los cielos: lo
que ates en la tierra quedará atado en el cielo; lo que
desates en la tierra quedará desatado en el cielo.
20
Entonces les ordenó que no dijeran a
nadie que él era el Mesías.
El pasaje que leemos hoy del Evangelio de San
Mateo es de gran importancia en la vida de Jesús.
Jesús no ha sido bien acogido por su pueblo y,
aparentemente, su misión ha fracasado.
Sin embargo, sus discípulos por boca de Pedro
reconocen que Jesús es «el Mesías, el Hijo de Dios
vivo».
Esta confesión es el resumen de la fe
de la Iglesia.
Jesús hace
discípulos.
un
breve
examen
a
sus
En un momento significativo de su ministerio,
cuando acaba su estancia en Galilea y se dispone
a subir a Jerusalén, Jesús plantea una doble
pregunta a sus discípulos:
*¿Qué dicen de mí?; ¿qué dice la gente que
soy yo?
* ¿Qué piensan ustedes que soy yo?
- La primera pregunta es a modo de
encuesta sobre lo que «la gente» opina de él.
La respuesta es dispersa: unos que el Bautista,
o que Elías, o que Jeremías, u otro profeta.
- La segunda pregunta es directa para
ellos: ¿y ustedes? Pedro, una vez más, toma
la palabra en nombre de todos y hace una
ajustada confesión de fe: «tú eres el
Mesías...
Con su respuesta merece Pedro una
alabanza por parte de Cristo, porque esta
afirmación se la ha revelado Dios.
Con una doble imagen le anuncia que ha
pensado en él como jefe de la primera
comunidad y le da como una solemne
investidura: «yo te digo»...
La imagen de la piedra, sobre la que edificará
su Iglesia (una de las pocas veces que en el
evangelio aparece la palabra griega «ekklesia»,
equivalente al «qahal» del Antiguo Testamento, la
comunidad de Yahvé), y la de las llaves del
Reino de los cielos, que tendrá que administrar
Pedro.
Ante la respuesta que le da Pedro, Jesús le
confiere los «símbolos» de la autoridad del reino
mesiánico:
* le constituye en piedra sobre la que edificará
su iglesia;
* le promete las llaves del Reino,
* le concede el poder de atar y desatar.
Jesús asegura que las «puertas del hades o
del infierno (o del abismo, de la muerte) no
prevalecerán contra esta Iglesia».
Cambio de mayordomo
Lo que es un simple cambio histórico de
mayordomo en el palacio real, el profeta lo ve en su
vertiente mesiánica, como un cambio de rumbo del
pueblo de Israel hacia Dios.
La autoridad, representada en el símbolo de las
llaves, volverá a ejercitarse rectamente en la casa de
Israel. Y será Jesús quien prometerá entregárselas a
Pedro al construir sobre él su Iglesia.
El profeta expresa la destitución y el nuevo
nombramiento aludiendo a unos signos de ese cargo: la
túnica, la banda y, sobre todo, las llaves colgadas al
hombro.
El mayordomo era el que tenía autorización para
abrir y cerrar las puertas de palacio.
El sucesor sí será lo que el anterior no había
querido ser: «padre para los habitantes de Jerusalén»,
que es para lo que es elegido un político o un
administrador.
Es evidente que se ha elegido este episodio,
en sí nada importante en la historia de Israel, para
preparar lo que Jesús va a decir a Pedro,
concediéndole las llaves del Reino.
.
¿Quién conoce la mente del Señor?
La exclamación final de Pablo, alabando la
sabiduría insondable de Dios, nos recuerda
también a nosotros que no podemos entender
todos los planes de Dios.
A Pablo le preocupaba el destino de su pueblo, que
no acababa de entender. A nosotros se nos plantean
continuamente otros interrogantes sobre la vida y la
muerte, sobre la existencia del mal en el mundo, sobre
el sufrimiento de los inocentes.
Dios es insondable. No podemos abarcarle ni
encerrarle en nuestros programas y ordenadores.
Nosotros somos limitados y él es el «absolutamente
Otro», y está lleno de sorpresas.
A veces, la única solución que tenemos
es, como para Pablo, el silencio, la
adoración, la confianza, la alabanza, y
saber entonar con convicción el «Gloria a
Dios en el cielo» y el «Santo es el
Señor, Dios del universo», y
«llenos están los cielos y la tierra de tu
gloria».
Lo que sí sabemos, porque nos lo dice
continuamente la Palabra revelada, es que Dios es
Padre, Liberador, que busca nuestro bien, que
continuamente está perdonando, que él sabrá cómo
conducir a la salvación, siempre gratuitamente, a judíos y
paganos. «A
él la gloria por los siglos».
San Pablo sufrió mucho por las diferencias recelosas
existentes en la Comunidad de Roma entre los cristianos
procedentes del judaísmo y los venidos de la gentilidad
(como nos manifestaba en la lectura de la carta a los
Romanos del domingo pasado).
San Pablo sufrió mucho por las diferencias
recelosas existentes en la Comunidad de Roma
entre los cristianos procedentes del judaísmo y
los venidos de la gentilidad (como nos
manifestaba en la lectura de la carta a los
Romanos del domingo pasado).
Pero por encima de ese sufrimiento tenía la
alegría de ver que la fe en Jesucristo es salvación
para todos, ya que Dios no hace distinción entre
los hombres.
Sobre las discordias, vendría la misericordia
de Dios que perdona y realiza la unidad entre
quienes le aceptan como Padre.
La fe no es el resultado de nuestras
investigaciones ni de nuestros razonamientos.
Es la acogida que damos a Dios; es la
respuesta que el hombre ofrece al Señor, que tiene
siempre la iniciativa de la fe.
San Pablo desconoce el cómo y el cuándo «los
rebeldes» se convertirán al Señor. Pero está
seguro que se realizará esa conversión porque
está dentro del plan salvífico de Dios.
Ante esta realidad de Dios, que está por encima
del hombre a distancias infinitas y -sin embargose hace el encontradizo con nosotros, es por lo
que el Apóstol Pablo prorrumpe en un sentido
himno de acción de gracias.
Ante esta realidad de Dios, que está por encima del
hombre a distancias infinitas y -sin embargo- se hace el
encontradizo con nosotros, es por lo que el Apóstol Pablo
prorrumpe en un sentido himno de acción de gracias.
La actitud del creyente no ha de ser otra que acoger
con humildad el proyecto de Dios, porque Dios es más
grande que el hombre. ¡Y sabe lo que se hace!
Para nosotros ¿quién es Jesús?
Es una pregunta importante, esta que recorre todo el
evangelio, y luego toda la historia, también la actual:
¿quién es Jesús?
Para nosotros responder que «Jesús es el
Salvador, el Mesías, el Redentor», es sumamente
fácil.
Vemos que la Historia se divide en dos partes: antes
y después de Cristo. Pero para ellos era dificilísimo.
Solamente bajo el influjo de la fe pueden dar una
respuesta acertada.
Ellos saben que nació en Belén; que vive en Nazaret.
Pero ¿es el Mesías?; ¿es el Hijo de Dios?; ¿es el Salvador
esperado?; ¿realizará el cambio en la Humanidad como
anunciaban los profetas? ¡Difícil dar el paso a la afirmación!
También sucede hoy. No se niega que Jesús sea el
«Jesús de Nazaret». Pero que sea el Salvador, el
Señor, solamente se puede afirmar bajo la luz e
impulso de la fe.
Hoy Jesús también hace esas dos preguntas. Y la gente
habla de Jesús de Nazaret y dice muchas cosas de él.
Sus contemporáneos ya dieron respuestas muy
diferentes: le llamaron desde embaucador, fanático y
aliado con el mismo demonio, hasta profeta, o uno de los
profetas que vuelven a la tierra, desde Elías o Jeremías
hasta el recientemente fallecido Bautista.
También para nosotros la pregunta debería ser muy
concreta y personal. Nos tendríamos que aplicar la
interpelación a nosotros mismos, a los que nos
confesamos cristianos y participamos en la Eucaristía:
¿quién es Jesús para nosotros, para mí?
Como los discípulos, tenemos que definirnos y
tomar partido.
No se trata de responder según los libros, o
según los conocimientos que tenemos desde
pequeños.
Claro que todos sabemos que Jesús es «Dios
y hombre verdadero», y que con su muerte y
resurrección nos ha salvado. Pero hay afirmaciones
que de tanto repetirlas ya no nos dicen nada. Hay
que «descongelar» esos conceptos.
Nuestra fe en Cristo Jesús, ¿impregna de veras nuestra
vida? ¿o se queda en la esfera del conocimiento teórico? No
se trata sólo de formular exactamente nuestras convicciones
teológicas, sino que lleguen a influir y configurar nuestra
vida. Jesús, para nosotros, no es una doctrina, sino una
Persona que vive y que nos interpela y que da sentido a
nuestra vida.
Jesucristo nos es revelado por el Padre Jesús es
colocado en el sentir de la gente en el contexto profético.
Pero Jesús es algo más que un profeta. Jesús es el Hijo
de Dios vivo en la confesión de Pedro en nombre
del grupo.
A Pedro lo ha puesto el mismo
Señor al frente de la Iglesia
El episodio que leemos hoy es importante para el
nacimiento de la primera comunidad, y por tanto de la
Iglesia. Como respuesta a un expresivo acto de fe por
parte de Pedro, Jesús le alaba y le anuncia la misión que
ha pensado para él en la primera comunidad.
En otras ocasiones le dice que le hará «pescador de
hombres», o le encomienda que «apaciente sus ovejas».
Hoy emplea dos imágenes más: Pedro será la
«piedra»
sobre la que quiere edificar su Iglesia, y
además le dará «las
Cristo quiere fundar.
llaves»
de esa comunidad que
Este Evangelio había estado previsto por Isaías en la
primera lectura de hoy.
Pedro es nombrado por Jesús cabeza de la naciente
Iglesia. Delegado por Cristo, tiene plenos poderes
pastorales a ser transmitidos a sus sucesores, los Papas.
Como «administrador» de Dios, el poder y autoridad
espiritual del Papa es sobre todo paternal y
misericordiosa.
De modo misterioso, Cristo gobierna a su pueblo por
medio de personas frágiles; su gobierno pastoral no es
siempre perfecto, pero puesto que el Espíritu de Cristo es
el real gobernante de la Iglesia, la Iglesia permanece
substancialmente fiel al Reino de Dios, hasta el fin de los
«Los poderes
prevalecerán contra ti».
tiempos:
del
infierno
Y el sucesor de Pedro es la roca de esta fidelidad.
no
En último término, el Papa es la garantía de todo esto,
asistido por el Espíritu de Cristo.
Si él no existiera, a la larga, la seguridad de nuestra fe
y la unidad de nuestra Iglesia se desmoronarían. Por lo
tanto, aunque viva muy lejos, el Papa es la última roca
e inspiración de nuestro cristianismo.
No encontraremos aquí argumentos para las diversas
formas de ejercer el "primado" de Pedro y sus
sucesores, pero sí aparece que Cristo, que es la Roca
auténtica y el que posee por título propio las llaves del
Reino de los cielos, se ha querido servir de personas
humanas, aunque sean débiles, como en este caso, para
ir edificando su Iglesia.
Pedro no duda en dar
su respuesta de fe en Jesús
Pedro es el otro protagonista de hoy y, por extensión,
también sus sucesores, los Papas. ¡Qué hermosa la profesión
de fe que hace, en nombre de sus compañeros, del
mesianismo y la divinidad de Jesús!
Jesús es el Ungido de Dios, el Enviado, el Salvador que
Israel esperaba. Es el Hijo de Dios vivo: fórmula que tal vez
no refleja todavía toda la densidad que luego tendría, pero
ciertamente supone que Pedro intuye que Jesús es algo más
que el Mesías político que el pueblo esperaba.
Es una respuesta todavía no madura, en la que no
podemos asegurar que se entiendan en profundidad
afirmaciones de una cristología posterior.
Pero es una hermosa confesión de fe. Como la
que hizo el mismo Pedro cuando, después del discurso
del pan de vida, se iban marchando los discípulos, y él
se adelantó a expresar su fidelidad total a Cristo:
«Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras
de vida eterna».
Si Pedro, en su sencillez, ha «acertado» con la gran
afirmación cristológica del evangelio de hoy, no es
ciertamente porque haya estudiado mucho, sino porque se
lo ha revelado el Padre.
Ya dijo Jesús que «nadie conoce al Hijo sino el Padre
y aquel a quien el Padre se lo quiera revelar», que es a las
personas sencillas y humildes, no precisamente a los que
se creen sabios.
Uno de ellos, de esas «personas sencillas», es
Pedro.
¡Qué hermosa también la respuesta de
Jesús, encomendando a Pedro la misión
que para él ha pensado en medio de la
comunidad eclesial!
A veces Jesús tiene que reprender a Pedro, como
leeremos el domingo próximo, pero esta vez sus palabras
son de alabanza amable, una
«bienaventuranza»:
«dichoso tú... », porque eso se lo ha
revelado el Padre.
¿Puede ser Pedro una Roca firme
para edificar la Iglesia?
Las dos imágenes con que Jesús expresa el cargo que
le va a dar son muy expresivas: la de la piedra o la roca y
la de las llaves.
La primera supone el juego de palabras entre el griego
«Petros» y el arameo «Cefas», que significan «piedra,
roca» y así Jesús le da al apóstol, además del antiguo
nombre de «Simón, hijo de Jonás», el sobrenombre de
«Piedra» o «Pedro», con el que nosotros lo conocemos
más.
Pero podemos preguntarnos: ¿puede Pedro ser
una roca firme como para edificar sobre ella la
comunidad eclesial?
Porque según aparece en los evangelios, y luego
en los Hechos, Pedro tiene muy buenas cualidades de
decisión, liderazgo, amor a Cristo, pero a la vez es
inseguro, presuntuoso, contradictorio, a veces violento
-como cuando sacó la espada y cortó la oreja a Malco, otras, cobarde, hasta llegar a negar una y otra vez a
Cristo Jesús, a pesar de haber prometido que le
seguiría hasta la muerte.
Pedro es débil, es frágil. Le costó madurar en su fe, le
costó prescindir de los prejuicios que tenía por su formación
y aceptar los proyectos salvadores de Jesús.
¿Es esa la «roca» sobre la que estamos fundados?
No.
La Roca es Cristo, «la piedra que
desecharon los arquitectos y es ahora la
piedra angular», como anunciaba ya el salmo 117 y
cita Jesús varias veces (cf. Mt. 21,42), y el mismo Pedro en
su discurso ante el Sanedrín (cf. Hch. 4,11) y en una de
sus cartas (cf. 2Pe. 2,6-8).
Pero Pedro, precisamente por la profesión de fe que ha
sabido formular con tanta decisión, es el signo visible de
ese fundamento sólido que es Cristo.
La fe de Pedro, en esta escena del evangelio, todavía
«he
pedido por ti, para que tu fe no se apague, y
tú, cuando te recobres, da firmeza a tus
hermanos» ( Lc 22,31-32 ).
no es madura. Jesús tendrá que rezar por Pedro:
Pero madurará por la experiencia de Pascua y por la
gracia del Espíritu en Pentecostés.
Tampoco la fe de los sucesores de Pedro, a lo
largo de los dos mil años de existencia que tiene la
Iglesia, ha sido siempre madura y ejemplar.
Pero no es la fe concreta de unas personas la que
salva o hace firme a la Iglesia, sino la presencia de
Cristo y su Espíritu, que también ahora tienen que
«confirmar en la fe» a los sucesores de Pedro para
que estos, a su vez, confirmen en la fe a sus
hermanos. Con esa ayuda de Cristo y de su Espíritu,
Pedro, y ahora sus sucesores, son los fundamentos
visibles de la unidad y de la caridad en la Iglesia.
Llaves que abren y cierran
La otra imagen con la que expresa Jesús su
nombramiento de Pedro es la de las
de los cielos.
llaves
del Reino
Las llaves son necesarias para mantener cerradas o
abrir en el momento oportuno las puertas de una casa o
de una habitación.
Por eso se convierten fácilmente en «símbolo» de
poder y de autoridad.
Cuando una visita importante llega a
una población, uno de los gestos
simbólicos de acogida y cortesía era
entregarle solemnemente las llaves de la
ciudad (o bien, otro símbolo: el bastón de
mando, porque ahora las ciudades no
tienen ya "puertas" para abrir o cerrar).
Por eso, cuando se dice que al tal
Sobná le será quitada la autoridad y dada a
otro, se afirma que a su sucesor le «colgará
del hombro la llave del palacio de David».
También aquí sabemos que el auténtico poseedor de
las llaves del Reino es Cristo. El Apocalipsis habla de él
como el Señor que tiene las llaves, que abre y nadie puede
cerrar, cierra y nadie puede abrir (cf. Ap. 3,7).
Pero es el mismo Jesús quien transmite esta misión de
autoridad a Pedro con el símbolo de las llaves. Aquí se
utiliza como equivalente la imagen de «atar y desatar», en
vez de la más lógica de «abrir» y «cerrar», para expresar
el hecho de admitir o no admitir a la comunidad. Es una
imagen no exclusiva de Pedro, porque unos capítulos más
adelante, el mismo Mateo (Mt. 18) la aplica a todos los
discípulos.
Uno piensa en seguida en las decisiones que fue
tomando Pedro, inmediatamente después de Pentecostés,
en la primera comunidad, y cómo, por ejemplo, «abrió
las puertas» de la comunidad a los paganos -a Cornelio
y a su familia-, aunque no a todos les pareciera de entrada
una actitud oportuna.
Aceptar el ministerio
del Papa
Como en torno a la figura de
Jesús, también caben posturas muy
diferentes en los tiempos actuales en
relación con los sucesores de Pedro,
los Papas: desde la agresivamente
contraria, hasta la selectiva, que les
apoya o les critica según coincidan o
no su talante y sus decisiones con la
propia ideología.
El evangelio de hoy nos invita a considerar al Papa
como un ministerio querido por el mismo Cristo y, por
tanto, a mirarlo con los ojos de la fe. El Papa ha recibido el
encargo de asegurar el servicio de la fe, de la caridad, de
la unidad, de la misión.
La comunidad no es del Papa, sino de Cristo
(«edificaré mi Iglesia»). Pero el Papa es quien más
explícitamente ha recibido la misión de animar, discernir,
unir, confirmar a la comunidad de Cristo que, además de
una, santa y católica, es también «apostólica», es decir
que arranca de la experiencia original, única e irrepetible
de los Apóstoles.
Esta Iglesia apostólica no nació ayer, ni hace pocos
años, sino 21 siglos.
Es ¡la única Iglesia de
Jesucristo!
Con respecto al Papa, sucesor de Pedro,
no se trata de una aceptación ciega, pero sí
de una postura positiva, desde la fe y el
amor, desde la confianza en Cristo y en su
Espíritu, que se sirven de los hombres,
siempre débiles, para guiar a su Iglesia.
Padre de bondad y misericordia,
concede que el SS. el Papa Benedicto XVI,
como sucesor de Pedro
y representante de Jesús en la tierra,
cumpla fielmente la misión que Cristo le ha confiado
y cuente con el respeto y amor de toda la Iglesia.
Te pedimos el don de la paz y concordia
entre todas las naciones,
y también entre todas las Iglesias,
para que no se rompa la armonía
y la paz en nuestro mundo.
Concédenos que, como tu Pueblo,
con nuestros signos de solidaridad
y de unidad fraternal,
colaboremos a que se tu Hijo, Jesucristo,
viva y reine en quienes creemos en El,
para gloria tuya..
Que nosotros, creyentes,
demos testimonio de nuestra fe en Jesús
con la sencillez y la firmeza
con que lo hizo el apóstol Pedro
y lo confesemos ante el mundo.
Amén.
¡Jesús es nuestro!
Proclamado por Dios
«Señor», nosotros le reconocemos Hijo de Dios,
Salvador del mundo. Es para nosotros
revelación del camino de nuestra vida y
manifestación de la salvación que Dios nos ofrece.
No es un ser extraño al hombre, ¡es nuestro! La
calidad de su vida humana nos narra nuestra vida
y la esperanza que El mantuvo hasta el final es
nuestro futuro.
Aunque la Iglesia es Santa, nosotros, miembros
de esa Iglesia, somos pecadores. Por tanto,
pedimos perdón a Dios: tenemos una sola fe, un
solo bautismo, un solo Señor. Pero, a veces,
rompemos la unidad eclesial entre nosotros...
Pero ¿qué decimos nosotros?; ¿qué significa
para nosotros Jesús de Nazaret?; ¿en qué cambia
nuestra vida respecto a otros que no le reconocen
como Salvador?; ¿cuál es nuestro testimonio de fe
ante su persona y su mensaje?
Nos encontramos en un momento decisivo
para la sociedad en la que vivimos. Nuestro
testimonio de fe cristiana es crucial.
Debemos dar una respuesta firme a la
pregunta del Señor, como lo hizo el apóstol
Pedro.
Pero no solamente una respuesta teórica de
Catecismo, sino con la verdad cristiana de
nuestra vida.
No vayamos desfigurando la imagen de Jesús
en nosotros como se ha ido desfigurando en el
mundo con el paso de los siglos.
Jesús es el Salvador a quien reconocemos por
la fe y de quien aceptamos su mensaje salvador
por estar iluminado por la esperanza y realizado
en el amor.
Descubramos a Jesús en la fe y en su
Palabra. Cada vez que celebramos la
Eucaristía nombramos al Papa, juntamente
con el Obispo de la propia diócesis, para
expresar nuestra unión con ellos y para
pedir al Señor que los «confirme en la fe
y en la caridad».
Este recuerdo de la Misa debería traducirse en una
actitud de comunión también en la vida, en la respuesta
a su magisterio, en la visión de fe de su papel en la
Iglesia.
Es bueno que Pedro, en el que Jesús puso su
confianza, fuera una persona frágil, y que Jesús tuviera
que «rehabilitarlo» luego después de su caída.
La solidez del fundamento de la Iglesia está sobre
todo en Cristo y en su Espíritu, no en Pedro. Pero éste
es su representante.
Algunas preguntas para meditar
duran te la semana
1. ¿Se puede decir que creemos en Cristo Jesús de tal
modo que aceptamos para nuestra vida su estilo y
su mentalidad? ¿o venimos a creer en un Jesús a
quien hemos "fabricado" a nuestra imagen y
semejanza?
2. ¿Quién es Jesús para nosotros?
3. ¿Quién debe ser Jesús en nuestras vidas?
4. ¿En qué términos me relaciono personalmente con
el Papa?
5. ¿Por qué no puede haber verdadero cristianismo sin
la Iglesia?
P. Carlos Pabón Cárdenas, Eudista.
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