Texto: Comentario Evangelio Jn 13, 31-35 Fr.
Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo
Domingo V de Pascua 28 de Abril 2013
Música: Charmain. Montovani
Montaje: Eloísa DJ
El domingo pasado veíamos esa preciosa
imagen del Buen Pastor.
Toda una
parábola de
vida en donde
se nos
asomaba la
entraña
misericordiosa
de Dios.
El texto que
nos presenta el
Evangelio de
este domingo
es casi una
prolongación
del anterior.
Porque la consecuencia de
sabernos pastoreados por
Jesús, Buen Pastor de
nuestras vidas,
es justamente no ser nosotros lobos para
nadie.
Y la derivación de estar en ese redil que son
las manos del Padre, donde somos conocidos
por nuestro nombre,
es
precisamente
no ser
extraños para
nadie.
Este texto
está tomado
del
Testamento
de Jesús, de
su Oración
Sacerdotal.
Todo a punto
de cumplirse,
como quien
escrupulosamente se
esmera en
vivir lo que
de él
esperaba
Otro,
pero no como
si fuera un
guión
artificial y sin
entrañas, sino
como quien
realiza hasta
el fondo y
hasta el final
un proyecto,
un diseño de
amor.
Y toda esa vida
nacida para
curar, para
iluminar y para
salvar,
está a punto de
ser sacrificada,
en cuya
entrega se dará
gloria a Dios.
Puede
parecer
hasta
incluso
morbosa
esta visión
de la
muerte,
o como
siempre
sucede, para
unos será
escándalo y
para otros
locura
(cf. 1Cor 1,18),
risa y
frivolidad
para quien
jamás ha
intuido que
el amor no
consiste en
dar muchas
cosas, sino
que basta
una sola:
darse uno
mismo, de
una vez y
para
siempre.
En este
contexto de
dramatismo
dulce, de
tensión
serena,
Jesús deja
un mandato
nuevo a los
suyos:
amarse
recíprocamente
como Él amó.
Porque
Jesús amó
de otra
manera,
como nunca
antes y
nunca
después.
Esa era la
novedad
radical y
escandalosa:
amar hasta el final, a cada persona, en los
momentos sublimes y estelares, como en
los banales y cotidianos.
Porque lo
apasionante
de ser
cristiano, de
seguir a
Jesús, es
que aquello
que sucedió
hace 2000
años, vuelve
a suceder...
cuando por nosotros y
por nuestra forma de
amar y de amarnos,
reconocen que somos
de Cristo.
Más aún:
que
somos
Cristo, Él
en
nosotros.
Es el
acontecimiento que
continúa.
Quien ama
así, deja
entonces que
Otro ame en
él, y el
mundo se va
llenando ya
de aquello
que ese Otro
–Jesús– fue
y es:
luz,
bondad,
gracia,
paz,
perdón,
alegría...
Este es
nuestro
santo y
seña,
nuestro
uniforme,
nuestra
revolución:
y ser por ello reconocidos como
pertenecientes a Jesús y a los de Jesús:
su iglesia
Hay un
amor que
nace no del
empeño de
nuestra
piadosa o
solidaria
pretensión,
sino de descubrirnos en el espejo del amor
del Buen Pastor.
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EL AMOR QUE NACE MIRANDO AL PASTOR