El espectáculo de la Ciudad santa, protegida por un cerco de
montañas, suscita la actitud de profunda confianza en Dios, que
se refleja en este Salmo.
La “herencia de los justos” (v. 3) es la tierra de Canaán,
distribuida entre las tribus de Israel, por medio de un sorteo, en
tiempos de Josué (18. 10-11).
El “cetro de los malvados” -es decir, la dominación extranjerapesa como una amenaza sobre ese territorio- pero la protección
divina es una prenda de seguridad para sus fieles (v. 2).
► Es este un canto de alabanza a todos aquellos que han puesto su
confianza en Yavé, han puesto en sus manos su seguridad, su destino y, en
definitiva, toda su vida. El salmista compara los fundamentos inconmovibles de
estos hombres a los cimientos de la ciudad de Jerusalén, centro y asiento de la
gloria y santidad de Yavé. Nos dice el autor que Yavé rodea con amor a
Jerusalén evocando la imagen de la madre que envuelve con sus brazos a su
hijo: «Los que confían en el Señor son como el monte Sión: nunca tiembla, está
firme para siempre. Jerusalén está rodeada de montañas, y el Señor rodea a su
pueblo, desde ahora y por siempre».
► El discípulo del Señor Jesús es aquel que sabe que Dios es fiable, lo
suficientemente fiable como para poner su vida en sus manos. Para no caer en
mentira y engaño, el único punto de referencia que tenemos para saber si Dios
nos es o no fiable, es que su Evangelio sea para nosotros digno de confianza.
Cuando este se recorta para hacerlo asequible a nuestras capacidades o
generosidad, lo hacemos porque en realidad no nos es fiable
Los que confían en el Señor son como el monte Sión:
no tiembla, está asentado para siempre.
Jerusalén está rodeada de montañas,
y el Señor rodea a su pueblo ahora y por siempre.
No pesará el cetro de los malvados sobre el lote de los justos,
no sea que los justos extiendan su mano a la maldad.
Señor, concede bienes a los buenos, a los sinceros de corazón;
y a los que se desvían por sendas tortuosas,
que los rechace el Señor con los malhechores.
¡Paz a Israel!
PERSEVERANCIA
«Los que confían en el Señor son como el monte Sión: no tiembla, está asentado para
siempre».
La vista de una montaña siempre me alegra el alma. Adivino que será porque la montaña
representa solidez, aguante, perseverancia, y yo necesito esa cualidad en mi vida. Una
montaña sobre el horizonte es lo que yo querría ser en mis ideas y en mi conducta: firme y
constante. Por eso me gusta sentarme sobre rocas y contemplar la cumbre de piedra que se
alza frente a mí: esa postura y esa larga mirada es una oración para que la firmeza de la
montaña se comunique a mi vida.
«El monte Sión no tiembla». Yo no puedo decir lo mismo.
Cualquier viento de adversidad me sacude y me derriba. Como también cualquier brisa de
adulación ligera me levanta en el aire, para estrellarme luego con mayor violencia contra el
suelo. Dudo, vacilo, temo. Pierdo el valor y no tengo constancia. Empiezo mil empresas y las
dejo todas a medias. Prometo esfuerzo diario, y lo interrumpo al día siguiente. No puedo
confiar en mí. Y ahora tú, Señor, me señalas el único camino que lleva a la constancia:
confiar en ti. «Los que confían en el Señor son como el monte Sión». La confianza en ti es
mi apoyo y mi fortaleza.
Escucha, Señor, a tu Iglesia, que espera de ti la unidad, la
fuerza y la paz; tú, que dijiste a los discípulos en la tempestad
nocturna «Soy yo, ¡no tengáis miedo!», no permitas que pese
sobre nosotros el cetro de los malvados; en ti confiamos, Señor
Jesús. Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
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SALMO 124 - Ciudad Redonda