Un cuentito
de Silvia Freire
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Una mujer que se llevaba muy mal con su esposo sufre un paro
cardíaco. Casi a punto de morir, un ángel se presenta ante ella para
decirle que, evaluando sus buenas acciones y sus errores no podrá
entrar al cielo; y le propone permitirle estar en la tierra unos días más
hasta lograr cumplir con las buenas acciones que le faltan. La mujer
acepta el trato y se encuentra otra vez en su hogar frente a su esposo.
El hombre no le dirigía la palabra porque hacía tiempo estaban
peleados.
Ella pensó: “Me convendría hacer las paces con este hombre. Está
durmiendo en el sofá, hace tiempo dejé de cocinarle... Él ahora está
planchando su camisa para salir a trabajar… le daré una sorpresa.”
Cuando el hombre se va, ella
empieza a lavar y planchar toda la
ropa de él. Prepara una rica comida,
pone flores en la mesa con unos
candelabros, y un cartel en el sofá
que dice:
“Quizá estés más cómodo durmiendo
en la cama que fue nuestra. Esa cama
donde el amor concibió a los hijos
que me diste, donde tantas noches
los abrazos cubrieron nuestros
temores y sentimos la protección y la
compañía del otro. Ese amor, aún
con vida, nos espera en esa cama; si
pudieras perdonar todos mis errores,
allí nos encontraremos.
Tu esposa.”
Cuando terminó de escribir el último renglón “…si pudieras perdonar todos mis
errores”… pensó: “Me he vuelto loca! Todavía voy a pedirle perdón?! Él fue
quién empezó a venir enojado de la calle cuando lo echaron de la fábrica y no
conseguía trabajo. Yo tenía que arreglarme con los pocos ahorros que teníamos
haciendo malabares, y todavía tenía que soportar su ceño fruncido. Él empezó a
tomar, aplastado en el sillón, exigiendo silencio a los pobres niños que sólo
querían jugar. Él empezó a gritarme cuando yo le decía que así no podíamos
seguir, que yo necesitaba dinero para mis hijos. Él lo arruinó todo; y ahora yo
tengo que pedirle perdón?!”
Enfurecida rompió la carta y escuchó la voz del ángel que decía: “Recuerda:
algunas buenas acciones y alcanzarás el cielo, de lo contrario arderás
eternamente en el infierno”.
La mujer pensó: -Valdrá la pena- y rehízo la carta agregando aún más palabras
cariñosas: … “No supe comprender nada entonces, no supe ver tu preocupación
al quedarte sin empleo, luego de tantos años con un sueldo seguro en esa
fábrica! Debiste haber sentido tanto miedo! Ahora recuerdo tus sueños de
“cuando me jubile haremos…” Cuántas cosas querías hacer al jubilarte!
Pude haberte impulsado a que las hicieras en lugar de obligarte a aceptar estar
todo el día sentado en ese taxi.
Ahora recuerdo aquella noche de
locura cuando prendí fuego todas las
telas de los cuadros que pintabas. En
ese momento me enfurecía verte allí,
encerrado en el galpón, gastando
nuestro dinero en pomos de pintura
para nada. Debí haberte impulsado a
venderlos. Eran realmente hermosos!
Estaba desesperada, yo también me
sentía segura con el sueldo de la
fábrica y no supe ver tu dolor, tu
miedo, tu agonía.
Por favor perdóname mi amor. Te
prometo que todo será diferente.
Te amo. Tu esposa”
Cuando el marido regresó del trabajo, ya al abrir la puerta notó algo
distinto; el olor a comida, las velas en la mesa, su música favorita sonando
suavemente y la nota en el sofá.
Cuando la mujer salió de la cocina con la fuente en la mano lo encontró
tirado en el sillón llorando como un niño. Dejó la fuente, corrió a abrazarlo y
no necesitaron decirse nada, lloraron juntos, el la alzó en sus brazos y la
llevó hasta la cama; hicieron el amor con la misma pasión del primer día.
Luego comieron la exquisita comida que ella había preparado mientras
recordaban anécdotas graciosas de los niños haciendo travesuras en la casa.
Él la ayudó a levantar la mesa como lo hacía antes, y mientras ella lavaba los
platos, vió por la ventana de la cocina que en el jardín estaba el ángel. Salió
llorando y le dijo: - Por favor ángel, intercede por mí. No quiero dejar solo a
este hombre en este día. Necesito un tiempo más para poder impulsarlo
con sus cuadros. Te prometo que en poco tiempo, él estará feliz, seguro; y
ahí si podré ir adonde me lleves.-
El ángel contestó: -No tengo que llevarte a ningún lado, Mujer. Ya estás en el
cielo, te lo has ganado. Recuerda el infierno donde has vivido y nunca olvides
que el cielo siempre está al alcance de tu mano.
La mujer oyó la voz de su marido que desde la cocina le gritaba: “Mi amor,
hace frío, vení a acostarte, mañana será otro día…”
Si, pensó, definitivamente mañana será otro el día.”
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