Las dos partes que componen
este Salmo corresponden a
otros tantos momentos de una
solemne acción litúrgica.
La primera (vs. 1-7) es un
canto procesional dirigido a la
comunidad para invitarla a
ingresar jubilosamente en la
morada del Señor.
En la segunda parte (vs. 8-11)
se escucha un oráculo del
Señor, que exhorta a Israel a
no imitar la incredulidad y la
rebeldía de sus antepasados
en el desierto.
1. CON ISRAEL
Este salmo era utilizado por los judíos en las ceremonias de renovación de la Alianza.
Mediante dos exhortaciones los levitas, organizadores del culto en el Templo, invitan a
la asamblea a participar activamente en la celebración: "venid, aclamad, gritad... entrad,
prosternaos"... A cada invitación, la muchedumbre responde mediante una fórmula ritual
estereotipada de asentimiento, que comienza por "sí": "sí, el gran Dios, es el Señor"...
(La creación) "Sí, él es nuestro Dios"... (la Alianza).
2. CON JESÚS
Jesús quiso revivir el tiempo del desierto, lugar de la prueba, lugar de la tentación y del
desafío a Dios ("Meribá y Masá" Éxodo 17,1-7; Números 20,1 -13). Durante 40 días,
evocando los 40 años de la larga peregrinación en el desierto, Jesús fue tentado. Y las
tres formas concretas de esta tentación eran precisamente las mismas del pueblo de
Israel: la tentación del hambre, la tentación de los ídolos, la tentación de los signos
milagrosos. Un día u otro, son las tentaciones de cualquier hombre
3. CON NUESTRO TIEMPO
La Iglesia nos propone recitar este salmo cada mañana, esto no es mera casualidad. La
invitación a la alegre alabanza del comienzo, es una invitación diaria. La advertencia
severa de resistir a la tentación, es también una invitación positiva: Hoy... todo es posible.
El pasado es pasado... El mal de ayer se acabó. Una nueva jornada comienza.
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque El lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque El es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que El guía.
Ojalá escuchéis hoy su voz:
"No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.
Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
"Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso":
«No entrarán en mi descanso …
Esas son de las palabras más temibles que jamás te he escuchado, Señor. La maldición de las
maldiciones. El rechazo definitivo. La prohibición de entrar en tu descanso. Pienso en la belleza y
la profundidad de la palabra «descanso» cuando se aplica a ti, y comienzo a comprender la
desgracia que será quedar excluido de él.
Ahora he de entrenarme en esta vida para el descanso que me espera en la siguiente. Quiero
entrar ya, en promesa y en espíritu, en el divino descanso que un día ha de ser mío a tu lado.
Quiero aprender a descansar aquí, a relajarme, a encontrarme a gusto, a dominar las prisas, a
evitar tensiones, a vivir en paz. Quiero ir ya reflejando ahora en mi conducta, mi lenguaje, mi
rostro, la esperanza de ese descanso esencial que le traerá a mi alma y a mi cuerpo la felicidad
definitiva en la paz perpetua.
¿Qué es lo que no me deja entrar ya en ese descanso? ¿Qué es lo que te hizo jurar en tu cólera:
«No entrarán en mi descanso? «No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá
en el desierto: cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto
mis obras».
Hazme dócil, Señor. Hazme entender, hazme aceptar, hazme creer. Hazme ver que la manera de
llegar a tu descanso es confiar en ti, fiarme en todo de ti. «¡Ojalá escuchéis hoy su vozl».
Oh Padre, nosotros tu pueblo, no anhelamos la tierra de
Canaán, sino el descanso eterno de tu Reino, inaugurado
por Cristo resucitado: no permitas que endurezcamos el
corazón a tus llamadas, sino ayúdanos para que entremos
un día en la heredad de los elegidos. Por Jesucristo,
nuestro Señor.
Descargar

SALMO 94 - Liturgia de las Horas, Oficio Divino