En aquel país se hablaba mucho, pero a distancia;
…siempre había tierra de por medio.
Eran palabras que sonaban a hueco…
¿Y cómo evitar
aquella sensación
de vacío?
Todos, grandes y pequeños,
tenían algo en común…
… era el afán de
llenarse de cosas.
Pero, en el fondo, nunca estaban
a gusto con lo que tenían.
¿Había algo
“en el fondo”?
“¡Qué
sensación tan
molesta!”,
-dijeron unos-
“Es difícil llegar al
fondo”, -concluyeron
otros.
Y cuando alguien comentaba aquellas
“experiencias profundas”,
la mayoría respondía:
-“¡Ilusiones! No hay más realidad
que el brocal y lo que entra en él.”
Pero hubo alguno que…
¿Valía la pena entrar en su profundidad
aunque fuera a costa de vaciar el brocal?
Sí, aquello, justamente, era su razón de
ser. Allí, en el fondo, se sentía él mismo.
A partir de entonces dejó de
preocuparse por el brocal,
como hacían otros…
…y trató de
aumentar su
profundidad.
El descubrimiento enseguida quedó a
la vista, y cada uno fue reaccionando
a su modo.
La mayoría prefería seguir como estaba.
Algunos, sin embargo,
intentaron la experiencia.
Y aumentaron las sorpresas… cuanta más
agua sacaban, más frescos y renovados
se sentían.
Comprobaron que el agua les unía a todos…
por dentro.
Eso sí, en cada pozo el agua adquiría un
sabor, unas características distintas…
Pero el descubrimiento más sensacional vino
después, al comprobar que el agua que les daba
la vida venía para todos de un mismo lugar:
el manantial estaba
en la gran montaña
que dominaba el
país de los pozos,
cuya presencia
pocos percibían.
La montaña había estado siempre
allí: unas veces apenas visible,
y otras veces, radiante.
Pero a los pozos solo les había
interesado su brocal...
Por: Antonio Botana y Félix López