Hoy también Jesús es
condenado a muerte
¿Cuándo fue la última vez que
condenaste
con tus palabras y comentarios a
una persona?
“El soportaba nuestros sufrimientos
y cargaba con nuestros pecados”
Isaías 53, 4.
Jesús no cargó con su cruz, sino con la mía.
Son mis miserias las que lleva.
¡Gracias Señor, por tu amor silencioso!
La caída de Jesús es una de mis
piedras, de mis zancadillas.
Jesús caído muestra hasta qué punto
se nos parece.
Conoce bien nuestra debilidad.
Estaba junto a la cruz
de su terrible agonía,
su santa madre, María,
dos mujeres que lloraban
y tan sólo Juan estaba
de los doce que tenía.
Y Jesús mirando a Juan,
en ese sangriento día,
le dio por madre a María,
que, para gloria de su nombre
en adelante sería
Madre de Dios y
Madre mía.
En el camino duro y sufriente que Jesús
transitaba hay un gesto suave, de ternura y
compasión.
Es el gesto de esa mujer que más allá de ver
a un hombre desfigurado, ultrajado y
maltratado sabe comprender la necesidad del
cariño.
Hoy podremos entender a Verónica,
en la medida que nos comprometemos
con aquellos que en el camino de la cruz de
hoy necesitan un gesto de amor, de
humanidad.
Y ahora... ¿con qué te hago caer?
Esta caída es otra de mis caídas,
es otra de mis trabas...
Perdón...
...¡Perdón!
No lloren por mi,
lloren, más bien
por ustedes.
Lloren
por sus faltas
de amor,
de ternura,
por sus corazones
endurecidos
...tomaron sus vestiduras...
Tomaron también su túnica...
Jesús desnudo, ha perdido todo.
Lo único que tiene ahora es su cuerpo.
Despojado de todo
se ofrece él mismo.
¿Qué es lo que ofrezco yo?
La cruz y Dios se acollaran
siempre juntito los dos,
como el eco con la voz
y la sombra con la luz;
porque Dios nos da la cruz
pero la cruz nos da a Dios.
Al filo del mediodía
el crimen quedó acabado
dos ladrones de ambos lados
y en el medio el redentor:
era el drama del pecado
vencido por el amor .
Y mientras Jesús llegaba
al natural desenlace,
como si nada pasase,
clamó mirando al gentío:
“Perdónales, Padre mío, porque no
saben lo que hacen”
En el sufrimiento de María,
una tímida voz le recordaba
aquellas palabra que Jesús
había dicho:
“Felices más bien los que escuchan
la Palabra de Dios y la practican”
Sé en Quien he puesto mi esperanza
2 Tim. 1. 12.
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