REALISMO Y NATURALISMO
Lengua castellana y Literatura 2º Bachillerato
POESÍA
Soneto (R. de Campoamor)
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De amor tentado un penitente un día
Con nieve un busto de mujer formaba,
Y el cuerpo al busto con furor juntaba,
Templando el fuego que en su pecho ardía.
Cuanto más con el busto el cuerpo unía,
Mas la nieve con fuego se mezclaba,
Y de aquel santo el corazón se helaba,
Y el busto de mujer se deshacía.
En tus luchas, ¡oh amor de quien reniego!
Siempre se une el invierno y el estío,
Y si uno ama sin fe, quiere otro ciego.
Así te pasa a ti, corazón mío,
Que uniendo ella su nieve con tu fuego,
Por matar de calor, mueres de frío.
NOVELA
Juan Valera
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Defiende el carácter
poético de la novela: “si la
realidad es triste y fea, el
escritor debe mentir para
consuelo de sus lectores”.
Novelas embellecidas y
que analizan la psicología
de los personajes.
Estilo elegante y cuidado.
“Pepita Jiménez”
Pepita Jiménez
Cada vez que se encuentran nuestras miradas, se lanzan en ellas nuestras
almas, y en los rayos que se cruzan, se me figura que se unen y compenetran.
Allí se descubren mil inefables misterios de amor, allí se comunican
sentimientos que por otro medio no llegarían a saberse, y se recitan
poesías que no caben en lengua humana, y se cantan canciones que no
hay voz que exprese ni acordada cítara que module.
Desde el día en que vi a Pepita en el Pozo de la Solana, no he vuelto a
verla a solas. Nada le he dicho ni me ha dicho, y sin embargo nos lo hemos
dicho todo.
Cuando me sustraigo a la fascinación, cuando estoy solo por la noche
en mi aposento, quiero mirar con frialdad el estado en que me hallo, y
veo abierto a mis pies el precipicio en que voy a sumirme, y siento que
me resbalo y que me hundo.
[…] Pepita estaba sola. Al vernos, al saludarnos, nos pusimos los dos colorados. Nos dimos
la mano con timidez, sin decirnos palabra.
Yo no estreché la suya: ella no estrechó la mía; pero las conservamos unidas un breve rato.
En la mirada que Pepita me dirigió nada había de amor, sino de amistad, de simpatía, de
honda tristeza.
Había adivinado toda mi lucha interior: presumía que el amor divino había triunfado en mi
alma; que mi resolución de no amarla era firme e invencible.
No se atrevía a quejarse de mí; no tenía derecho a quejarse de mí; conocía que la razón
estaba de mi parte. Un suspiro, apenas perceptible, que se escapó de sus frescos labios
entreabiertos, manifestó cuánto lo deploraba.
Nuestras manos seguían unidas aún. Ambos mudos. ¿Cómo decirle que yo no era para ella,
ni ella para mí?; ¡Qué importaba separamos para siempre!
Sin embargo, aunque no se lo dije con palabras, se lo dije con los ojos. Mi severa mirada
confirmó sus temores: la persuadió de la irrevocable sentencia.
De pronto se nublaron sus ojos; todo su rostro hermoso, pálido ya de una palidez traslúcida,
se contrajo con una bellísima expresión de melancolía. Parecía la madre de los dolores. Dos
lágrimas brotaron lentamente de sus ojos y empezaron a deslizarse por sus mejillas.
No sé lo que pasó en mí. ¿Ni cómo describirlo, aunque lo supiera?
Acerqué mis labios a su cara para enjugar el llanto, y se unieron nuestras bocas en un beso.
Inefable embriaguez, desmayo fecundo en peligros invadió todo mi ser y el ser de ella. Su
cuerpo desfallecía y la sostuve entre mis brazos.
Quiso el cielo que oyésemos los pasos y la tos del padre vicario que llegaba, y nos
separamos al punto.
Volviendo en mí, y reconcentrando todas las fuerzas de mi voluntad, pude entonces llenar
con estas palabras, que pronuncié en voz baja e intensa, aquella terrible escena silenciosa:
-¡El primero y el último! […]
José María de Pereda
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Ideología tradicionalista.
Exalta el campo y la vida
de las gentes de la
montaña santanderina.
Tesis: toda novedad trae
consigo la corrupción de
la moral y las costumbres.
Peñas arriba (1895)
Peñas arriba
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Roto, despedazado y recogido así el velo que me había ocultado la realidad del
panorama, se destacó limpia y bien determinada la línea de la costa sobre la faja azul
de la mar, y aparecieron las notas difusas de cada paisaje en el ambiente de las
lejanías y en los valles más cercanos: las manchas verdosas de las praderas, los
puntos blancos de sus barriadas, los toques negros de las arboledas, el azul
carminoso de los montes, las líneas plateadas de los caminos reales, las tiras
relucientes de los ríos culebreando por el llano a sus desembocaduras, las sombrías
cuencas de sus cauces entre los repliegues de la montaña... Todos estos detalles, y
otros y otros mil, ordenados y compuestos con arte sobrehumano en medio de un
derroche de luz, tenían por complemento de su grandiosidad y hermosura el
silencio imponente y la augusta soledad de las salvajes alturas de mi observatorio.
Jamás había visto yo porción tan grande de mundo a mis pies, ni me había hallado
tan
cerca de su Creador, ni la contemplación de su obra me había causado tan
hondas y placenteras impresiones. Atribuíalas al nuevo punto de vista, y no sin
racional y juicioso fundamento. Hasta entonces sólo había observado yo la
Naturaleza a la sombra de sus moles, en las angosturas de sus desfiladeros, entre el
vaho de sus cañadas y en la penumbra de sus bosques; todo lo cual pesaba, hasta el
extremo de anonadarle, sobre mi espíritu formado entre la refinada molicie de las
grandes capitales, en cuyas maravillas se ve más el ingenio y la mano de los hombres
que la omnipotencia de Dios; pero en aquel caso podía yo saborear el espectáculo
en más vastas proporciones, en plena luz y sin estorbos; y sin dejar por eso de
conceptuarme gusano por la fuerza del contraste de mi pequeñez con aquella
magnitudes, lo era, al cabo, de las alturas del espacio y no de los suelos cenagosos
de la tierra. Hasta entonces había necesitado el contagio de los fervores de don
Sabas para leer algo en el gran libro de la Naturaleza, y en aquella ocasión le leía yo
solo, de corrido y muy a gusto.
Benito Pérez Galdós
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Máximo representante del
Realismo
77 novelas a través de las que
se puede reconstruir la
sociedad española de finales del
s. XIX
Características de su obra
Obra:
«Episodios nacionales»
«Novelas de la primera época»
(de tesis): Doña Perfecta
«Novelas españolas
contemporáneas»: Fortunata y
Jacinta
«Novelas espirituales»: Tristana
Fortunata y Jacinta
Me ha contado Jacinta que una noche llegó a tal grado su irritación por causa de los celos, de la
curiosidad no satisfecha y de la forzada reserva, que a punto estuvo de estallar y descubrirse, haciendo pedazos
máscara de tranquilidad que ante sus suegros se ponía. Porque la peor de sus mortificaciones era tener que
desempeñar el papel de mujer venturosa y, verse obligada a contribuir con sus risitas a la felicidad de D.
Baldomero y doña Bárbara 'tragándose' el silencio de su amargura. Ya no le quedaba duda de que su mando
entretenía, como se dice ahora, a una mujer, y de estos entretenimientos no tenían ni siquiera sospechas los
bienaventurados papás.
Sabía que la tarasca que le robaba su marido era la misma con quien tuvo amores antes de casarse,
la madre del Pituso muerto, la condenada Fortunata que le había dado tantas jaquecas. Deseaba verla. Pero no;
más valía que no la viera jamás, porque si la veía, de fijo se le iba el santo al Cielo.
La noche a que Jacinta se refería, contando estas cosas, noche tristísima para ella por haber
adquirido recientemente noticias fidedignas de la infidelidad de su marido, hubo en la casa gran regocijo. Aquel
día había entrado en Madrid el Rey Alfonso XII, y D. Baldomero estaba con la Restauración como chiquillo con
zapatos nuevos. Barbarita también reventaba de gozo y decía:
— Pero qué chico más salado y más simpático.
Jacinta tenía que entusiasmarse también, a pesar de aquella procesión que por dentro le andaba, y
poner cara de Pascua a todos los que entraron felicitándose del suceso. [....] Don Alfonso érale antipático,
porque su imagen estaba asociada a la horrible pena que la infeliz sufría. Aquella mañana fue con Barbarita a
casa de Eulalia Muñoz, que vivía en la calle Mayor, a ver la entrada del Rey. Amalia Trujillo la tomó por su cuenta,
y la estuvo adulando antes de darle el gran susto. Hallábanse las dos solas en el balcón de la alcoba de Eulalia, y
ya sonaban los clarines anunciando la proximidad del Rey; cuando Amalia, ¡plum!, le soltó el pistoletazo:
—Tu marido entretiene a una mujer, a una tal Fortunata,, guapísima... de pelo negro. Le ha puesto
una casa muy lujosa, calle tal, número tantos... En Madrid lo sabe todo el mundo, y conviene que tu también lo
sepas.
Quedóse yerta. Cierto que sospechaba; pero la noticia, dada así con tales detalles, como el pelo
negro, el numero de la casa, era un jicarazo tremendo. Desde aquel aciago instante, ya no se enteró de lo que
en la calle ocurría. El Rey pasó, y Jacinta le vio confusa y vagamente, entre la agitación de la multitud y el tururú
de tantas cometas y músicas. Vio que se agitaban pañuelos, y bien pudo suceder que ella agitara el suyo sin
saber lo que hacía...Todo el resto del día estuvo como una sonámbula".
Misericordia
Tenía la Benina voz dulce, modos hasta cierto punto finos y de buena
educación, y su rostro moreno no carecía de cierta gracia interesante
que, manoseada ya por la vejez, era una gracia borrosa y apenas
perceptible. Más de la mitad de la dentadura conservaba. Sus ojos,
grandes y oscuros, apenas tenían el ribete rojo que imponen la edad y
los fríos matinales. Su nariz destilaba menos que las de sus compañeras
de oficio, y sus dedos, rugosos y de abultadas coyunturas, no
terminaban en uñas de cernícalo. Eran sus manos como de lavandera y
aún conservaban hábitos de aseo. Usaba una venda negra bien ceñida
sobre la frente; sobre ella, pañuelo negro, y negros el manto y vestido,
algo mejor apañaditos que los de las otras ancianas. Con este pergeño
y la expresión sentimental y dulce de su rostro, todavía bien
compuesta de líneas, parecía una Santa Rita de Casia que andaba por el
mundo en penitencia. Le faltaban sólo el crucifijo y la llaga en la frente,
si bien podía creerse que hacía las veces de ésta el lobanillo del
tamaño de un garbanzo, redondo, cárdeno, situado como a media
pulgada más arriba del entrecejo.
Leopoldo Alas «Clarín»
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Novelista y crítico teatral
Ideología republicana,
defensor de la libertad de
pensamiento y contrario
al fanatismo tradicional
Muy preocupado por
temas sociales
Obra: La Regenta (1885)
La Regenta
[…] las personas decentes de palcos principales y plateas, que no iban
al teatro a ver la función, sino a mirarse y despellejarse de lejos. En
Vetusta las señoras no quieren las butacas, que, en efecto, no son
dignas de señoras, ni butacas siquiera; sólo se degradan tanto las cursis
y alguna dama de aldea en tiempo de feria. Los pollos elegantes
tampoco frecuentan la sala, o patio, como se llama todavía. Se reparten
por palcos y plateas donde, apenas recatados, fuman, ríen, alborotan,
interrumpen la representación, por ser todo esto de muy buen tono y
fiel imitación de lo que muchos de ellos han visto en algunos teatros
de Madrid. Las mamás desengañadas dormitan en el fondo de los
palcos; las que son o se tienen por dignas de lucirse comparten con las
jóvenes la seria ocupación de ostentar sus encantos y sus vestidos
obscuros mientras con los ojos y la lengua cortan los de las demás. En
opinión de la dama vetustense, en general, el arte dramático es un
pretexto para pasar tres horas cada dos noches observando los trapos
y los trapicheos de sus vecinas y amigas. No oyen, ni ven ni entienden
lo que pasa en el escenario; únicamente cuando los cómicos hacen
mucho ruido, bien con armas de fuego, o con una de esas anagnórisis
en que todos resultan padres e hijos de todos y enamorados de sus
parientes más cercanos, con los consiguientes alaridos, sólo entonces
vuelve la cabeza la buena dama de Vetusta, para ver si ha ocurrido allá
dentro alguna catástrofe de verdad.
EL TEATRO
REALISTA
EL NATURALISMO
EMILIA PARDO
BAZÁN
-
Narradora y crítica
literaria
-
Introductora del
Naturalismo en España
(«La cuestión
palpitante»)
-
Rechaza el
determinismo
-
Principal obra: Los pazos
de Ulloa
Los pazos de Ulloa
Apartó la muchacha a un lado el botín, y fue colocando platos de peltre, cubiertos de
antigua y maciza plata, un mollete enorme en el centro de la mesa y un jarro de vino
proporcionado al pan; luego se dio prisa a revolver y destapar tarteras, y tomó del vasar una
sopera magna.
De nuevo le increpó, airadamente, el marqués:
-¿Y los perros, vamos a ver? ¿Y los perros?
Como si también los perros comprendiesen su derecho a ser atendidos antes que
nadie, acudieron desde el rincón más oscuro, y, olvidando el cansancio, exhalaron famélicos
bostezos, meneando la cola y husmeando con el hocico partido. Julián creyó al pronto que se
había aumentado el número de canes, tres antes y cuatro ahora; pero al entrar el grupo canino
en el círculo de viva luz que proyectaba el fuego, advirtió que lo que tomaba por otro perro no
era sino un rapazuelo de tres o cuatro años, cuyo vestido, compuesto de chaquetón acastañado y
calzones de blanca estopa, podía desde lejos equivocarse con la piel bicolor de los perdigueros,
con quienes parecía vivir el chiquillo en la mejor inteligencia y más estrecha fraternidad. [...]
Lanzaban los perros alaridos entrecortados, de interrogación y deseos, sin atreverse aun a tomar
posesión de la pitanza; a una voz de Primitivo, sumieron de golpe el hocico en ella, oyéndose el
batir de sus apresuradas mandíbulas y el chasqueo de su lengua glotona. El chiquillo gateaba por
entre las patas de los perdigueros, que, convertidos en fieras por el primer impulso del hambre
no saciada todavía, le miraban de reojo, regañando los dientes y exhalando ronquidos
amenazadores; de pronto, la criatura, incitada por el tasajo que sobrenadaba en la cubeta de la
perra Chula, tendió la mano para cogerlo, y la perra, torciendo la cabeza, lanzó una feroz
dentellada, que, por fortuna, sólo alcanzó la manga del chico, obligándole a refugiarse más que de
prisa, asustado y lloriqueando, entre las sayas de la moza, ya ocupada en servir caldo a los
racionales. Julián, que empezaba a descalzarse los guantes, se compadeció del chiquillo, y,
bajándose, le tomó en brazos, pudiendo ver que, a pesar de la mugre, la roña, el miedo y el llanto,
era el más hermoso angelote del mundo.
“La historia gallinácea” (F. y J., B. Pérez Galdós)
Juanito reconoció el número 11 en la puerta de una tienda de aves y huevos.
Por allí se había de entrar sin duda, pisando plumas y aplastando cascarones.
Preguntó a dos mujeres que pelaban gallinas y pollos, y le contestaron,
señalando una mampara, que aquella era la entrada de la escalera del 11. Portal
y tienda eran una misma cosa en aquel edificio característico del Madrid
primitivo. Y entonces se explicó Juanito por qué llevaba muchos días
Estupiñá, pegadas a las botas, plumas de diferentes aves. Las cogía al salir,
como las había cogido él, por más cuidado que tuvo de evitar al paso los sitios
en que había plumas y algo de sangre. Daba dolor ver las anatomías de
aquellos pobres animales, que apenas desplumados eran suspendidos por la
cabeza, conservando la cola como un sarcasmo de su mísero destino. A la
izquierda de la entrada vio el Delfín cajones llenos de huevos, acopio de aquel
comercio. La voracidad del hombre no tiene límites, y sacrifica a su apetito no
sólo las presentes sino las futuras generaciones gallináceas. A la derecha, en la
prolongación de aquella cuadra lóbrega, un sicario manchado de sangre daba
garrote a las aves. Retorcía los pescuezos con esa presteza y donaire que da el
hábito, y apenas soltaba una víctima y la entregaba agonizante a las
desplumadoras, cogía otra para hacerle la misma caricia. Jaulones enormes
había por todas partes, llenos de pollos y gallos, los cuales asomaban la cabeza
roja por entre las cañas, sedientos y fatigados, para respirar un poco de aire, y
aun allí los infelices presos se daban de picotazos por aquello de si tú sacaste
más pico que yo... si ahora me toca a mí sacar todo el pescuezo.
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