Con una gran espontaneidad, el
salmista describe su actitud
humilde y confiada delante de
Dios, fundada en la renuncia a
toda “aspiración desmedida” (v.
1).
Esta
actitud
se
expresa
admirablemente en la imagen
del niño que descansa tranquilo
en los “brazos de su madre” (v.
2).
El versículo final amplía la
perspectiva a todo Israel, para
exhortarlo a tener ese mismo
espíritu
de
humildad
y
confianza en el Señor.
1. CON ISRAEL
Aquí escuchamos a un Israel tranquilo, que renuncia a toda esperanza de grandeza
política y se contenta con ser el pueblo "amado" de Dios. Llega a renunciar hasta
las "maravillas" del tiempo del Éxodo hechas en su favor. Está feliz únicamente con
ser un "niño" amado.
2. CON JESÚS
El misterio de Navidad nos ha familiarizado con el "icono" de la madre y el niño.
Nunca contemplaremos bastante esta imagen. Por más que sea familiar, cotidiana,
universal, nunca es banal, bajo cualquier cielo, en todas las razas, entre ricos y
entre pobres. Un niño en brazos de su madre puede parecer muy natural, ordinario,
quizá profano. Ahora bien, desde que el Hijo de Dios en persona se abandonó en
brazos de María, esta humilde realidad tomó un carácter sagrado: una revelación de
Dios se oculta en este icono.
3. CON NUESTRO TIEMPO
La primera estrofa de este salmo, que expresa la paz deseada, nos invita a ser
realistas. La paz es una especie de conquista. La tranquilidad del alma se construye
por el rechazo de la agitación. Hay que renunciar al "corazón soberbio", a la "mirada
ambiciosa", a las "grandes proezas". Hay que renunciar a las preocupaciones
excesivas, a los deseos perturbadores. Pero la "paz de Dios" no nace de una vida
sin preocupaciones ni dificultades. Nace sobre todo de situaciones destructoras: una
gran decepción, un fracaso, una pérdida, una enfermedad, un duelo…
Señor, mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros;
no pretendo grandezas que superan mi capacidad; sino que acallo y
modero mis deseos, como un niño en brazos de su madre.
Espere Israel en el Señor
ahora y por siempre.
PLEGARIA DEL INTELECTUAL
Demasiadas palabras, Señor, demasiadas ideas. Hasta la oración he traído el peso de mis
razonamientos, la carga irracional de la razón. Tengo el vicio del silogismo, soy esclavo de la
razón y víctima del intelectualismo. Enturbio mis oraciones con mis cálculos y emboto el filo de
mis peticiones con la verborrea de mis discursos. Reconozco mi defecto y quiero volver a la
sencillez y a la inocencia del niño que todavía vive en mí. Eso me da alegría.
«Mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros; no pretendo grandezas que superan mi
capacidad, sino que acallo y modero mis deseos, como un niño en brazos de su madre».
Acallo mis deseos, Señor. Acallo mi mente, mis conceptos, mis conocimientos, mis teorías, mis
elucubraciones. He pensado tanto, tantísimo, en mi vida que del entendimiento que me diste
para encontrarte he hecho un obstáculo que no me deja verte. Me doy por vencido, Señor.
Doma mi razón y refrena mi pensamiento. Acalla mi entendimiento y pacifica mi mente. Acaba
con el ruido de mi alma que no me deja oír tu voz dentro de mí.
Déjame descansar en tus brazos, Señor, como un niño en brazos de su madre. ¡Cuánto me
dice esa imagen! Cierro los ojos, desato los nervios, siento el cálido tacto, el cariño, la
protección, y me quedo dormido en plena sencillez y confianza. Esa es la oración que mayor
bien me hace, Señor.
Oh Dios, que te dignas mirar la bajeza de los
humildes y humillas la altivez de los soberbios;
concédenos el don de la humildad para
configurarnos con tu Hijo que siendo Dios se
anonadó por nosotros. Él, que vive y reina por los
siglos de los siglos. Amén.
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SALMO 130 - Ciudad Redonda