 Este cántico es una súplica al «Señor, Dios del universo» (v.
1). Se encuentra en el libro del Sirácida, un sabio que recogió
sus reflexiones, sus consejos y sus cantos probablemente en
torno al 190-180 a. C. La tradición cristiana llamó «Eclesiástico»
al libro del Sirácida.
+ Los valores propuestos
por esta obra sapiencial
entraron en la educación
cristiana de la época
patrística, sobre todo en el
ámbito
monástico,
convirtiéndose en una
especie de manual de
conducta práctica de los
discípulos de Cristo.
 La invocación del capítulo 36 del Sirácida está estructurada siguiendo
algunas líneas temáticas.
a) Súplica a Dios para que
intervenga en favor de Israel y
contra las naciones extranjeras que
la oprimen. En el pasado, Dios
mostró su santidad castigando las
culpas de su pueblo. Ahora el
orante pide a Dios que muestre su
gloria castigando la prepotencia de
los opresores.
b) La súplica refleja la tradición
orante de Israel y, en realidad, está
llena de reminiscencias bíblicas.
Puede considerarse un modelo de
plegaria, adecuada para los
tiempos de persecución y opresión.
 La primera parte de esta oración comienza con una súplica ardiente
dirigida al Señor para que tenga piedad y mire (cf. v. 1), está llena de
una serie de verbos muy sugestivos: «Ten piedad (...), mira (...), infunde
tu terror (...), alza tu mano (...), muéstrate grande (...), renueva los
prodigios, repite los portentos (...), exalta tu mano, robustece tu brazo
(...)».
+ El Dios de la Biblia no es
indiferente frente al mal. Se pone
de parte de las víctimas y se
presenta como juez severo de los
violentos. Pero su intervención no
está encaminada a la destrucción,
sino a despertar también en la
conciencia del malvado un
sentimiento que lo lleve a la
conversión.
«Sepan,
como
nosotros lo sabemos, que no hay
Dios fuera de ti, Señor» (v. 5).
 La segunda parte del himno no habla ya de los enemigos, sino
que invoca los favores de Dios para Israel, implora su piedad para
el pueblo elegido y para la ciudad santa, Jerusalén. El sueño de un
regreso de todos los desterrados, se convierte en el objeto de la
oración: «Reúne a todas las tribus de Jacob y dales su heredad
como antiguamente» (v. 13).
+
Para
hacer
más
apremiante la oración, el
orante
insiste
en
la
relación que une a Dios
con Israel y con Jerusalén.
Israel es designado como
«el pueblo que lleva tu
nombre»,
«a
quien
nombraste
tu
primogénito»; Jerusalén es
«tu ciudad santa», «lugar
de tu reposo». (v. 15)
 En la Biblia el lamento de los que sufren no desemboca nunca en la
desesperación; al contrario, está siempre abierto a la esperanza. Se
basa en la certeza de que el Señor no abandona a sus hijos; él no deja
que caigan de sus manos los que ha modelado.
Sálvanos, Dios del universo,
infunde tu terror a todas las naciones;
amenaza con tu mano al pueblo extranjero,
para que sienta tu poder.
Como les mostraste tu santidad al castigarnos,
muéstranos así tu gloria castigándolos a ellos:
para que sepan, como nosotros lo sabemos,
que no hay Dios fuera de ti.
Renueva los prodigios, repite los portentos,
exalta tu mano, robustece tu brazo.
Reúne a todas las tribus de Jacob
y dales su heredad como antiguamente.
Ten compasión del pueblo que lleva tu nombre,
de Israel, a quien nombraste tu primogénito;
ten compasión de tu ciudad santa,
de Jerusalén, lugar de tu reposo.
Llena a Sión de tu majestad,
y al templo de tu gloria.
Han pasado muchos siglos desde que esta plegaria se dijo por vez primera,
pero su contenido continúa siendo de gran actualidad. Por eso el Espíritu quiso
que se consignara en las Letras santas para que el pueblo de Dios de todos los
tiempos tuviera un modelo de oración.
Hoy la comunidad cristiana vive también en el mundo como en un destierro, y
muchos creyentes sufren también ante el ambiente de indiferencia religiosa que
amenaza frecuentemente sus más profundas convicciones.
Pidamos, pues, humildemente, con este texto, que el Dios del universo
nos salve, que renueve los prodigios y repita los portentos, para que los
pueblos sepan, como nosotros lo sabemos, que no hay Dios fuera de él;
para que los hombres todos crean en el Padre y en aquel a quien el
Padre ha enviado.
ORACIÓN
Dios de nuestros padres,
danos un corazón sabio e
inteligente para que
percibamos tu Misterio,
sepamos hacer lo que a ti
te agrada y te amemos
con todo nuestro
corazón, con toda
nuestra alma, con todas
nuestras fuerzas. Te lo
pedimos por Jesucristo
nuestro Señor. Amén.
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