► Israel pide al Señor que
repita sus hazañas del pasado
(vs. 10-13) y manifieste su
dominio sobre toda la tierra (v.
19), derrotando a los enemigos
de su Pueblo (vs. 14-18).
► La coalición mencionada en
los vs. 3-6 no se refiere a un
hecho histórico determinado,
sino
que
representa
simbólicamente la constante
oposición de los paganos contra
Israel.
► Esta afirmación se funda en
el carácter artificial de la lista
que enumera a las naciones
coaligadas (vs. 7-9): en ella
aparecen reunidos diez de los
enemigos
tradicionales
de
Israel, pertenecientes a épocas
diversas.
●
El pueblo de la Nueva Alianza, como lo vio Juan en el Apocalipsis,
también se ve rodeado de poderes aliados contra la salvación que Dios
realiza en la historia: pequeños y grandes poderes lo cercan.
●
En tal situación, este pueblo de Dios recuerda la historia de salvación,
las grandes victorias de su Dios, y en ellas aprende a rezar y a confiar.
●
La victoria definitiva que desea el pueblo de Dios no es la destrucción
del enemigo, sino que todos reconozcan y busquen al Señor.
Señor, no te estés callado, en
silencio e inmóvil, oh Dios;
mira que tus enemigos se agitan
y los que te odian levantan la
cabeza;
traman planes contra tu pueblo,
se conjuran contra tus protegidos.
Dicen: "Vamos a aniquilarlos como
nación, que el nombre de Israel no se
pronuncie más".
Están de acuerdo en la conjura, hacen
liga contra ti: los beduinos, idumeos,
ismaelitas, moabitas y agarenos,
Biblos, Amón, Amalec, los filisteos con
los tirios; también los asirios se aliaron
con ellos y prestaron refuerzos a los
hijos de Lot.
Trátalos como a Madián, como a Sísara,
como a Yabín, junto al torrente Quisón:
que fueron aniquilados en Fuendor
y sirvieron de estiércol para el campo.
Trata a sus príncipes como al Cuervo y al
Lobo, a sus capitanes como a Zebá y a
Salmaná, que arengaban: "Conquistemos
las vegas fértiles".
Dios mío, vuélvelos hojarasca, vilanos
frente al vendaval;
como fuego que prende en la maleza,
como incendio que abrasa los montes,
persíguelos así con tu tormenta,
atérralos con tu huracán.
Cúbreles el rostro de ignominia,
para que te busquen a ti, Señor;
abrumados de vergüenza para siempre,
perezcan derrotados;
y reconozcan que te llamas Señor,
que tú eres el Soberano de toda la tierra.
"¡Señor, no estés callado, en silencio e inmóvil, Dios mío."
Tú eres un Dios activo, Señor. Te he visto actuar desde la energía omnipotente de la
creación, cuidando a diario a tu pueblo y haciéndote presente en la tierra con el soplo del
Espíritu. Tú fuiste nube y columna de fuego, tú fuiste viento y tempestad, tú abriste mares
y derrumbaste muros, tú mandase ejércitos y ganaste batallas, tú ungiste a reyes y
gobernaste naciones, tú inspiraste la virtud e hiciste posible el martirio. Tú eras el mayor
poder del mundo, Señor, y los hombres y mujeres lo sabían y lo reconocían con reverente
temor.
En cambio ahora, por el contrario, estás callado. El mundo va por su lado, y tu presencia
no se hace sentir. La gente hace lo que quiere, y las naciones se gobiernan como si tú no
existieras. No se cuenta contigo.
Y cuando pienso en mi propia vida, me encuentro con la misma situación. Hubo un tiempo
en que yo sentía tu presencia y notaba tu poder. Tú me hablabas, me inspirabas, me
guiabas. En cambio, ahora hace mucho ya que estás callado. No oigo tu voz. No siento tu
presencia. Estás ausente de mi vida, y yo sigo, sí, haciendo lo que siempre hacía y
creyendo lo que siempre he creído; pero como por costumbre, por rutina, sin convicción y
sin entusiasmo.
Vuelve a hablar, Señor. Vuelve a ser alguien real y tangible para mí y para todos los que
aman tus caminos. Ocupa el lugar que te pertenece en el mundo que has creado y en mi
corazón, que sigue consagrado a ti.
"Que reconozcan que tú solo, Señor, eres excelso sobre toda la tierra."
Señor, no te estés callado: nuestros enemigos se agitan y quieren que
tu nombre no se pronuncie más, pero tu plan es comunicar la
salvación a todo el mundo, por medio de tu Iglesia; que la
meditación de tus obras antiguas nos dé confianza para no
desfallecer. Por Jesucristo, nuestro Señor.
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SALMO 82 - Ciudad Redonda