+ Este delicado poema es un elogio de la convivencia fraternal, tanto
en la intimidad de la familia como en la comunidad nacional y
religiosa.
+ Las grandes fiestas anuales -cuando toda la comunidad de Israel
se congregaba en el monte Sión- eran la ocasión más propicia para
intensificar los vínculos fraternales entre los miembros del Pueblo
de Dios.
+ De allí la inserción de este Salmo en el grupo de los “Cantos de
peregrinación”.
El salterio nos ofrece este himno litúrgico que canta la hermandad del pueblo elegido.
Hermandad que brota como don de Dios por el hecho de profesar la misma fe, cuyo
fundamento está basado en un acontecimiento salvífico: son testigos de las maravillas
que Dios ha realizado en su favor.
El autor extiende la unción que Dios ha prodigado sobre los sacerdotes de Israel, cuyo
prototipo es Aarón, a todo el pueblo fiel. Resalta así que Israel, todo él, es el ungido de
Yavé. Tal unción lleva consigo la cercanía, protección e intimidad con Dios: «Ved qué
bueno, qué agradable, que vivan los hermanos unidos. Es como un fino ungüento sobre
la cabeza, que baja por la barba, por la barba de Aarón... por el cuello de sus
vestiduras». Es precisamente la vivencia de su proximidad con Dios la que forja la
hermandad de los que suben al Templo para rendirle su culto de adoración.
El
himno, como todos los salmos, sobrepasa lo que podríamos llamar la experiencia
salvífica del pueblo elegido, abriendo las puertas que nos adentran en los tiempos
mesiánicos, en los que la fraternidad que nace del cono-cimiento y adhesión al Salvador,
abarca a los hombres de todos los pueblos.
Así
lo anuncia Jesucristo. Él es el pastor prometido por Yavé a su pueblo,
repetidamente anunciado por los profetas
Ved qué dulzura, qué delicia,
convivir los hermanos unidos.
Es ungüento precioso en la cabeza, que va bajando por la barba,
que baja por la barba de Aarón, hasta la franja de su ornamento.
Es rocío del Hermón, que va bajando sobre el monte Sión.
Porque allí manda el Señor la bendición:
la vida para siempre.
POR LA FAMILIA
La felicidad de un hogar está en que todos los hermanos y hermanas se amen entre sí. Viven
juntos muchos años en casa de sus padres, y allí aprenden a jugar juntos, a reñir unos con
otros, a conocerse unos a otros mejor de lo que nadie más llegará a conocerlos, a
defenderse unos a otros con una lealtad no igualada por ningún otro vínculo sobre la tierra: la
lealtad de miembros unidos de una familia. La sangre habla en el hombre, y hermanos y
hermanas saben que una misma sangre recorre sus venas.
«Ved: qué dulzura, qué delicia, convivir los hermanos unidos».
Y la tristeza que da la experiencia y el realismo que trae la historia nos hacen añadir: «..y
¡qué raro!» Qué raro es que así suceda de hecho. Los lazos más fuertes de la naturaleza
pueden desatarse, y el testimonio de la sangre puede acallarse. El hermano persigue al
hermano, y las páginas de la historia se llenan de sangre fratricida. La paz en el hogar no es
premisa que se pueda dar por descontada, sino noble victoria que ha de lograrse con los
esfuerzos de todos.
Bendiciones muy especiales del Señor aguardan a la feliz familia que consiga la paz. La
fragancia del ungüento y la frescura del rocío significan la suavidad y la nobleza de la vida en
familia. La unión hace la fuerza, y la unión trae la felicidad a la familia cuyos miembros viven
juntos en armonía.
Padre nuestro, Cristo tu Hijo no tiene reparo en llamarnos hermanos;
Nosotros te pedimos que no desaparezca nunca de entre nosotros el amor
mutuo, prenda de tu presencia y tus bendiciones.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
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SALMO 132 - Manantiales