INDOLENTE
Natalia Sosa Ayala
No sé por qué motivos me llaman indolente,
a mí, a la apasionada de las cosas más toscas,
a mí, que siempre ví en las tristezas rosas
y cultivo la vida como un bosque creciente.
¡Me llaman de esa forma porque amo la lluvia
o vigilo el retoño incipiente de un árbol
y me he llenado la casa de perros vagabundos,
amigos que se echan al sol del mediodía,
y de insectos libertos que giran dulcemente
entre Dios y el infinito
de mi vida y de mi muerte!
¿Indolente por hablar a las plantas
y no poner carmín sobre mi boca?
¿Por llamar a las flores ardientes camaradas,
compañeras de un tren donde viajamos
bajo el manto de Dios, sobre su mano?
¡Cómo se atreven a llamar indolencia
a la armonía perfecta que guardo con las cosas
que, como yo, surgieron de una misma semilla!
Indolente sería si viera a Dios lejano
o desterrara de mí la pasión por la vida.
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