++ Las imprecaciones contenidas en esta
súplica -las más violentas de todo el Salterio- han
dado a este Salmo una particular celebridad.
++ Estas imprecaciones se atribuyen generalmente
al salmista, pero hay serias razones para pensar que
él no hace más que repetir, delante del Señor, las
palabras de sus acusadores y perseguidores.
LA oración que nos presenta este israelita fiel expresa la
persecución y el odio que acompaña a todo hombre que desea
vivir su fe en armonía con la palabra que sale de la boca de Yavé:
«Dios de mi alabanza, no te calles, pues una boca malévola y
traicionera se ha abierto contra mí. Me hablan con lengua
mentirosa; y me rodean con palabras de odio, y me combaten sin
motivo.
NOS da la impresión de que este hombre no alberga ninguna esperanza una vez que el
mal activa sobre él todo tipo de violencia... y de que Dios, en quien ha puesto su esperanza
y por quien está padeciendo tanta y tan intolerable opresión, está ausente. Sin embargo,
podremos ver cómo el llanto de nuestro hombre da paso al júbilo. ¡Dios no estaba, en
absoluto, lejos de sus quebrantos y humillaciones!
POR eso su boca se deshace en alabanza y acciones de gracias al comprender que Yavé,
único juez de su corazón, salva su alma de la condena que los jueces -sus enemigos- han
vertido sobre él: «Yo daré gracias al Señor en voz alta».
ES indudable que el autor está profetizando la condena a muerte que el Mesías sufrirá por
parte de los jueces de su pueblo. Condena que Yavé, su Padre, anulará resucitándole de la
muerte.
Lamentación del justo en la persecución
Dios de mi alabanza, no te quedes
callado, porque unos hombres
malvados y mentirosos
han abierto su boca contra mí.
Me han hablado con mentira en los
labios, me han envuelto con palabras
de odio, me combaten sin motivo.
Me acusan, a cambio de mi amor,
aunque yo oraba por ellos.
Me devuelven mal por bien
y odio por amor, diciendo:
Las imprecaciones de sus enemigos
"Que se ponga contra él a un
impío, y tenga un acusador a su
derecha; que salga condenado
del juicio y su apelación quede
frustrada.
Que sean pocos sus días
y que otro ocupe su cargo;
que sus hijos queden
huérfanos, y su mujer, viuda.
Que sus hijos vayan errantes,
pidiendo limosna, y sean
echados de sus casas
derruidas; que el acreedor se
apodere de sus bienes,
y gente extraña le arrebate
sus ganancias.
Que ni uno solo le tenga
piedad, y nadie se
compadezca de sus
huérfanos; que su
posteridad sea
exterminada, y en una
generación desaparezca su
nombre.
Que el Señor recuerde la
culpa de sus padres,
y no borre el pecado de su
madre: que estén siempre
delante del Señor,
y él extirpe su recuerdo de
la tierra.
Porque nunca pensó en
practicar la misericordia, sino
que persiguió hasta la muerte
al pobre, al desvalido y al
hombre atribulado.
Amó la maldición: que recaiga
sobre él; no quiso la bendición:
que se retire de él.
Se revistió de la maldición
como de un manto: ¡que ella
penetre como agua en su
interior y como aceite en sus
huesos; que sea como un
vestido que lo cubra y como un
cinturón que lo ciña para
siempre!".
Réplica y súplica del justo perseguido
Que así retribuya el Señor a mis
acusadores, a aquellos que me
calumnian.
Pero tú, Señor, trátame bien,
por el honor de tu Nombre;
líbrame, por la bondad de tu
misericordia.
Porque yo soy pobre y miserable,
y mi corazón está traspasado;
me desvanezco como sombra que
declina, soy sacudido como la
langosta.
De tanto ayunar se me doblan las
rodillas, y mi cuerpo está débil y
enflaquecido; soy para ellos un ser
despreciable: al verme, mueven la
cabeza.
Ayúdame, Señor, Dios mío,
sálvame por tu misericordia,
para que sepan que aquí está
tu mano, y que tú, Señor,
has hecho esto;
no importa que ellos
maldigan, con tal que tú me
bendigas.
Queden confundidos mis
adversarios, mientras tu
servidor se llena de alegría:
que mis acusadores se
cubran de oprobio,
y la vergüenza los envuelva
como un manto.
Yo daré gracias al Señor en
alta voz, lo alabaré en
medio de la multitud,
porque él se puso de parte
del pobre, para salvarlo de
sus acusadores.
EL ARMA DE LOS POBRES
La gente no entiende las maldiciones, porque la gente no entiende a los pobres. El hombre
abandonado que no tiene dónde acogerse, que sufre sin remedio por el capricho de los ricos y
la opresión de los poderosos, que sabe en su conciencia que es víctima de la injusticia, pero no
encuentra salida a la amargura de sus días y a la agonía de su vida: ¿qué puede hacer?
No tiene poder ninguno, no tiene dinero, no tiene influencia, no tiene medios para ejercer
presión o forzar decisiones como lo hacen hombres de mundo para abrirse paso y conseguir lo
que quieren. No tiene armas para luchar en un mundo en el que todos están armados hasta los
dientes. Su única arma es la palabra. Como miembro del Pueblo de Dios, su palabra, cuando
habla en defensa propia, es la palabra de Dios, porque la defensa de un miembro es la defensa
del Pueblo entero. Y así lanza el arma, carga cada palabra con las desgracias más trágicas que
se le ocurren, y pronuncia la maldición que es advertencia y aviso y amenaza de que Dios hará
lo que dice la maldición si el enemigo no cesa en sus ataques y se retira. La maldición es la
fuerza de disuasión nuclear en una sociedad que creía en el poder de las palabras.
La palabra está cargada de poder. Hace lo que dice. Vuela y descarga. Una vez pronunciada,
no puede ser revocada. La bendición es bendición, y la maldición es maldición, desde el
momento en que sale de los labios del pobre, que es el único que tiene derecho a lanzarla, y
encontrará el blanco, y descargará sobre la cabeza del malvado que persigue al pobre la
explosión de castigo divino, restableciendo así la justicia en un mundo en que ya no se hace
justicia. La maldición es el arma defensiva del hombre que no tiene armas. (…)
«Yo daré gracias al Señor con voz potente, lo alabaré en medio de la multitud: porque se puso a
la derecha del pobre para salvar su vida de sus adversarios».
Dios de ternura y bondad, en Cristo tu Hijo, no se
encontró `pecado, ni engaño en su boca, por eso, tú lo
salvaste de la muerte: júzganos a nosotros justamente
y concédenos la vida eterna. Por Jesucristo, nuestro
Señor.
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SALMO 108 - Ciudad Redonda