● Este salmo es un himno litúrgico
de alabanza y bendición a Dios con
motivo de la fiesta de las Tiendas.
Israel celebra comunitariamente
esta fiesta haciendo memoria de la
presencia amorosa de Yahvé en su
caminar por el desierto, presencia
que alcanza su culmen con la
entrega de la ley en la teofanía del
Sinaí.
El himno tiene dos bloques bien
definidos.
● En el primero se evoca la Palabra
que Yahvé pronunció sobre Israel,
esclavo del Faraón, y que tuvo la
fuerza para arrancarlo de la
opresión y conducirlo a la libertad:
«Oigo un lenguaje desconocido: "He
retirado la carga de sus hombros de
la carga, y sus manos dejaron la
espuerta. Clamaste en la opresión, y
te libré».
● El segundo bloque es una llamada a la
conversión. El pueblo tiene conciencia
de que la nueva esclavitud que pesa
sobre él en Babilonia es debida a su
reticencia a escuchar y obedecer a
Yahvé: «Pero mi pueblo no escuchó mi
voz, Israel no me quiso obedecer.
Entonces los entregué a su corazón
obstinado: ¡Que sigan sus propios
caminos!».
● Dios, siempre atento a los sufrimientos
de sus hijos, Y sensible a todo dolor
humano, no puede resistirse a una súplica
tan profunda y tierna al mismo tiempo; más
aún cuando la súplica nace de la verdad: el
reconocimiento de que el pueblo se ha
puesto de espaldas a Dios. Pues bien, si el
pueblo se ha puesto de espaldas, El se
pondrá de cara al hombre enviándole la
Palabra hecha carne en el Señor Jesús. Ya
no hay que buscar la Palabra en lo alto de
los cielos. Está en medio de nosotros. La
vida está entre nosotros, está a nuestro
alcance.
● Este es el problema fundamental de
muchos hombres de hoy: ir detrás de lo
accesorio desplazando a Dios que está vivo
en la Palabra. No es un problema nuevo. El
príncipe del mal siempre ha tenido sus
ardides
para
meter
su
mentira
mezclándola con medias verdades.
Aclamad a Dios, nuestra fuerza; dad vítores al Dios de Jacob:
acompañad, tocad los panderos, las cítaras templadas y las arpas;
tocad la trompeta por la luna nueva, por la luna llena, que es nuestra fiesta.
Porque es una ley de Israel, un precepto del Dios de Jacob,
una norma establecida por José al salir de Egipto.
Oigo un lenguaje desconocido: "retiré sus hombros de la carga,
y sus manos dejaron la espuerta.
Clamaste en la aflicción, y te libré, te respondí oculto entre los
truenos, te puse a prueba junto a la fuente de Meribá.
Escucha, pueblo mío, doy testimonio contra ti;
¡ojalá me escuchases Israel!
No tendrás un dios extraño, no adorarás un dios extranjero;
yo soy el Señor, Dios tuyo, que saqué del país de Egipto;
abre la boca que te la llene".
Pero mi pueblo no escuchó mi voz, Israel no quiso obedecer:
los entregué a su corazón obstinado,
para que anduviesen según sus antojos.
¡Ojalá me escuchase mi pueblo y caminase Israel por mi camino!:
en un momento humillaría a sus enemigos
y volvería mi mano contra sus adversarios;
Los que aborrecen al Señor te adularían, y su suerte quedaría fijada;
te alimentaría con flor de harina, te saciaría con miel silvestre.
«Yo soy el Señor Dios tuyo, que te saqué del país de Egipto».
Un pueblo que olvida sus orígenes
pierde su identidad. Por eso el gran
mandamiento que Dios da a Israel es:
¡Acuérdate de Egipto! Si os acordáis de
Egipto, os acordaréis del Señor que os
sacó de Egipto, y seréis su pueblo, y él
será vuestro Dios.
Lo que nos hace ser un pueblo es
nuestro origen común en Cristo, nuestra
liberación, nuestra redención, nuestra
salida de Egipto. También nosotros
éramos esclavos, aunque no nos gusta
recordarlo. Damos por supuesta nuestra
independencia y nuestra libertad, el
progreso de la raza humana y tos
avances de la sociedad; todo eso nos
parece normal y como que se nos debe;
nos olvidamos de nuestros orígenes, y
así perdemos los vínculos que nos unen
entre nosotros y con Dios. Nos hemos
olvidado de Egipto y hemos dejado de
ser un pueblo.
Dame, Señor, la gracia de la memoria.
Hazme recordar lo que he sido y lo
que he llegado a ser por tu gracia.
Haz que tenga siempre ante los ojos
la pobreza de mi condición y el
esplendor de tu redención. Tú
rompiste mis cadenas, tú subyugaste
mis pasiones, tú curaste mis heridas,
tú restauraste mi confianza. Tú me
diste una nueva vida, Señor, y esa
nueva vida se expresa en la nueva
identidad que tengo como miembro de
tu pueblo escogido. También yo he
salido de Egipto, y no he salido solo,
sino en compañía de una alegre
multitud que festejaba la misma
liberación, porque todos habían
estado bajo el mismo yugo.
Dios, fuerza nuestra, tu palabra nos juzga, pues nos acusa y
revela nuestras maldades: adoramos dioses extraños, no queremos
obedecer, andamos según nuesros antojos, nuestro corazon es
ostinado: cambia nuestro corazón de piedara por un corazón de
carne, a fin de que alcancemos un día la gloria que nos has
prometido.
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SALMO 80