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Victoria Díez nos “habla”…
“Todo empezó aquel día de una
primavera sevillana.
En el cielo el sol lucía sin nubes,
sereno y divertido por el vuelo
incesante de los pájaros.
En mi corazón se hacía Silencio y, sin palabras,
escuché su Voz.
A partir de aquel
día mi vivir fue
Cristo y la muerte
se hizo para mí
ganancia. Le supe
crucificado y con
Él me hice Crucifijo
viviente entre los
hombres mis
hermanos.
Mas no creas que todo se realizó en
un instante.
Como el vino en la bodega, que
primero ha de ser triturado, hecho
mosto, fermentado y reposado
durante largos años, mi vida fue una
sucesión de instantes eternos en
los que puedo decir que
continuamente busqué su Rostro y
que nunca le volví el mío.
Jesús supo siempre
que yo, con risa o
con llanto, le
reservaba el primer
puesto en mi
corazón, aunque
muchas veces –de
ello estoy seguratuvo que sentir celos
de mis hermanos
más pobres y
pequeños.
Mas, ¿por qué pienso
tal cosa cuando Él
mismo dijo: “Lo que
hagáis a uno de
estos a Mí me lo
hacéis”?
Sí, es cierto que busqué sus
amores por montes y riberas,
que ni cogí las flores ni temí a
la fieras y que atravesé ¡tantos
fuertes y tantas fronteras ...!
¡Quién lo iba a decir de mí, de
mí que era tan poquita cosa!
Pero Él me dio su Fortaleza y trocó
en Poder de Dios mi debilidad
y en Luz del mundo mi
insignificancia
Tan sólo me pidió que me entregase entera, que le
dejase hacer en mí cuanto Él soñaba.
¡Y qué magnífico cuadro pintó con los
pobres colores que le ofrecí!
Un paisaje digno de tal artista, lleno de
flores, de luz, de vida inagotable.
¿Te animas a ponerte así en sus Manos?
Te aseguro que nunca te arrepentirás.
Mi secreto para
mantener el camino lo
encontré en la oración,
ella fue mi única, mi
única fuerza.
A los pies del Sagrario
hallé aliento, luces,
amor ...
Y todo cuanto de Él
recibía -pasando por
mi corazón y mis
manos- se derramaba
incesantemente en
cuantos me rodeaban.
Se preguntaban por mí
y yo había de decirles
que era Él.
Resolví no mirarme a mí misma ¡Era tan débil!
Intuí que sólo debía mirarle a Él, fiarme de Él,
dejarme hacer por Él.
Y te aseguro que no me equivoqué.
Él me sostuvo, Él obró maravillas en mí y a través
de mí.
Por eso hoy me aclaman innumerables gentes de
todos los rincones de la tierra.
Mi vida fue muy
sencilla, no hice
nada
extraordinario,
pero sí es cierto
que procuré por
cuantos medios
estaban a mi
alcance reflejar
en mí y en mi
vida los rasgos
de Aquel que
llenaba mi
corazón.
Si lo logré o no lo ignoro,
pero estoy cierta de que Él
ha colmado con creces
todas mis esperanzas
Yo me confundí con el común de las gentes, me
hice -como Jesús- uno de tantos, una mujer
como tantas otras en el mundo … pero su Fuego
quemaba mis entrañas y abrasó cuanto tocaron
mis manos.
Como la sal, me deshice cada día en el
silencio de lo cotidiano … y ¡cómo notaron
su Sabor cuantos a mí se acercaron!
Fui rigurosa, dura, inquebrantable conmigo misma
para poder ser tierna, blanda, dulce, amable,
benigna y cariñosa con los demás.
Nadie que estuviese
cerca pudo notar
nada extraño en mí,
pero si hubiesen
mirado con más
atención habrían
adivinado cuánta
negación de mí
misma me fue
necesaria para
mostrarme siempre
tan naturalmente
alegre y desprendida.
Hice de mí misma un don cotidiano para
cuantos tenía cerca.
En mi escuela -y fuera de ella- enseñaba sin
descanso, educando -al estilo de Poveda- en el
“humanismo verdad”; había empeñado mi vida
en la construcción de un mundo más justo, más
humano porque más lleno del amor de Dios.
Así encarné en mí
el carisma
de la Institución Teresiana,
¡mi gran familia!
Al fin del mundo hubiese ido con tal de
cumplir su voluntad y darle la mayor gloria,
cuanto más a Cheles u Hornachuelos
Me sentía revestida de la fuerza de lo alto,
dispuesta a todo con tal de cumplir su Voluntad
y ser así el torpe instrumento del que Él se valiese
para lograr sus Sueños de Amor.
Me gustaba pintar y
tocar las castañuelas.
Y reía con
todas mis
ganas, era
inmensamente
feliz.
Una profunda
alegría
embargaba mi
corazón,
donde sólo Él
reinaba.
Y esta alegría se desbordaba
haciendo felices a cuantos me
rodeaban.
Aunque también muchas
veces el dolor empañó
mis ojos, pero entonces
me bastaba mirarle a Él en
la Cruz para entender y
aceptar todo cuanto
ocurría y para vivir como
Él lo hizo.
Estaba convencida de que, al igual que la luz de una casa
se trasluce al exterior por sus ventanas, si yo vivía unida a
Él, amándole a Él, de Él y para Él, Él sería el que se
transparentase a través de mí tanto en el dolor como en la
alegría, en los sucesos buenos como en los malos.
Ya no era yo,
era Él
quien vivía
en mí.
Por eso fue lógico el final. Yo le había dicho:
“Pídeme precio por la salvación de este
pueblo”. Y Él me tomó la palabra.
Si yo vivía como Él
¿de qué otro modo podía terminar mi vida
sino como terminó la suya?
Tanto más cuanto que los tiempos que corrían
no propiciaban buenos augurios para sus
amigos.
Yo le permanecí fiel hasta el final y animé
con las palabras de Esteban a los que
conmigo recorrieron el calvario:
“¡No temáis!
Nos espera el premio.
Veo el cielo abierto.”
Y todo terminó en una sierra cordobesa,
cuando agosto granaba los trigos y los
segadores hacían sus gavillas.
Pero aquel no fue el fin, sino el
principio.
“Si el grano de trigo no muere no
produce fruto, pero si muere ...”
Ahora sé que escogí la mejor parte,
que el amor triunfa más allá de la muerte,
que sólo el amor plenifica y da sentido a una vida
Que ya puedo dar mi cuerpo a las llamas y repartir
cuanto tengo entre los pobres; que ya puedo deslumbrar
con mi sabiduría a los sabios y entendidos de este
mundo o conocer todos los misterios; que ya puedo
hablar las lenguas de los ángeles o trasladar montañas,
si no tengo amor no soy nada.
Yo hallé al que amaba mi
alma, le así y no lo he dejado
jamás.
Deseo que tal te suceda en los caminos
que Él ha soñado amorosamente para ti.
Institución Teresiana
Así podría habernos contado su vida
Victoria Díez …
11-Noviembre-1903
12-Agosto-1936
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