Con la parábola de las 10 vírgenes se nos invita a estar preparados
para cuando Dios nos llame a su presencia.
En tiempos de Jesús, un cortejo
de jóvenes acompañaba a la novia
hasta la casa del novio llevando candelas.
En este relato el novio demora la fiesta;
la luz se hace aún más necesaria,
esa luz cuyo mantenimiento
era su responsabilidad.
No sabiendo cuándo se presentaría
el esposo, algunas se proveyeron
de aceite: su prudencia les permitió
introducirse en la fiesta.
Las bodas es la entrada al Reino de Dios; el novio es Cristo que viene.
las diez vírgenes simbolizan a las almas.
El número diez, pudiera indicar
la totalidad de los hombres.
Ello quiere decir que el reino de Dios
comprende necios y prudentes.
Unos se aprestan para el advenimiento
de Jesús, otros no.
Cinco son prudentes y cinco necias. Toda alma que vive en un cuerpo se asocia
al número cinco, porque se sirve de los cincos sentidos.
Fueron y entraron las cinco prudentes. (San Agustín)
La llegada de repente, es la venida imprevisible de Cristo como Juez.
la admisión o rechazo de las jóvenes, es la sentencia de admisión al banquete
o condena en el juicio final. La parábola termina con esta enseñanza:
“Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora” (Mateo 25,1-13 ).
1 "Entonces el reino de los cielos será
semejante a diez vírgenes que tomando
sus lámparas, salieron a recibir al esposo."
El novio, que se refiere a Cristo es una imagen
que mucho se encuentra dentro de la Escritura
y en los escritos de los Santos Padres
porque Él desea que encontremos nuestra vida
en Él y que a través de la comunión con Él,
descubramos una forma totalmente renovada
y divino de la vida.
La virtud se demuestra en el seguir sus mandamientos, y por eso las 10 vírgenes
llevan las lámparas que buscan a Cristo a través de la forma de vida que se empeñan en seguir.
"Ahora, cinco de ellas eran prudentes
y cinco insensatas.“
Sin embargo, no todas estas vírgenes consagradas
eran sabias.
La sabiduría se podría definir como la capacidad
de juzgar y obrar conforme a la verdad
y a la voluntad de Dios.
La Sagrada Escritura presenta al hombre sabio
como aquel que ama y busca la verdad
(Si. 14, 20-27).
No es, por tanto, la sabiduría la suma
de conocimientos científicos por muy amplios,
técnicos y diversificados que éstos sean. Más bien,
sabio es aquel que hace propios los pensamientos
de Dios y los deseos de su voluntad.
Sabio es el que posee un conocimiento experiencia del amor de Dios y,
a la luz de este amor, juzga todo el acontecer humano; juzga la propia vida
y las propias decisiones y obra en consecuencia.
"Las insensatas, tomando sus lámparas,
no llevaron aceite consigo,
pero las prudentes tomaron aceite
en sus vasijas con sus lámparas."
Esta falta de dedicación puede ser visto
especialmente cuando "no tenemos aceite
en nuestras lámparas".
Si tenemos la lámpara, es decir,
el medio para la vida cristiana a mano,
la vida de oración y lectura espiritual,
la participación en los sacramentos,
el asesoramiento de nuestro padre espiritual,
pero no hacemos nada al respecto nuestras
lámparas "están vacías de aceite".
La virgen sabia, es cuando se adopta de forma comprometida y dedicada,
el patrón de vida que la Iglesia nos propone. Un cristiano debe ser feliz,
no sólo por lo que tiene, sino también por lo que "espera".
El Señor nos dice que no basta con que conservemos la fe en Dios
si no se mantienen todas nuestras esperanzas en él.
5 "Pero mientras que el novio tardaba, cabecearon todas y se durmieron".
Esto representa el mundo actual. Debido al pecado y nuestra incapacidad general para percibir
a Cristo con claridad en este mundo. Las vírgenes insensatas no son conscientes de Cristo
a causa de su letargo y eso les causa indiferencia.
"Y a la medianoche se oyó un grito:“
¡He aquí que viene el esposo, salid a cumplir".
Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron
y arreglaron sus lámparas".
Efectivamente entonces, al igual que Cristo
promete, Él volverá un día.
Habrá un juicio según lo que hemos hecho
y dedicado, se verá si nuestras lámparas están
encendidas porque contienen aceite, o están
apagadas por el descuido debido a la indiferencia.
"Y las insensatas dijeron a las prudentes:" Dadnos de vuestro aceite, porque nuestras lámparas
se apagan. 9 Mas las prudentes respondieron, diciendo: "No, no sea que no debería ser suficiente
para nosotros y para vosotros, sino que van más bien a los que venden, y comprad para vosotras."
Estos son los versos más desconcertante de esta
parábola. Casi suena como si las vírgenes
prudentes no se preocupen por la imprudente.
¿Cómo puede ser esto, cuando el Señor nos manda
a ser misericordioso con todos? ¿Cómo podríamos
decir que tal comportamiento por parte
de las vírgenes prudentes es virtuoso?
La respuesta entonces es que el aceite es algo que
sólo podemos alcanzar, aunque a través de Cristo.
No lo podemos conseguir de otra persona
como una mercancía.
Y esto es debido a que el aceite representa la gracia del Espíritu Santo, que ilumina a la persona
que se entrega al Señor. Se trata de una actitud interior, personal, intransferible.
No se puede pedir otro “dame un poco de tu fe, de tu justicia, de tu verdad, de tu pobreza,
de tu amor”. Cada uno ha de cuidar su propia lámpara.
"Id más bien a los que venden y comprad
para vosotras mismas", es decir, ir a la Iglesia,
al sacerdote para pedirle consejo y ayuda
para su vida en Cristo.
Ir a la Escritura y lectura espiritual.
Y, por supuesto, ir, acercarse a los sacramentos,
confesarse y recibir la Sagrada Eucaristía,
y de esta manera, "comprar" u obtener
por sí mismo la gracia del Espíritu Santo
que guía a la persona hacia Cristo y su reino.
En los primeros años de la era cristiana al bautizado se le llamaba también “iluminado”:
aquel que había sido iluminado con la luz de Cristo.
Aquel que había pasado de las tinieblas del pecado a la luz admirable del amor
de Dios. Era como una lámpara cuya luz debía alumbrar a todos los de la casa.
También nosotros tenemos la obligación de vivir con la lámpara encendida.
Tenemos la gran ocasión de iluminar a este mundo que se bate entre tinieblas,
de ayudar a tantos hermanos que no conocen a Cristo o lo conocen sólo de oídas,
pero no han hecho experiencia de su amor.
"Y mientras ellas iban a comprar, llegó el novio, y las que estaban preparadas entraron con él
a la boda, y se cerró la puerta. “Después las otras vírgenes también vino, diciendo:
'Señor, Señor, ábrenos!” Pero él respondió y dijo:
De cierto os digo, que yo no te conozco."
Entonces la puerta se cerró, no porque Cristo
no tiene piedad de la humanidad pecadora.
Sino porque el que vive una vida sin Cristo,
este resulta luego un extraño y se corre el riesgo
de escuchar esas terribles palabras:
"Yo no te conozco", es decir,
que Él ciertamente sabe el verdadero estado
del corazón de cada uno, quien no le quería
en su vida y quien no le consideraba
un esposo amado.
"Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora
en que el Hijo del Hombre ha de venir."
El cristiano sabio es el que está atento
y ve todas las cosas con los ojos de la fe,
el que orienta su vida desde la perspectiva
de Cristo.
En un mundo que sabe poco de esperanza,
los cristianos, que amamos a quien está por venir,
tenemos una misión que cumplir: llenar de luz
la noche hasta que llegue el día del Señor.
Pidámosle hoy a María, que nos enseñe a ser esa luz que el mundo necesita mientras Cristo
llega, pidámosle a ella que nos ayude a amarlo cada vez más, para "esperar“
preparados su venida.
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