En medio de una
obstinada persecución
(vs. 4, 7) y sin esperanzas
de encontrar una ayuda
en los hombres (v. 5), el
salmista invoca
angustiosamente al
Señor (vs. 2, 7), que es su
único refugio (v. 6).
Confiado en su pronta
liberación, promete
reconocer públicamente
los favores recibidos de
Dios, para alegría y
edificación de los justos
(v. 8).
David cayó en desgracia a los ojos de Saúl, tuvo que huir y buscar refugio en las cuevas del
desierto de Judea. No le cabe en su mente que se le pague con el mal ante el bien que ha
hecho; de ahí su grito clamoroso: «¡A voz en grito imploro al Señor!».
La experiencia trágica de David es un
anuncio profético del Mesías cuya vida fue
atrapada por el lazo de la muerte. El príncipe
de la mentira y del mal sedujo con sus artes a
los sumos sacerdotes, fariseos, escribas y
hasta todo el pueblo para arrancar su vida.
Jesucristo previene a sus discípulos, de
entonces y de siempre, advirtiéndoles de que
la misión a la que El les envía no va a ser
aplaudida ni reconocida. Esto por la simple
razón de que la mentira y su príncipe nunca
van a aplaudir ni reconocer la verdad. Es
más, les anuncia que la persecución y el odio
que ha caído sobre sus espaldas, también les
alcanzará a ellos: «Si el mundo os odia,
sabed que a mí me ha odiado antes que a
vosotros...» (Jn 15,18-20).
A voz en grito clamo al Señor,
a voz en grito suplico al Señor;
desahogo ante El mis afanes,
expongo ante El mi angustia,
mientras me va faltando el aliento.
Pero tú conoces mis senderos,
y que en el camino por donde avanzo
me han escondido una trampa.
Mira a la derecha, fíjate:
nadie me hace caso;
no tengo adónde huir,
nadie mira por mi vida.
A ti grito, Señor; te digo: "Tú eres mi refugio
y mi lote en el país de la vida".
Atiende a mis clamores,
que estoy agotado;
líbrame de mis perseguidores,
que son más fuertes que yo.
Sácame de la prisión,
y daré gracias a tu nombre:
me rodearán los justos
cuando me devuelvas tu favor.
A VOZ EN GRITO
He rezado en mi mente y he rezado en el grupo; he rezado en silencio y he rezado en voz
baja. Hoy levanto el tono y rezo a voz en grito. Quiero probar todos los modos de
acercarme a ti, Señor, según me llevan mis sentimientos y me inspira la presencia de mis
hermanos. Y no hago más que usar palabras que tú me pones en los labios, Señor.
«A voz en grito clamo al Señor, a voz en grito suplico al Señor».
Mi grito proclama la urgencia de mi plegaria aun antes de que se distingan sus palabras. No
necesito detallar peticiones o subrayar necesidades. Tú sabes lo que necesito, y no voy a
molestarte con minucias. Lo único que pido es atención. Quiero que escuches mi voz en
presencia de tu pueblo. Y por eso grito. Quiero recordarte que existo. Quiero romper el
silencio de mi timidez con la desvergüenza de mi grito. Que la gente se vuelva y mire. Soy
presa del dolor, y por eso grito. Que mi dolor te llegue en mi grito.
Mi dolor no es sólo el mío, sino el de mis hermanos y hermanas, mis amigos, los pobres y los
oprimidos, todos los que sufren y se inclinan ante el peso de la injusticia y la dureza de la
vida. Mi grito es el grito de la humanidad en pena, millones de voces unidas en una, porque el
sufrimiento nos une a todos en el parentesco del dolor común. Por todos ellos grito con la
sinceridad de mi dolor mientras resuenan sus ecos en este valle de lágrimas.
«A ti grito, Señor; atiende a mis clamores».
Oh Dios, refugio y fortaleza nuestra, ante ti desahogamos
nuestros afanes, exponemos nuestra angustia: Mira, Señor, fíjate
que no tenemos donde huir si nos faltas Tú. Pero en ti nos
refugiamos, nuestro Amparo en el día aciago, con la esperanza de
que, introducidos en el Misterio pascual de Cristo, quebrantarás
la Muerte con un doble quebranto, y a los que en ti creemos nos
asignarás un lote en el país de la vida. Por Jesucristo nuestro
Señor. Amén.
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SALMO 141 - Ciudad Redonda