De la ciudad dorada
he despreciado el oro
y he tomado la greda.
He escuchado el suspiro quejumbroso
de las cosas sencillas:
de un árbol afligido,
de una esquina ignorada,
de una roca maldita,
de un pájaro enojoso,
de una farola triste,
de un batracio impertérrito,
de una plaza escondida,
de lo que pudo ser aquella sombra
que pasó a nuestro lado
humildemente desapercibida.
Pasa el agua debajo de mis ojos,
como lágrimas turbias se derrama
de descenso a los valles del olvido.
Esta ciudad insomne
me vela soledumbres ancestrales,
quejumbres querendonas
que me manan
por los poros de piedra…
Siguen las catedrales
atusándose torres en mi espejo
pidiendo con pañuelos de cigüeña
el indulto del toro que me guarda
descabezado y fiero…
Tiembla en brazos del viento que me hostiga,
que hace trizas los sueños de mendigos
durmiendo entre mis párpados
rotos de mirar tanto…
Nadie se atreve a profanar mi seno
hundido en la ceguera retorcida,
y mi única pupila abierta al mundo
no alcanza a ver el rostro
de la sola persona que me habita,
que pasa apresurada…
La calle borbotea
como una olla de gente,
vestida de domingos,
hirviendo en las cenizas
del penúltimo invierno…
Olor a polvo sabio y letras viejas
me embriagan la memoria
de antaños reflejados
en las lunas crecientes de los ángulos
de la nostalgia sepia.
Para sentir la música
no hacen falta los ojos.
También es ciego el pájaro
que escribe en mi cabeza melodías,
que me dicta al oído libri septem
sobre mi hombro caído de organista.
Tengo la voz abierta a la sorpresa
del vuelo interrumpido,
placer mudo
en cópula constante con la piedra.
Desde los ultramundos
vuelve la sombra errante
para escribirle versos a las piedras.
Y las piedras le dictan el poema.
Y en el cristal de la ventana helada,
biselada de escarcha
de las seis de la tarde del invierno,
escribió con su dedo tembloroso,
como un niño de vuelta hacia la infancia
el comienzo de los íntimos versos,
los últimos sonetos
que no logró acabar.
La sinrazón me atora
ultrajes que en la lengua se rebelan,
que me añusgan principios de justicia,
y estiro la mirada hasta la vega
fértil huerta apacible
cuajada de torcaces pacifistas.
Debajo de la cruz estoy sentada
abrazando en mi halda al niño muerto
o a la hija redimida
que buscó mi regazo
para enterrar sus lágrimas de menta
su llanto pertinaz de regaliz...
…Encima,
en el tejado
las palomas se arrullan
y se besan procaces en la boca.
Permanezco en medio de la foto
clavado en piedra dura,
alzado por encima del abeto,
asomado a la cúpula
en la que duerme el gallo.
directo al cielo apunto
plenitud vanidosa del que intuye
que jamás va a llegar a poseerlo
por más que medre y crezca.
Esclava soy del cráneo que me inmola
pegado a mis membranas
duras de los ayeres inmovibles
regados por las lluvias de noviembre...
…los cultos me desprecian,
me honran los ignorantes
que no reparan en los ornamentos
que me desdignifican.
Fray Luis sí escucha mi arpa.
Los turistas,
el dedo acusador,
se ciegan con la rana,
me ignoran,
desprecian el glissando de mi alma.
Ni me miran.
Se marchan.
Soledad mía de farola triste
castigada a encender las devociones
del camarín cerrado de una iglesia,
y un callejón umbrío
ciego de ojos sin puertas.
En mis entrañas se alojaron lujos
de placeres en sábanas de raso.
lunas de azúcar del amor y mieles
dulces hasta la noche del ocaso.
Desgarrón en la ingle del embrujo
de la tarde torera del fracaso,
Traje de luces rezumando hieles.
Candados para labios,
hembrillas para machos,
tornillos (dos por uno) para sabios…
Al olor del jabón Heno de Pravia
reviven en la Plaza del Mercado
atunes y merluzas
a sabor sepia de pócimas mágicas.
Ilusiones de miel garrapiñadas
colorines de azúcar como un sueño
brillando en el crujiente celofán,
violetas y bolitas anisadas
haciéndole de agua el paladar…
Sólo sombras me habitan.
Sólo fantasmas pueblan
el patio de butacas
donde hicieron manitas
Plácido y Viridiana
los jueves de milagros…
[email protected]
F.A.M.I. 2009
Música: Serenade In G (Mike Rowland)
Composición inspirada en el libro:
PALABRAS DE PIEDRA
de Mercedes Blanco y Rocío Carril
[email protected]
Versos:
Mercedes Blanco Rodríguez
Rapsoda:
José María Sánchez Terrones
Fotografía:
Sepia: Rocío Carril
Color: Francisco A. Martín
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