En contraposición con
el optimismo nacional del
Salmo 121, esta ardiente
súplica refleja la opresión en
que se encontraban los
israelitas a su vuelta del
exilio babilónico (Neh. 4. 15).
La reconstrucción material y
espiritual de la nación se
realizaba en medio de las
luchas más penosas.
Las bellas imágenes del v. 2
indican
que
sólo
la
protección
divina
podía
ofrecer a los repatriados un
motivo de esperanza.
1. CON ISRAEL
Salmo de Peregrinación o "salmo de Subida", este poema es una joya literaria, cuyo
ritmo verbal está cincelado mediante un juego de repeticiones significativas: los ojos, la
mano, "hacia"... Piedad, hartos despreciados... El pueblo de Israel tenía conciencia de
ser un pueblo de "pequeños", de "pobres", de "oprimidos", de "despreciados". Todo
esto lo dice la palabra hebrea "Anawin" que se traduce ya por "pobre" ya por "humilde".
Lejos de abatirse por esta situación, los judíos se apoyaban en ella para "volverse a
Dios sólo": privados de todo poder político o militar, ellos "volvían los ojos hacia el
cielo".
2. CON JESÚS
Por lo que hace a la trágica súplica de los pobres "hartos de desprecios", Jesús la vivió
y la bebió hasta la última gota: murió entre injurias y burlas, desnudo, expuesto a los
sarcasmos de sus adversarios, crucificado como un esclavo.
3. CON NUESTRO TIEMPO
"Esto es demasiado, estamos hartos de menosprecio de los soberbios". ¡Qué fuerte es
esta expresión de "golpe bajo" de aquellos que se sienten escarnecidos! Podemos orar
con este salmo, en nombre de aquellos cuya dignidad humana es despreciada, en
nombre de los "Derechos Humanos", como se dice hoy, en nombre de los "sin-voz", en
nombre de los que sufren ocultamente porque no tienen los medios de hacerse oír en
este mundo ruidoso.
A ti levanto mis ojos,
a ti que habitas en el cielo.
Como están los ojos de los esclavos fijos en las manos
de sus señores, como están los ojos de la esclava fijos
en las manos de su señora, así están nuestros ojos en el
Señor, Dios nuestro,
esperando su misericordia.
Misericordia, Señor, misericordia, que estamos
saciados de desprecios;
nuestra alma está saciada del sarcasmo de los
satisfechos,
del desprecio de los orgullosos.
LA ORACIÓN DE MIS OJOS
Mis ojos miran hacia arriba, porque, en figura y en descripción humana, tú estás en los
cielos, y los cielos están en lo alto. A lo largo de la rutina del día, llevo de ordinario la
vista baja para ver donde piso, o mirando justo enfrente de mí, no para ver a la gente,
sino para no chocar con ella. Veo gente y tráfico, edificios y habitaciones, libros y
papeles, colores pintados y palabras impresas. Veo mil imágenes en un instante. Al único
a quien no veo es a ti. He abierto los ojos, pero siguen cerrados.
Cuando hablo con la gente, caigo en la cuenta de que mis ojos también hablan. Me
traicionan. Declaran, sin mi permiso, mis gustos y repugnancias, mi interés o mi
aburrimiento, mi placer instantáneo o mi genio enfurecido. Un guiño de los ojos puede
decir más que todo un discurso. Una mirada de amor puede encerrar más afecto que
todo un poema amoroso. Los ojos hablan en silencio, con ternura, con eficacia. Son mis
mejores embajadores
Hoy mis ojos se vuelven hacia ti, Señor. Y eso es oración. Sin palabras, sin
peticiones, sin cantos. Sólo mis ojos vueltos al cielo. Tú sabes leer su lengua y entender
su mensaje. Mirada tierna de fe y entrega, de confianza y amor. Sólo mirarte a ti.
Volver los ojos despacio hacia arriba. Siento que me hace bien. Mis ojos me dicen que
les gusta mirar hacia arriba, y yo les dejo seguir su inclinación, y acompaño la dirección
de su mirada con los deseos de mi alma. También a mi alma le gusta mirar hacia arriba,
Señor.
Desde la mañana, Señor Jesucristo, hemos querido que nuestros
ojos estuviesen levantados hacia ti en todos los momentos de
nuestra jornada; ahora, al llegar al umbral de la noche, te
suplicamos que los ilumines, por tu misericordia, para que podamos
continuar contemplándote en la fe, en medio de la oscuridad de un
mundo satisfecho y orgulloso. Tú, que eres la luz del mundo y vives
y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
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SALMO 122 - Ciudad Redonda