En esta súplica, el salmista pide
al Señor que lo libre del doble
peligro que lo amenaza:
+ la hostilidad de sus enemigos
(v. 9)
+ y la tentación de dejarse
arrastrar por los malos deseos,
imitando la maledicencia y los
excesos de los impíos (vs. 3-4).
Su voluntad de resistir a las
seducciones del mal, incluye
también la buena disposición
para aceptar las advertencias
de los justos, aunque resulten
penosas (v. 5).
+++ El Salterio nos presenta en este poema a un fiel israelita abriendo su
alma hacia Yavé. En un clima de profunda intimidad le brinda su oración,
asemejándola al aroma del incienso que inunda el Templo en las liturgias
celebradas por el pueblo santo: «Señor, te estoy llamando, socórreme
deprisa! ¡Escucha mi voz cuando clamo a ti! ¡Suba mi oración como incienso
en tu presencia, mis manos alzadas como ofrenda de la tarde!».
+++ Nuestro hombre orante es consciente de que el mayor daño que puede
recaer sobre él consiste en que alguien, que dice ser su amigo, susurre a sus
oídos palabras tan gratificantes como engañosas; y que le induzcan al desvío
e, incluso, a la ruptura de su relación con Dios: «Que el ungüento del
malvado no perfume mi cabeza, pues me comprometería en sus maldades».
+++
Jesucristo, el Hijo de Dios, también fue tentado y solicitado
lisonjeramente por el impío. También Satanás intentó derramar «su
ungüento» sobre Él. Recordemos que, una vez bautizado por Juan Bautista,
se retiró al desierto para prepararse a la misión que su Padre le había
encomendado. Al final de su estancia, se le acercó Satanás para tentarle,
aprovechando su debilidad física a causa de su ayuno.
Señor, te estoy llamando, ven de prisa, escucha mi voz cuando te llamo.
Suba mi oración como incienso en tu presencia, el alzar de mis manos
como ofrenda de la tarde.
Coloca, Señor, una guardia en mi boca, un centinela a la puerta de mis labios;
no dejes inclinarse mi corazón a la maldad, a cometer crímenes y delitos;
ni que con los hombres malvados participe en banquetes.
Que el justo me golpee, que el bueno me reprenda,
pero que el ungüento del impío no perfume mi cabeza;
yo seguiré rezando en sus desgracias.
Sus jefes cayeron despeñados, aunque escucharon mis palabras amables;
como una piedra de molino, rota por tierra,
están esparcidos nuestros huesos a la boca de la tumba.
Señor, mis ojos están vueltos a ti, en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido, de la trampa de los malhechores.
ORACIÓN DE LA TARDE
«Suba mi oración como incienso en tu presencia, el alzar de mis manos como ofrenda de la
tarde».
Va oscureciendo, Señor. Ha pasado el día con su cortejo de actividades y reuniones, gente y
trabajo, hablar y escuchar, libros y papeles, decisiones y dudas. Ni siquiera sé bien lo que he
hecho o lo que he dicho, pero el día toca a su fin y quiero ofrecértelo, Señor, tal como ha sido,
antes de cerrar la cuenta y pasar página.
Acepta este día como varilla de incienso que se ha quemado hora a hora en tu presencia,
dejando en las cenizas del pasado la fragancia del presente. Acéptalo como mis manos alzadas
hacia ti, símbolo e instrumento de mis acciones diarias para vivir mi vida y establecer tu Reino.
Acéptalo como ofrenda de la tarde, sacrificio vespertino que celebra en el altar del tiempo la
liturgia de la eternidad. Acéptalo como oración que resume mi fe, mi entrega, mi vida. Acepta al
final del día el humilde homenaje de mi existir humano.
Presento ante ti el día de hoy tal y como ha sido, como yo lo he vivido y como tú lo has visto.
Recógelo con tu mirada y archívalo en los pliegues de tu misericordia. Su recuerdo queda a
salvo en tu eternidad, y yo puedo desprenderme de él con alegre confianza. Aligera mis hombros
de la carga de este día, para que no oprima mi memoria o hiera mi pensamiento. Limpia mi
mente de todo disgusto y toda pena, y que no quede resto ni basura que enturbie mi conciencia.
Acepta, Señor, mi sacrificio vespertino. Haz que cicatricen mis recuerdos y se cierre mi pasado,
para que yo pueda vivir el presente con la plenitud de tu gracia.
Nuestros ojos están vueltos hacia ti, Señor; guárdanos de
los lazos que nos han tendido, no nos dejes caer en la
tentación y haznos participar en la victoria pascual de tu
Hijo; que podamos contemplar cómo nuestro enemigo, el
diablo, ha caído despeñado y sus tentaciones, como una
piedra de molino rota por tierra, han quedado desvanecidas.
Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
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SALMO 140 - Ciudad Redonda