EL VIAJE
DE
PANECILLO
“El Viaje de Panecillo”
No sé si es verdad o lo soñé, el caso es que
cuando lo recuerdo se me pone la miga de punta y la
corteza se me arruga , ¡En fin!. Lo cierto es que mi
historia no es única, eso, me han dicho, pero no por ello
deja de ser fascinante.
Nací como nacen todos, una fría madrugada de
un día cualquiera, entre una paredes calientes y
rodeado de cientos de hermanos y hermanas; blancos,
negros, morenos....
Recuerdo que nada más nacer, me colocaron sobre una gran
mesa y espolvorearon mi cuerpo hasta enfriar mi piel. Al
amanecer, con el primer canto del gallo, una extraña nave se
acercó hasta el “hospital” Sus luces naranjas parpadeaban
frenéticamente, mientras otras de color rojo indicaban el
lugar de embarque. De pronto una inmensa puerta se abrió y
apareció un extraño ser con dos enormes tentáculos que se
aproximaba hasta nosotros.
Sin mediar palabras nos cogió y nos introdujo en una extraña
y profunda cueva recubierta de paredes blancas.
-¡OH no!, .- pensé – este es el fin .
Mis hermanos y hermanas se agolpaban dentro de aquel
extraño lugar y al igual que a mí, les temblaba la miga en
su interior.
_¿Dónde vamos?.- Preguntó Don Pannegro.-No lo sé.- contestó Don Panblanco
-Yo “quiedo” salir de aquí gimoteaba Panecillo
De repente, desde lo más profundo de aquella singular cueva,
se escuchó la risa grave de un extraño ser que se ocultaba
tras la negrura
-¡Ja,Ja,Ja,Ja.! Pobres ignorantes, dentro de poco seréis
destruido y sufriréis las peores torturas que se puedan
imaginar.
-¿Quién anda ahí?. ¿qué significa todo eso que estas
contando?.- replicó Don Pannegro-Soy yo, Panduro, y os digo que tarde o temprano seréis
destruido como lo fueron los demás. Sólo los elegidos
sobreviviremos a tan terribles sufrimientos.
-y ¿cómo llegaste hasta aquí? .- Preguntó Don Panblanco
-¡Lo olvidaron!.- contestó apresuradamente Don
Pannegro,.- “No hay peor vida que ser un olvidado”
-¡Pues yo “quiedo” ser como él, así no sufriré .- gritó
Panecillo
No pretendas ser como él .- le recriminó Don Pannegro.- Su vida no
ha servido para nada, a nadie ha servido su existencia, no ha tenido
utilidad alguna. Nadie lo ha recubierto de mermelada o de queso
tierno, ni lo han calentado cuando estaba frío, ni lo han invitado a
ningún banquete Su piel dorada y crujiente se ha convertido en un
caparazón, nadie lo quiere, nadie lo acaricia y todos, absolutamente
todos, lo repudian. Por eso está aquí olvidad y escondido entre las
sombras de esta cueva
-Tú en cambio.- Prosiguió Pannegro.- tendrás una vida estupenda;
Te espera una mesa limpia, cubierta de mantel blanco y
reluciente. Vivirás rodeado de cubiertos plateados y al lado de
una humeante taza de leche. Las mermeladas se acercarán y te
cubrirán de besos y notarás como tu cuerpo flotará en un mar de
leche y cacao. Serás el ser más feliz de nuestro planeta.
- ¡Tienes razón!- contestó Panduro, entre llantos y sollozos y
dejándose ver ante los demás.- Yo no sirvo para nada, ni los
gusanos me quieren. Acabaré en un cubo de basura maloliente
rodeado de desperdicios. Mi piel que antaño fura y resistente a
los humanos acabará por ser pasto de del moho y la
podredumbre. Mi vida habrá sido un fracaso y desapareceré
sin haber sido útil a nadie.
Soy un pan duro!.- repetía, mientras se ocultaba nuevamente en
las sombras de aquella cueva de papel
Aquella extraña nave de luces naranjas, rojas y
blancas, se paró. De nuevo, el ser extraño se acercó
hasta nosotros y uno a uno nos fue sacando de aquellas
tinieblas para colocarnos en tercer piso de una
estantería de madera. Cuando creyó que ya no quedaba
nadie más en aquel lugar, el extraño ser se encontró con
Panduro. Lo tocó, lo olió y con él en sus manos, encaminó
sus pasos hasta un cercano cubo de goma negra. Antes
de caer, Panduro nos miró con su codo derecho y con un
gesto de resignación, se deslizó por entre los tentáculos
de aquel humano para perderse en las profundidades
negras del maloliente cubo.
Instintivamente, Don Panblanco, tapó los ojos de
panecillos, mientras un trozo de su miga rodaba codo
abajo.
Desde aquella majestuosa atalaya, que era la estantería, pude
percibir un mundo de colores y olores: A mi derecha, dos
estanterías, más abajo y protegidos por una urna de cristal, los
presumidos dulces y las engreídas tartas, nos miraban
burlonamente. Don Merengue se acercaba a Doña Tarta de Fresa y
le susurraba al oído. No acierto a saber si hablaban de nosotros o si,
simplemente hablaban amigablemente. ¡Se les veían felices! A lo
lejos, tres o cuatro calles de aquella extraña ciudad, tintineaban los
botes de refrescos, y sus líquidos esfervesentes corrían por sus
tripas de cristal. Más allá, las mermeladas de fresa, de frambuesa,
albaricoque y de cereza.
Formaban una bellísima comparsa de colores. Así una calle tras otra,
una estantería tras otra, los alimentos, que así supongo que nos
llamaban, a juzgar por un enorme cartel que presidía la entrada a
aquel barrio, esperábamos el momento de ser útiles. Por un
momento me volví en busca de mis recuerdos y me encontré a Don
Panduro, sólo, triste y, abandonado en aquel agujero negro.
El sol ya brillaba tras los cristales y cientos de pisadas iban y
venían. Seres extraños que caminaban sobre dos patas y a lo que
se les oía gritar.
-Me pone medio kilo de esas. ¿A cómo están hoy?
-A 2,20 el kilo
-Pues póngame dos kilos que espero visita..
-¡Cuánto tiempo sin verte!.- Se oía una voz más próxima.
-¡No me hables! , he estado tan mala que ni al médico he podido ir.contestaba la otra voz.
-¡Pues ya es estar mala!.- replicaba la primera.
Y así un y otra voz, inundaban el aire de palabras, de sonidos
ininteligibles, de risas y algún que otro estrepitoso ¡
¡¡¡Bruuuuuuuummmmm!!! de estantería al caer.
Aquellos bípedos seres se acercaban hasta nosotros, y
estirando sus largos tentáculos, enfundados en guantes de plástico,
nos acariciaba, nos hacía cosquillas, nos olían y ¡POR FIN!, nos
escogían o nos rechazaban. En aquella ocasión, los elegidos fuimos
Panecillo y yo.
Atrás quedaron Don Pannegro, y Don Panblanco, Merengue, Tarta de
Fresa y los refrescos. Doña Magdalena se acercó al balcón de su
estante, y agitando su traje de papel, nos decía adiós, mientras la
mermelada de fresa nos guiñaba un ojo al pasar junto a ella. Viajamos
un rato entre lechugas, papas, dos zanahorias y dos extraños objetos
metálicos, fríos y duros en los que se veían dibujados unos extraños
animales con aletas. Panecillo se había colocado entre las lechugas y a mí
me tocó compartir el viaje con la zanahorias.
-Buenos días Señoras zanahorias.- saludé educadamente.-¡Buenos días caballero.- respondieron las dos a coro y con voz de pito
mal afinado.
-¡Qué! ¿De paseo?.- pregunté estúpidamente.
-No, estamos de paso,
-¿de paso? .- pregunté extrañado
-¡Si! , ¡de paso! ,. De paso entre el “súper” y el caldero.contestaron igualmente a coro.
Aquella última respuesta me dejó algo aturdido y confuso,
no entendí el mensaje y decidí no seguir con la
conversación.
Esta vez, el viaje fue más corto que el de la
mañana. En apenas unos minutos, me vi envuelto en una
servilleta de color rosa y puntillas blancas..- algo “cursi”.pensé, y dentro de una cuna de mimbre que parecía haber
sido hecha para mi talla. A mi lado, ¡Bueno!, sobre mí,
colocaron a Panecillo y, aunque yo estaba algo incómodo, a
él le pareció fenomenal ya que, una y otra vez, se
deslizaba por mis codos hasta caer en la mesa.
-¡Yupiiii!.- gritaba feliz mientras se volvía a subir a mi
lomo .- ¡”Ota vez”!, ¡”Ota vez”!- seguía gritando
El reloj de aquella habitación sonó ocho veces: ¡
Ding!, ¡Dong!, ¡ Ding!, ¡Dong!, ……...
Y la cafetera silbó de alegría. Por un momento pensé que Don
Café me estaba “tirando los tejos” ,pero enseguida comprendí
que era a Doña Leche,
que hervía emocionada al lado de él. En un tazón blanco y de
una sola oreja, se casaron Don café y Doña Leche y su
felicidad humeante, llenó aquella habitación
-¡Que bonito!.- exclamó Panecillo- ¡Sí!. ¡Muy bonito.- respondí.
Se les veían felices, danzando dentro del tazón mientras
doña Cucharilla, la “Dama de Honor”, tintineaba entre ellos y
los unía para siempre jamás. Desde lo alto, le arrojaban
terrones de azúcar a los recién casados y en vez de gritarle
“vivan los novios”, le soplaban suavemente para no molestarles.
¡Qué divertido es todo “ eto”.- gritaba Panecillo mientras se
deslizaba nuevamente por mi corteza .
¿Cuándo nos llenan de “mermelada”.- preguntaba con
impaciencia.- a mi me “guta” la de “fambuesa”, “e” tan bonita”
.- Fram-bue-sa., Panecillo. Frambuesa- le corregía.
¡“Gueno”! como se llame.
- A mi la que me gustaba era la de fresa, con sus
tropezones y todo, Siempre sentí predilección por las
fresas..- soñaba en voz alta.
- Aunque estaba convencido que no tendría tanta
suerte. Seguro que me rellenarán de jamón, o me
untarán de mandarina o mantequilla, que para el caso.
Posiblemente me dejarían para el almuerzo y a lo pero
para la merienda o la cena. Me estrujaba la miga
pensando cuando podría inicial el fantástico viaje para
el que estaba predestinado
¿Cuándo
comenzaré el
Gran Viaje?
Aún no había terminado de exponer mis
ideas sobre mi futuro cuando, hizo su
aparición Doña Mermelada de Frambuesa y
Limones. Majestuosa como siempre y con
aires de grandeza que, por otra parte, se
los tenía bien ganados, en definitiva,
¡Una Gran Dama!.
Vestía para la ocasión un bellísimo traje de
cristal transparente y filigranas del mismo
material, que aún no dejando ver su interior,
se mostraba insinuante a los ojos de los
buenos comensales. Preciosamente tocada con
un sombrero circular del que colgaba un
pequeño pañuelo bordado con su nombre y
rematado todo él, por un precioso lazo rojo.
Cucharilla se apoyó en un borde de la taza para
observarla, don Café y doña Leche dejaron de
danzar, y pronto les nació la nata.
¡Que guapa
etá
“Fambuesa!
Como supuse, la mano que no hacía mucho nos
acariciaba y nos hacía cosquilla, cogió a Panecillo. ¡Era el
elegido!. ¡Que suerte tenía!- me repetía con cierta
envidia. ¡Sana..
Lo recubrió con unos cuantos cabellos de Doña
Mermelada de Frambuesa y Limones y , Don Café y
Doña Leche le mojaron brevemente un de sus codos.
Por un momento lo perdí de vista, me quedé embobado
contemplando la singular belleza de “Frambu”, como
decidí llamarla desde entonces, y ya no volvía a ver a
Panecillo.
II La Digestión
Perdí la noción del tiempo, me acurruqué en mi cuna
de mimbre, me abrigué con la servilleta rosa
terminada en puntilla y me dormí.
En la retina de mis diminutos ojos, comenzó a
proyectarse una historia muy extraña. Panecillo
despareció pero a lo lejos oían sus felices
carcajadas. Creí ver a Panecillo introducirse en un
gigantesco parque de atracciones.
Una inmensa puerta guardaba aquel
lugar. Sus barrotes blancos se disponían en
filas, como soldados en perfecta formación. Al
frente de ellos, los incisivos y caninos, cortaban
y desagarraban con suaves cosquilleos el
cuerpo de panecillo mientras en la segunda
línea, los molares se encargaban de triturarlos
La lengua clasificaba a los futuros visitantes
en cuatro grupos diferentes: dulces, amargos,
salados y ácidos. Por fin, antes de pasar, se
les cubría con una extraña y viscosa sustancia
a la que llamaban saliva. Un enorme agujero se
abrió ante los ojos de Panecillo para luego
dar paso a un gigantesco tobogán que parecía
no tener fin.
-¡Yupiiiiii!- gritaba Panecillo mientras se
deslizaba esófago abajo que, se contraía y
estiraba para hacerle más alegre el viaje.
La primera “atracción” duró más bien poco.
A penas en unos segundos. Panecillo se encontraba
nadando en un gran lago de aguas termales al que
desembocaba un líquido ácido que descomponía el
bolo en el que se había convertido. Los líquidos
gástricos, realizaban su trabajo mientras las
paredes de aquel extraño lago a los que los humanos
llamaban estómago, se expandía y contraía al igual
que un castillo de aire. Allí se encontró con Don Café
y Doña Leche. También estaba la hija de ambos;
Natita y los tres, compartían con Panecillo el
subir y bajar de aquel gigantesco lago
.- ¡“Benos” días! Doña Leche.- saludó cortésmente
Panecillo
.- ¡“Benos” días! Don Café-¡ “Benos” días Doña Leche!
-¡ “Benos” días Don Café!
-¡Hola Natita. ¡.-¿ Cómo estas Panecillo?, ¡Qué alegría encontrarte
aquí!.- respondieron al unísono.
Nadaban de un lado a otro mientras conversaban
alegremente y casi sin darse cuenta, se diluían
lentamente entre el subir y el bajar.
De pronto, una inmensa cueva se abrió ante los ojos
incrédulos de Panecillo y la corriente le arrastraba
hacia ella .
-¡ Adioooooos Doña Leche!, ¡A dios Don Café!, ¡Hasta
luego Natitaaaaaaaaaaaa!.- gritaba Panecillo mientras se
adentraba en aquella cueva
Era un inmenso y largo tobogán de seis o siete
metros de largo por treinta centímetros de
ancho.
Al comienzo del recorrido, unas escobas barrían y
recogían las sustancias que Panecillo llevaba en su interior.
Mientras recorría el túnel, panecillo veía a los hidratos de
carbono desprenderse de su cuerpo, como el hierro, las
sales, las vitaminas y los minerales se abrazaban a las
“escobas”, mientras él proseguía su camino por el tobogán
intestinal. A medida que bajaba, más se descomponía
Panecillo. Subía, bajaba, se sentía feliz, se le veía feliz
A dios,
hasta otra
aventura
-¡¡Soy un ser afortunado!!.- gritaba
panecillo, y su voz se repetía como el
eco por todo el parque hasta salir por la
puerta principal.-
En el último tramo del recorrido
Panecillo desapareció. Su última gota de
agua había sido exprimida en el intestino
grueso y con ella su últimos latido
FIN
©José Manuel Curbelo A.
26 de noviembre de 2005
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