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La Biblia nos ofrece el ejemplo de dos personas extraordinarias
que muestran cómo se puede avanzar, con la ayuda de Dios, en
el camino de la fe: Abraham al comienzo de la historia de la
Revelación y, por consiguiente, de la fe, y María, en la plenitud
de los tiempos.
Abraham vino a ser el “padre de todos los
creyentes” (Rm 4, 11). Abraham no ve:
se dirige hacia una tierra que no conoce.
Sigue a Dios, tal como Él quiere y adonde
Él ha determinado. La fe le lleva también a
una actitud de íntimo abandono en Dios.
Abraham sigue con firmeza y perseverancia
las indicaciones divinas, incluso cuando
Dios le manda que sacrifique a Isaac.
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A la plenitud de la Revelación, que se alcanza
en Cristo, corresponde una plenitud en la
respuesta de la fe: se da en María, la Madre
del Redentor.
María acoge, con plena confianza, el anuncio y la promesa que le trae el ángel Gabriel.
Se abandona, como Abraham, en la omnipotencia divina.
María vive constantemente disponible para realizar los planes
divinos. Acompaña fielmente a Jesús durante toda su existencia
terrena y hasta la cruz.
Sólo a quien se siente auténticamente libre, no le molesta ser “esclava”.
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María, “obedeciendo, se convirtió en
causa de la salvación para sí misma
y para todo el género humano” (San
Ireneo, Adversus haereses, III, 22, 4).
Con su fiat, ha cambiado su existencia
personal y la de todos nosotros.
Vemos en ella que la fe es un saber intrínsecamente operativo: lleva
a cambiar el mundo y, con la gracia de Dios, se muestra en obras
que son auténticamente liberadoras, para uno mismo y para los
demás hombres.
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La fe implica un “riesgo”, significa abandonar antiguas seguridades
e implica un cambio radical de conducta. Este cambio es posible
porque el creyente no cuenta sólo con sus propias fuerzas. Se entrega a Dios y pone toda su confianza en Él.
“Entablar diálogo con Dios significa dejarse encantar y conquistar por la figura luminosa de
Jesús revelador y por el amor del Padre que le
ha enviado. Y en esto precisamente consiste la
fe” (Juan Pablo II, Discurso, 16.10.1979).
El creyente quiere conocer y amar cada vez
más a Dios. San Agustín: “nos creaste, Señor,
para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta
que descanse en Ti”.
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1
“El divorcio entre la fe que se profesa y la vida cotidiana
de muchos se ha de contar entre los más graves errores
de nuestro tiempo” (Gaudium et spes, 43).
2
La vida de fe es una vida de amor con Cristo. Su intimidad nos lleva a su imitación. Así, el cristiano es llamado
a expresar su amor a los hombres, en actos de comprensión, solidaridad y servicio abnegado. “La fe obra por
la caridad” (Ga 5, 6).
3
La fe es un acto personal, pero no aislado. Hace que la
persona salga de sí misma y entre en la Iglesia, que es
la gran comunidad de los creyentes. El Dios Uno y
Trino quiere que no sólo digamos creo, sino también
creemos.
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Creo significa que la fe es una opción libre, responsable e
intransferible de cada hombre.
Creemos expresa que nadie puede creer por
sí solo. El hombre no encuentra por sí mismo
la Revelación de Dios, como si se tratara de
un hallazgo que es resultado de su búsqueda
individual, sino que la recibe en el seno de
la comunidad de los creyentes.
CCE 181: “Creer es un acto eclesial. La fe
de la Iglesia precede, engendra, conduce y
alimenta nuestra fe”.
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La Iglesia es Madre porque es a la Iglesia a
la que debemos la vida de la gracia y es ella
la que nos acoge y alimenta en la fe.
Como Madre nuestra es, al mismo tiempo,
maestra de la fe. De ella aprendemos el “lenguaje” cristiano, que tenemos que encarnar y
vivir en nuestras propias experiencias. Éstas
han de juzgarse a la luz de lo que nos han
transmitido los cristianos de todos los tiempos
y lugares, por lo que nos enseña la entera comunidad de los creyentes.
Gracias a la fe, nos unimos a los Apóstoles, a los Padres de la Iglesia, a los misioneros y mártires y a los santos de todos los siglos.
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Nadie se ha dado a sí mismo la fe: cada uno la ha recibido de
quienes han creído antes que él. Asimismo, nadie puede guardar
la fe para sí solo.
Cada uno de los cristianos es un eslabón en la gran cadena de
los creyentes.
Cada uno es sostenido en su fe por
todos aquellos que creen juntamente
con él. Un cristiano solo no es cristiano. Cada uno está necesitado de
la comunidad de los creyentes, y
cada uno es, a su vez, responsable
de esta comunidad.
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Cada cristiano es llamado a ser testigo del amor y de la misericordia
de Dios y a entregar su vida en servicio de los demás. Su modelo
es Cristo, que nos ha revelado el misterio divino más profundo:
Dios es aquel que se entrega sin reservas ni medidas, “hasta el
fin” (Jn 13, 1). Nos invita a hacer lo mismo.
“No hay alma que no interese a Cristo. Cada una de ellas le ha
costado el precio de su sangre” (Amigos de Dios, 256).
Al vivir su fe,
el cristiano no
sólo construye
su propia
existencia,
sino que, al
mismo tiempo, edifica la
comunidad
de los creyentes.
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