MARÍA, MADRE
LA IGLESIA
Visto el lugar que
ocupa María en el
Misterio de Cristo y del
Espíritu Santo,
consideramos ahora
el lugar que ocupa en
la Iglesia.
María, que es Madre
de Cristo, es también
Madre de la Iglesia.
Pablo VI
proclamó a
María como
Madre de la
Iglesia.
Esta unión de
la Madre con el
Hijo, en la obra
salvadora de
Cristo y la
Iglesia, se
manifiesta :
• En el momento de su
concepción virginal.
• En toda su vida como
peregrina fidelísima
de la fe.
Se manifiesta también la
unión con Cristo:
• Especialmente en la
Pasión cuando, desde
la cruz, dijo Jesús:
“Mujer, ahí tienes a
tu hijo, hijo, ahí
tienes a tu Madre”.
• En la naciente Iglesia,
después de la ascensión de Cristo a
los Cielos, es cuando María oró
intensamente por la Iglesia naciente.
La Virgen
Inmaculada,
terminado el
curso de su vida
terrenal, fue
llevada a los
Cielos, para ser
configurada con
Cristo resucitado
y así atender
mejor, desde el
Cielo, las
necesidades de
todos sus hijos.
María es, para toda
la Iglesia, modelo
insuperable de fe
perseverante y de
caridad ardiente.
Colabora, por ello,
a la salvación de los
hombres, como el
Miembro más
eminente y
perfecto.
Por eso la Iglesia la invoca con los títulos de
Abogada, Auxiliadora, Medianera…
Por ser Madre de Dios y Madre de
la Iglesia, a la Virgen se le da
culto de sobreveneración,
esencialmente diferente al
culto que se da a Cristo,
pero superior al culto que se da
a los Ángeles y a los Santos.
El culto a la Santísima Virgen
encuentra su expresión:
A) En muchas fiestas
litúrgicas dedicadas a
la Madre de Dios;
B) en la oración mariana
por excelencia, que es el
rosario,
C) y en una multitud de advocaciones e
instituciones religiosas hechas para
honrar a María.
María es la imagen
perfecta de lo que la
Iglesia está llamada
a realizar en el
Mundo
y
es también el icono de lo
que la Iglesia llegará a ser,
al final de su peregrinar en
el Mundo.
La Santa Madre de
Dios, Nueva Eva,
Madre de la Iglesia,
continúa en el Cielo
EJERCIENDO su
oficio materno
con
todos los Miembros
de la Iglesia de
Cristo.
Decía San Juan
de Ávila:
“Mejor
quiero
estar sin
pelleja
que sin
devoción
a María”
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Diapositiva 1 - Presentaciones del Catecismo