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Este Salmo es una profesión de
fidelidad a la misión que Dios había
confiado
a
David
y
a
sus
descendientes: la de gobernar con
justicia la “Ciudad del Señor” (v. 8).
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Es
difícil
determinar
con
exactitud en qué circunstancias el rey
davídico debía pronunciar estas
palabras.
Probablemente, lo hacía en el
transcurso de una acción litúrgica,
que conmemoraba periódicamente la
institución de la dinastía y la alianza
del Señor con la casa de David.
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La
tradición
cristiana
ha
encontrado en este Salmo el ideal y
el programa de todo gobierno justo.
Voy a cantar la bondad y
para tí es mi música,
voy a explicar el camino
¿cuándo vendrás a
la justicia,
Señor;
perfecto:
mí?
Andaré con rectitud de corazón
dentro de mi casa;
no pondré mis ojos
en intenciones viles.
Aborrezco al que obra mal,
no se juntará conmigo;
lejos de mí el corazón torcido,
no aprobaré al malvado.
Al que en secreto difama a su prójimo
lo haré callar;
ojos engreídos, corazones arrogantes
no los soportaré.
Pongo mis ojos en los que son leales,
ellos vivirán conmigo;
el que sigue un camino perfecto,
ese me servirá.
No habitará en mi casa
quien comete fraudes;
el que dice mentiras
no durará en mi presencia.
Cada mañana haré callar
a los hombres malvados,
para excluir de la ciudad del Señor
a todos los malhechores.
Te presento hoy, Señor, la lista de mis propósitos. El final de unos ejercicios, el
principio de año o, sencillamente, un despertar en el que he echado una mirada a
mi vida y he anotado algunos temas para recordármelos a mí mismo y para que tú
me los bendigas. Aquí están.
Sé que podía haber sido más concreto, y en la práctica lo seré si así lo deseas;
pero por hoy he preferido trazar sólo líneas generales para enfocar mis esfuerzos
y dirigir el día. Quiero esforzarme porque haya rectitud y equidad en mis acciones.
Sé demasiado bien que los propósitos en sí mismos no sirven para nada. Podría
enseñarte listas enteras que he hecho año tras año, con la sinceridad del
momento y el exceso de confianza de la juventud, y que hoy son sólo documentos
repetidos de santa ingenuidad y fracaso total.
Por eso hoy he querido, sencillamente, contarte mis pensamientos e indicar la
dirección que me gustaría siguiese mi conducta. Hoy esa lista no es un propósito,
sino una oración; es decir, que la lista no es para mí, sino para ti. Es para que tú
te acuerdes y la vayas aplicando según surja la ocasión. No son éxitos que yo he
de lograr, sino gracias que tú has de concederme.
Señor Jesús, que has venido al mundo para que pudiéramos andar
con rectitud de corazón, tú, que nos has propuesto como ideal de
perfección a tu propio Padre, concede a los hijos de tu casa la
verdadera perfección del amor: que vivamos hoy en tu presencia sin
cometer fraudes, sin ojos engreídos y así cantemos tu bondad y tu
justicia con cada una de las acciones de nuestra jornada. Tú, que
vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
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SALMO 100 - Liturgia de las Horas, Oficio Divino