Este Salmo rememora el traslado del Arca de la Alianza al
monte Sión (2 Sam. 6. 12-19). Las dos partes que lo integran se
corresponden en perfecto paralelismo.
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La primera (vs. 1-10) comienza con el recuerdo del
“juramento” hecho por David de no concederse ningún descanso
hasta encontrar una Morada digna del Señor (vs. 1-5).
+ La segunda (vs. 11-18) es la respuesta divina a los desvelos del
rey: en forma de oráculo, el Señor “jura” a David que su dinastía
no tendrá fin y le promete la prosperidad para su Pueblo.
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Los cortes abruptos de los vs. 6-10 dejan entrever los
diversos momentos de una liturgia procesional. Algunos indicios
permiten afirmar que esta era celebrada anualmente, en
tiempos de la monarquía, para conmemorar la elección de la
dinastía davídica y del monte Sión (2 Sam. 7).
Señor, tenle en cuenta a David todos sus afanes:
cómo juró al Señor e hizo voto al Fuerte de Jacob:
"No entraré bajo el
techo de mi casa,
no subiré al lecho
de mi descanso,
no daré sueño a mis
ojos,
ni reposo a mis
párpados,
hasta que
encuentre un lugar
para el Señor,
una morada para el
fuerte de Jacob".
Oímos que estaba en Efrata, lo encontramos en el Soto de Jaar:
entremos en su morada, postrémonos ante el estrado de sus pies.
Levántate, Señor,
ven a tu mansión,
ven con el arca de
tu poder:
que tus sacerdotes
se vistan de gala,
que tus fieles
vitoreen.
Por amor a tu
siervo David,
no niegues
audiencia a tu
Ungido.
El Señor ha jurado a David una promesa que no retractará:
"A uno de tu linaje pondré sobre tu trono.
Si tus hijos guardan mi alianza y los mandatos que les enseño,
también sus hijos, por siempre, se sentarán sobre tu trono".
Porque el Señor ha elegido a Sión, ha deseado vivir en ella:
"Esta es mi mansión por siempre, aquí viviré, porque la deseo.
Bendeciré sus provisiones, a sus pobres los saciaré de pan,
vestiré a sus sacerdotes de gala, y sus fieles aclamarán con vítores.
Haré germinar el vigor de David, enciendo una lámpara para mi Ungido.
A sus enemigos los vestiré de ignominia, sobre él brillará mi diadema".
UNA MORADA PARA EL SEÑOR
David tenía un corazón noble. No podía tolerar que el Arca del Señor, símbolo y sacramento
de su presencia, descansara bajo una tienda de campaña cuando él, David, se albergaba ya
en un palacio real en la Jerusalén conquistada. Cuando cayó en la cuenta de ello, reaccionó
con su típica vehemencia:
«No entraré bajo el techo de mi casa, … hasta que encuentre una morada para el Señor».
El Señor aceptó la invitación de su pueblo y escogió a Sión para que fuera su casa: «Esta es
mi mansión por siempre; aquí viviré, porque la deseo».
Lo que ahora nos preocupa, Señor, es el otro pensamiento. No el tuyo, sino el de los
hombres. Tú ya tienes una morada digna en la tierra, pero muchos hombres no la tienen.
Muchos de tus hijos no tienen un techo sobre sus cabezas para protegerse del calor y del
frío, del viento y de la lluvia. El juramento de David pesa todavía sobre nuestras cabezas en
esta su dimensión humana que nuestras conciencias han abierto ante nuestros ojos. ¿Cómo
puedo dormir en una cama blanda cuando mi hermano duerme en la plaza pública bajo un
cielo implacable?
Lo que hacemos por el más pequeño entre los hombres, lo hacemos por ti, Señor.
Encontrarles morada a tus hijos es encontrártela a ti. Renuevo el juramento de David en
nombre de toda la humanidad, y te ruego no nos dejes permanecer en complacencia
culpable mientras nuestros hermanos sufren el azote del tiempo en su vida sin techo.
«Acuérdate, Señor, de David y del juramento que te hizo».
Oh Dios, fuerte y vigoroso, visita a tu pueblo cuando en
su infortunio es estéril y necesita ser salvado; levántate y
ven a tu mansión, para que con la fuerza de la
resurrección de tu Hijo hagamos germinar una nueva
humanidad y le ofrezcamos al hombre de nuestro tiempo
un camino de salvación. Te lo pedimos, Padre, por el
mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.
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SALMO 131 - Liturgia de las Horas, Oficio Divino