La fe es un don invaluable
que debemos pedir a Dios
y una vez adquirida,
hemos de poner todos los medios
para conservarla, acrecentarla y defenderla
de todo aquello que le pueda hacer daño,
de esta manera sabremos reflejarla en nuestra vida
comunicándola a los demás para que sean movidos
por este testimonio sereno y firme
y se acerquen a Nuestro Señor.
La fe, aunque es un don de Dios, debe crecer y fortalecerse con nuestra colaboración.
La fe también debe ejercitarse, ponerse a prueba, alimentarse.
Necesitamos una fe adulta, resistente, alimentada con las lecturas adecuadas,
con la oración diaria, con los sacramentos y con todo aquello que nos ayude a fortalecerla.
La fe está íntimamente ligada a la fidelidad y la constancia. La verdadera fe es la que perdura
en el tiempo. Cuando uno cree en Dios de todo corazón, conserva su fe independientemente
de cómo le vaya en la vida o de sus circunstancias personales.
Jesús pide una fe capaz de trasladar las montañas del propio corazón para poder identificarse
con su persona, con su misión, con su fuerza divina.
Es verdad que los discípulos lo han abandonado
todo para seguir a Jesús, pero en una ocasión
no han podido curar al joven epiléptico
debido a su “poca fe”.
Los discípulos de Jesús no tienen una fe sólida
y bien consolidada.
Su fe es impulsiva, fruto de arrebatos.
En poco tiempo se desinfla.
Todavía no han recibido la acción del Espíritu Santo
que el Padre y el Hijo les enviarán en Pentecostés.
Es el Espíritu Santo quien les ayudará a mantener
sólidamente su fe en medio de todo tipo de pruebas
y persecuciones, y así podrán extender el Evangelio
por el Imperio Romano y más allá de sus fronteras.
Mientras están con Jesús, antes de su Pasión, Muerte
y Resurrección, sabemos que su fe
no está bien asentada.
Es como una casa que se ha construido sobre arena:
la crecida de las aguas se la lleva con facilidad
( Mt 7,26-27).
Cuando Jesús les envió por primera vez a predicar,
todo fue muy bien: llenos de fe predicaron con
energía y curaron enfermos ( Mc 6,6-13).
Pero pasado un tiempo, su fe se desinfló
y ya no eran capaces de curar al epiléptico
(Mt 17,14-20).
Jesús se lo explicó así: «Por vuestra poca fe. Porque yo os aseguro:
si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte:
“Desplázate de aquí allá, y se desplazará, y nada os será imposible”»
(Mt 17,20)
La Fe como de un grano de mostaza es la capacidad de creer que con Dios todo es posible.
La fe lo puede todo y, con tal que se renuncie a fiarse de las propias capacidades humanas,
puede trasladar las montañas, que, no está fuera sino dentro de nosotros.
Son cosas imposibles y difíciles que muchas veces
no logramos alcanzar, superar o llevarlas
a feliz término y el fracaso nos detiene.
Y muchas veces nos preguntamos
¿Porque fracase?
¿Por que no pude hacerlo?
¿Por que no lo pude lograr?
Al igual que los discípulos le preguntaron a Jesús
¿Por que no pude resistir la tentación?
¿Por que no pude ser victorioso?
¿Por que fracase?
Jesús dice por vuestra poca fe.
Y si tuvieres fe como un grano de mostaza
removerías cosas en tu vida y en la vida de otros
que son difíciles y nada será para ti imposible.
La fe como un grano de mostaza te hace que seas positivo.
Hay cosas en nuestra vida que están manchadas
y nos causan vergüenza pero si tenemos la fe
como un grano de mostaza sacaremos
de esa experiencia negativa algo bueno, algo positivo.
Las cosas negativas y que nos causan vergüenza
no nos detendrán sino que aprenderemos de ellas
y avanzaremos con más poder y fortaleza.
Una consecuencia de la fe firme es el optimismo
y la seguridad de que las cosas saldrán adelante.
El poder de Dios está con nosotros y disipa
todo posible temor.
El que nos ha dado una vocación de santidad y una misión divina,
nos dará también la gracia para cumplirla.
Los discípulos y la primitiva comunidad han experimentado que la incredulidad
no se vence sólo con la oración y el ayuno,
sino que es necesario unirse a la muerte y a la resurrección de Jesús.
También a nosotros nos cuesta fiarnos del amor
de Dios, del evangelio, palabra de vida,
preferimos nuestras seguridades, nuestras razones,
a ir por la oscura noche de la fe o el desierto
de la aridez espiritual, ambas imágenes
de las purificaciones interiores de la fe.
Debemos avanzar en ese camino de creer,
venciendo la duda.
La fe son los pies y el amor la lámpara que nos guía
al encuentro con el Señor.
El discípulo por ser creyente debe aprender que con Dios se pueden superar todos los óbices
que encontramos en nuestro camino.
Dios busca una busca fe como la de un grano de mostaza, luego la irá convirtiendo en un árbol
frondoso, sólido, fuerte, cargado de frutos, capaz de dar sombra para que descansen
los agobiando y alimento a los hambriento de la palabra del Señor.
Traeríamos esperanza a mucha gente que sufre,
no tendríamos dificultad para perdonar,
amaríamos a la gente no importando si nos hacen daño
y siempre haríamos cosas buenas a aquellas personas
que nos han hecho mal.
Nuestra generación padece y enfrenta problemas
difíciles y es necesario que nosotros
les demos una respuesta.
Si nosotros no tenemos una respuesta
para sus problemas ellos la buscaran en prácticas
esotéricas, sectas, brujería, hechicería etc.
La gente esta desesperada, agobiada y turbada
y nosotros somos la sal y la luz para sus vidas
Todo lo que Dios nos demanda es imposible hacerlo humanamente, la fe hace posible
hacer lo que Dios demanda de nosotros.
Reconocer al Señor delante de los hombres es ser testigos vivos de su vida y de su palabra.
A todo el que me confiese delante de los hombres, también yo le confesaré
delante de mi Padre que está en los Cielos.
Nuestra Madre Santa María nos enseñará a llenarnos de fe, de amor.
Es Ella quien libremente, como al decir “Hágase”, pone en juego su personalidad entera
para el cumplimiento de la tarea recibida.
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