Los cielos se abrirán en respuesta a la
súplica intensa de la tierra: ¡Ojalá
rasgases los cielos y bajaras!
Y el Padre
pensaba ya en
su Hijo,
¿Podrías, Hijo
mío?...
Veo a los
hombres
derrotados,
ciegos, no
encuentran el
camino.
¿Podrías, Hijo
mío?...
Veo a los
hombres heridos,
a muerte
condenados,
lloran sin
consuelo, y
esperan, ¡pobres
hijos!, que el cielo
los alivie.
¿Podrías, Hijo mío?
preguntaba el Padre, emocionado.
¡Heme aquí,
Padre mío!
¡Dame un
cuerpo!
Seré humano
como ellos,
seré su
hermano y
compañero.
Romperé sus
cadenas,
aliviaré sus
penas.
Pondré luz en su
camino,
encenderé sus
esperanzas,
daré mi vida por
ellos y los
amaré como Tú
los amas.
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