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Señor Jesús
Tú veías el rostro de tu Padre
en las cosas de la vida.
Con el lenguaje de todos los días
y las palabras aprendidas de tu Madre;
hablaste del amor y
la ternura de Dios que nos salva.
Predicaste el Evangelio
haciendonos comprender el misterio del
Reino
con los ejemplos y comparaciones que
todos podían entender
Hablaste de la alegría que experimentabas
por encontrar la oveja perdida,
del gallo que canta cuando Pedro te niega
de los camellos que no pasan por el ojo de una
aguja,
De los gorriones y de los árboles llenos de
nidos,
De los, lirios, las semillas, los frutos y las
flores
De los árboles que crecen se hacen grandes y
dan sombra,
Del mar, del rio, del cielo y del desierto,
Conocías para que sirve la sal, la levadura y el
aceite,
El vino y la harina, la red y las barcas de los
pescadores,
La lámpara que se enciende a la caida del sol.
Te alegraste en las bodas de Caná,
y a esos novios les diste buen vino,
También te lleno de gozo
el perfume que aquella mujer
derramó sobre tus pies cansados.
Partías el pan y repartias el pescado
Compartías la copa de vino en una gran mesa,
preparada para la Pascua.
Sabías lavar los pies de tus amigos
y llevar en brazos a los niños;
Tocar a los leprosos
y tener compasión de los que
andaban solos
como ovejas sin pastor.
Lloraste por la muerte de tu amigo
Lázaro.
Te pusiste triste cuando un joven
no quiso seguirte,
porque tenía muchas cosas
Comparaste el amor de tu Padre por nosotros,
con el amor de un hombre y una mujer.
Tú que hablaste también de las cosas de tu Padre,
enséñanos apredicar tu Palabra
en el corazón de la cultura de nuestro pueblo.
Que, fieles a la Iglesia,
anunciemos el mensaje de la fe cristiana
a todos nuestros hermanos
compartiendo con ellos la Palabra que da
vida
Amén.
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