EL CABALGAR DE
TÚPAC AMARU POR
LA MÁS ALTA DE
LAS MEMORIAS:
EL PRESENTE
MOVIMIENTO REVOLUCIONARIO
TUPAC AMARU
MRTA - DE
LA MATRIZ
AHISTÓRICA
Los conquistadores europeos usarán su propio
patrón “civilizatorio” para “medir” nuestras
realidades. Y el mundo latinoamericano no daba la
talla. No podía ser sino “salvaje”.
En el siglo XIX, Jorge Hegel (maestro de Carlos
Marx) dirá que nuestros pueblos son “sin
historia”, en casi puro “estado de naturaleza”.
Y como la naturaleza, sometibles, explotables.
El etnocidio indígena y afro descendiente fue
parte lógica del saqueo de la naturaleza.
En República Dominicana, los moradores
originarios, estimados en 400.000 a la llegada de
Colón, habían sido reducidos a sólo 3.000 para
1520.
En el actual México, la población originaria era
estimada en 25 millones antes de la conquista y se
redujo a cerca de 2 millones para el año 1.579.
En el actual Ecuador, pasan de un millón a
200.000, en un siglo.
En el Virreinato del Perú, en el mismo período, de
10 millones a 2 millones.
Para reemplazarlos como mano de obra, fueron
secuestradas, esclavizadas y traídas desde África, casi 15
millones de personas, entre los años 1500 y 1870 (en Cuba
continuará la esclavitud legal hasta 1886 y en Brasil hasta
1889).
A esa cifra se agregan una cuarta parte más de “pérdidas”,
por muertos en guerras de resistencia a las capturas, y otra
igual más, de fallecidos en el infrahumano hacinamiento del
viaje, durante meses, en los barcos negreros.
En total, más de 20 millones de seres humanos,
transformados en “mercancía” por el mágico poder de re
nombrar las cosas.
“Ese debate sobre los pueblos indígenas, que si eran
antropófagos o no eran antropófagos, ¿acaso el capitalismo
se ha alimentado de otra cosa que no sea carne humana,
acaso el capitalismo, hoy día, no se alimenta de carne
humana?” (Fidel Castro).
LO NUEVO
Pero la vida es movimiento y las cosas
raramente permanecen como se las pretende
fijar.
De la mezcla biológica y cultural, a lo largo de
tres siglos, se formó una nueva e inédita
estructura étnica y social, internamente diversa.
Perfectamente encarnada en Micaela Bastidas, la
esposa de Tupac Amaru II, “Coya” (señora
importante, con autoridad) y “Ñusta” (princesa).
Descrita por las fuentes
como
“elegantemente vestida con
ropas españolas e indias”,
y “mujer notable por su
hermosura”.
Llamada la “zamba” por sus enemigos.
Afrodescendiente y española, por parte de su padre,
Manuel Bastidas.
Indígena andina, por su madre, Josefa Puyacahua.
Sin embargo, la mezcla era de suyo diferenciada y
contradictoria internamente.
En América colonial se cruzaban y agregaban, a veces
hasta la identificación, el color de piel y el estrato
socioeconómico, en “castas” que definían las prerrogativas
legales y simbólicas de cada cual en la sociedad.
Nada menos que 35 categorías o jerarquías legales de
“castas”, en que se ubicaba cada uno de los habitantes de
América española al estallar la revolución.
Andamiaje cuya explosiva destrucción podría
resumir todas las razones y el programa completo
de la revolución independentista anticolonial.
Al estallar la definitiva lucha de independencia, la
América española contaba con alrededor de 20
millones de habitantes. Distinguidos por castas, 4
millones eran blancos, cerca del 80% de ellos
criollos. 5 mestizos y mulatos. 8.5 indios. Y 2.5
negros, afro descendientes.
TÚPAC AMARU
Al menos, más de 500 rebeliones
diversas de las que se tiene registro,
contra el dominio español en toda
América, el portugués en Brasil, el
francés en Haití, el inglés y holandés en
las Antillas
En Perú, a la resistencia inicial de Manco Inca y Tupac
Amaru I, habían sucedido innumerables levantamientos.
Los “taquionqueros”, resistencia de carácter místico
mesiánica andina, en 1630.
Juan Santos Atahualpa. Levantó, de hecho, su propia
Comuna en la selva central, sin poder nunca ser
derrotado, perdiéndose simplemente sus registros en las
nieblas de la historia.
José Gabriel Condorcanqui Noguera, Tupac Amaru II
Descendiente directo de la nobleza Inca, rico y culto propietario de
cocales, chacras, vetas de minas y una fortuna en mulas de arreo,
dedicado al comercio regional.
Encabezó la más grande rebelión anticolonial en Sudamérica, que llegó a abarcar, a
lo largo de dos años, cinco de los actuales países, y que tuvo repercusiones en
lugares tan distantes como Panamá y México.
Aunque la aristocracia virreinal lo llamaba con desprecio “el inca arriero”, es el
primer intelectual indígena, no sólo porque sabe leer y escribir en quechua y
español, sino porque mira y reflexiona el mundo indígena, por primera vez, con
visión universal pero desde sí mismo, desde su propio lugar en ese mundo y para la
realización de un destino propio y diferente.
Había llegado al punto de la subversión violenta tras largos años de gestiones
reivindicativas inútiles, ante las autoridades coloniales.
Dos eran los mecanismos
arquetípicos de los abusos. Los
“repartos”, ventas forzadas y
abusivas de toda clase de
mercancías, por parte de los
corregidores a las comunidades
indígenas.
Y, las más odiadas de todas, las
“mitas”, cuotas de trabajo
forzado de los indígenas en las
minas de plata de Potosí, que
equivalían a una virtual condena
a muerte.
Combinando su ascendiente de “curaca” de tres pueblos con sus fueros de noble
inca, a los que el sistema colonial español reconocía con privilegios económicos y
políticos, a fin de que sostuvieran la dominación.
Aprovechando su labor comercial en toda la región continental.
Desarrolla articulaciones conspirativas, con los diversos líderes indígenas de otras
zonas, y con sectores eclesiásticos y criollos descontentos.
En Perú, contará con cuadros indígenas, mestizos y criollos. Su esposa, Micaela
Bastidas. Su hermano Juan Bautista. Su sobrino Andrés. Su primo hermano Diego
Cristóbal.
Pedro Vilcapaza, quien fue ejecutado en Azangaro, su tierra, gritando “¡Azangarinos,
aprended a luchar y morir como yo!”.
El cacique Torres. El zambo Andrés Castelo. El criollo Felipe Bermúdez, muerto en
combate. El místico curandero Pedro Challco. El “tuerto” Pedro Obaya, “que tenía el
desplante de tratar de ‘tú’ a todas las altas autoridades españolas”. Entre muchos
otros.
QUIPAC HAYCHACTA HAYLLINI
(TOCA EL CARACOL SU CANTO
REGOCIJADO DE GUERRA)
QUIPAC HAYCHACTA HAYLLINI
(TOCA EL CARACOL SU CANTO
REGOCIJADO DE GUERRA)
“Dando ordenes en dos
lenguas”
el Inca desató
la tormenta de fuego
sobre los Andes
un 4 de noviembre de 1780.
En Tinta, sierra peruana, capturó al odiado corregidor Antonio de Arriaga,
y lo ejecutó en la horca. “Su mala conducta hizo de su ruina una tarea
meritoria”. Dirá el Condorcanqui.
Tomó los “obrajes”, especie de primeras fábricas, de Pomacanchi y
Quiquijana, liberando a indígenas y afro descendientes virtualmente
esclavizados en ellos para la fabricación de telas y artesanías. Y los
convirtió en “ayllus”, comunidades andinas, a cargo de su hermano
menor Juan Bautista.
Declaró abolidas todas las formas de esclavitud (el
primero en el mundo moderno), servidumbre y
discriminación racista legal.
Declaró la independencia. “ordeno y mando que
ninguna de las pensiones se obedezca en cosa
alguna, ni a los Ministros europeos intrusos…”
(Bando de proclamación. 1781).
Obtuvo una notable victoria militar en la batalla de Sangarara.
Luego marchó en campaña en dirección al sur, en un hecho
comentado por muchos como un error decisivo, al no tomar
inmediatamente el Cusco.
Volvió más tarde a sitiar esta ciudad, pero ya había sido reforzada
por los españoles, con indígenas leales a España. Y hubo de
levantar el sitio por no decidirse, en su rol de “Tayta protector de
todos los indios”, a luchar y masacrar a aquellas tropas indígenas.
Replegado, debió librar batalla contra fuerzas muy superiores,
reforzadas con contingentes enviados desde Lima, y fue derrotado.
En base a la traición de uno de sus coroneles fue capturado.
Junto a toda su familia, el Condorcanqui es conducido al
Cusco, enjuiciado y masacrado junto a ella en terribles
tormentos.
Escribe cartas con su propia sangre para intentar hacer
llegar instrucciones político militares a los remanentes de
sus fuerzas.
“Aquí no hay más culpables que tú y yo, tú por oprimir a mi
pueblo, yo por tratar de libertarlo”, responde al jefe de las
fuerzas españolas.
Meses más tarde, Diego Cristóbal, el inca continuador de la lucha,
acepta una falsa amnistía, siendo también cruelmente ejecutado.
Después de la derrota, la represión bestial y el etnocidio.
Se estima que llegaron a morir en las luchas y masivas represiones
de la insurrección al menos 50 mil indígenas (algunos autores
estiman hasta 100 mil).
Fueron masacrados todos los parientes del inca revolucionario hasta
en cuarto grado de consanguinidad (salvo su hermano menorJuan
Bautista, confundido y enviado como prisionero a África y España).
Atacaron la centenaria estructura de liderazgo de los “curacas”.
Prohibieron la enseñanza del quechua y sus obras teatrales, la
investigación sobre los incas y hasta la novela “los Comentarios
reales de los incas” de Garcilazo.
Se ordenó la destrucción de las indumentarias indígenas. Y hasta de
los “quipus”, sistema milenario de cuerdas de lana o algodón con
nudos de colores y trozos de maderas, que registraban la
matemática y la técnica de memoria histórica de esa civilización.
Prohibidos del quechua, quedaba terminante negado también que
los indios aprendieran a leer y escribir el español, y se eliminó todo
privilegio económico a las élites nobles indígenas.
Arrancarles la piel social y la memoria. Ser olvidados, analfabetos y
pobres, ese sería el castigo de un pueblo entero.
LAS
GENERALAS
Superando largamente la atrasada cultura machista de los
“civilizados” europeos, en la insurrección tupacamarista
las mujeres jugaron con plena igualdad un rol crucial en la
lucha e imperecedero para nuestra historia.
Micaela Bastidas, Bartolina Sisa, Tomaza Titu Condemayta,
Úrsula Pereda, Cecilia Escalera Tupac Amaru, Gregoria
Apaza, Marcela Castro, Margarita Condori, Manuela Tito
Condori, Antonia Castro y centenares de mujeres más,
fueron brillantes organizadoras, mandos, combatientes y
mártires de la epopeya.
Con un promedio de 26 años de edad, y al mando de hasta
miles de combatientes.
LA
TORMENTA
PERFECTA
En el Alto Perú, actual Bolivia, Julián Apaza,
cambia su apellido al de Katari, tomado de un
precursor, y su nombre al de Tupac, en
homenaje al líder quechua peruano Tupac
Amaru, al que reconoce como Rey.
Nace así como Tupac Katari, el aymara que, a
diferencia de Tupac Amaru, no poseía ningún
linaje de nobleza, pero fue nombrado virrrey y
capitán en el Alto Perú del movimiento.
Nace también la alianza quechua aymara, el
núcleo estratégico de la confederación
pluriétnica de la insurrección.
No menos de cincuenta mil combatientes, una centena de batallas, en 1.500
kilómetros, a lo largo de dos años. Quechuas, Aymaras, Tobas, Chancas,
Matacos, Mocovíes, Pampas, Chiriguanos, mestizos, negros, mulatos,
criollos, y, según algunas fuentes, hasta algunos europeos.
En el estado mayor de Tupac Katari, que llega a sitiar la
ciudad de La Paz por 6 meses, están también su hermano
Dámaso. Su lugarteniente Andrés Huera. Diego Quispe,
llamado ‘el Mayor’ por sus montoneras que los seguían
fielmente.
Las “mama t’allas” Bartolina Cisa, su esposa y “virreina”.
Gregoria Apaza, su hermana. Y Tomasa Titu Condemayta.
Derrotados, al igual que Tupac Amaru por una mezcla de
errores, azares y traición, tendrán similar tormento final.
“Volveré y seré millones”, profetizó Tupac Katari a su
verdugos.
En la actual Argentina, se combatió en Jujuy, bajo el mando rebelde
del mestizo José Quiroga, el indígena Antonio Umacata, el criollo
Gregorio Juárez. También en Salta, y en Rioja. Hasta la misma
Córdoba y Buenos Aires llegó a los indígenas “el mal ejemplo de sus
semejantes de la infame voz: ya tenemos Rey-Inca” (Informe
español. 1781).
El criollo Miguel Tovar y Ugarte, en el actual Ecuador, es sorprendido
conspirando, a través del envío de cartas en las suelas de los
zapatos a Tupac Amaru, y condenado a prisión donde murió.
En la actual Colombia, dirigen la guerra de los comuneros de Nueva
Granada los mestizos José Antonio Galán, quien, siguiendo el
ejemplo de Tupac Amaru, proclamó la libertad de los esclavos en las
minas de Malpaso, Tolima. Y los caciques Ambrosio Pisco y Zape
Zipa, quienes proclaman a Tupac Amaru “Inca de América”.
En los llanos de Casanare, actual Venezuela, se
levanta en armas el criollo Javier de Mendoza,
declarado “capitán general de los llanos” al mando
de 3.000 indígenas, a quienes hace jurar a Tupac
Amaru como “rey de América”. La rebelión llega
hasta LaguniIlas, donde los alzados tomaron el
pueblo dando gritos de “¡Viva el Rey del Cuzco!”, y
Mérida.
En las capitales coloniales de todo el continente
aparecieron pasquines (panfletos y afiches) y
manifestaciones callejeras apoyando la revolución
tupacamarista.
En Italia, el jesuita y precursor peruano de la
revolución independentista, Juan Pablo Viscardo y
Guzmán, realiza gestiones infructuosas ante el
cónsul inglés para conseguir del gobierno británico
ayuda a los rebeldes tupacamaristas.
Francisco Miranda, futuro precursor
de la definitiva lucha de
independencia anticolonial, reconoce,
en carta de 1792, que el levantamiento
tupacamarista, siendo él oficial del
ejército español en Europa, fue
antecedente de su propia concepción
revolucionaria.
VIVE, VUELVE
Tupac Amaru fue el “sol vencido”, como lo llama uno de los versos del poeta chileno
universal Pablo Neruda.
El propio trauma del imperio colonialista español, sin embargo, mantendría vivo el
nombre del “Tayta Rey” transitoriamente derrotado.
El virrey de Perú, Francisco de Toledo, busca borrar, por todos los medios, la
memoria del malogrado inca, temeroso de que su ejemplo pudiera “criar yerba de
libertad”.
Benito de la Mata Linares, Juez que decidió la brutal muerte de Tupac Amaru y los
suyos, y más tarde, Primer Intendente del Cusco, no encontró nunca tranquilidad;
escribe incesantes comunicaciones llamando a las autoridades a “evitar que salte
alguna chispa de calor a estas cenizas que aún humean” (1875).
Numerosos pasquines anónimos, intentos conspirativos y pequeñas insurrecciones
comunales sacuden como réplicas llenas de malos presagios el orden de los
precarios vencedores.
“Tupamaros” llamarían a todos los indios rebeldes en lo sucesivo.
En el Beni, actual amazonía boliviana, en el año 1810, se levanta en insurrección
independentista el cacique Pedro Ignacio Muiba, al mando de miles de indígenas
Moxos, Baure, Itonama, Canichana, Movima y Cayuvava, manteniendo su propia
comuna de Moxos por cuatro meses, hasta su derrota y cruel asesinato.
Registros históricos, a partir de 1804, recogen la voz popular, según la cual el
cacique había sido, décadas antes, participante de la insurrección de Tupac Amaru
en Perú.
“Tupamaros”, llamaran a los montoneros de la independencia, especialmente a los
de los levantamientos criollos de Chuquisica y la Paz en 1809, los primeros en todas
las colonias, y a los de José Artigas en el actual Uruguay, los más indigenistas de
todos.
Después de 32 años de cárcel y torturas en las mazmorras
españolas, el veterano combatiente de la insurrección tupacamarista
y único sobreviviente del clan revolucionario, Juan Bautista Túpac
Amaru, hermano menor del prócer, vuelve a su amada Sudamérica,
ahora en lucha definitiva contra el dominio español.
En el Congreso revolucionario de Tucumán de 1816, donde se
declara formalmente la independencia Argentina, se presenta,
avalado por San Martín, la propuesta del “Incanato Unido de
Sudamérica”, con el hermano de Tupac Amaru, Juan Bautista, único
veterano sobreviviente de la insurrección, como Inca.
La propuesta es formalmente presentada por sus amigos,
compañeros y héroes, Manuel Belgrano, y Martin Güemes,
Inicialmente aprobada, la ridiculizan y hunden los aristócratas
racistas bonaerenses.
Desde Argentina, en 1825, gravemente enfermo,
el último descendiente de los Incas
escribió a Simón Bolívar
“he sido conservado hasta la edad de ochenta y seis años, en medio de
los mayores trabajos y peligros de perder mi existencia, para ver
consumada la obra grande y siempre justa... a ella propendió don José
Gabriel Tupamaro, mi tierno y venerado hermano, mártir del Imperio
peruano, cuya sangre fue el riego que había preparado aquella tierra para
fructificar los mejores frutos que el Gran Bolívar había de recoger con su
mano valerosa y llena de la mayor generosidad”
“cuarenta años de prisiones y destierros han sido el fruto de los justos
deseos y esfuerzos que hice por volver a la libertad y posesión de los
derechos que los tiranos usurparon con tanta crueldad... que tendría en
nada, si antes de cerrar mis ojos viera a mi Libertador, y con este consuelo
bajara al sepulcro…”
“Tupamaros”, serán también los hombres y mujeres de la guerrilla
uruguaya en los 1970, “tupamaras, bolivarianas, artiguistas y
marxistas”.
“Tupamaros” los de la porfiada guerrilla peruana de los 1960’, de
los 1980’, y tomando por asalto el siglo XXI con Néstor Cerpa
Cartolini a la cabeza.
“Tupamaros” se llaman también sectores socialmente rebeldes en
Caracas de los 1990’.
Son millones de interminables “tupamaros”.
Rompiendo, a lanza y espada el eslabón más fuerte de la cadena
imperial: el mental.
“Inventamos o erramos”
Simón Rodríguez
“Creación heroica, sin calco ni copia”
José Carlos Mariátegui
“Nuestro norte es el sur”
Joaquín Torres
GRACIAS
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