Keily tiene 9 años. Vive en Piedra Grande, municipio de San Pedro, San Marcos.
Tras el huracán Stan ha perdido su casa, en la que vivía con sus padres y sus cuatro
hermanos. Todos salvaron sus vidas tras el derrumbe que ha convertido su aldea en
una explanada de piedras y lodo. Perdieron todas sus pertenencias, también sus
muñecas. Keily tiene un sueño, quiere ser maestra.
Una escuela de Santiago Atitlán se ha convertido, tras el paso del huracán Stan,
en un improvisado centro de acopio. Grandes y pequeños, como Adolfo y su padre,
ayudan en lo que pueden para que los víveres lleguen a todos los damnificados.
Iglesias católicas o evangélicas,
escuelas, salones municipales e
incluso viviendas particulares son
algunos de los 300 albergues que han
acogido a cerca de 32.000
guatemaltecos damnificados con los
efectos de las fuertes lluvias,
inundaciones y derrumbes provocados
por Stan.
Según estimaciones de la
Coordinadora Nacional para la
Reducción de Desastres (CONRED)
casi 26.000 viviendas han sido
afectadas y más de 9.000 han
desaparecido. Todos los albergados
han hecho de estos lugares, sus
hogares temporales.
Odilia Velásquez de 15 años ha perdido a su mamá y su casa. Su papá, su hermana y
su hermano están bien aunque todos ellos estuvieron varios días ingresados en el
Hospital Nacional de San Marcos. Ahora viven en casa de su abuela en Piedra
Grande, San Pedro. A su mamá la enterraron en el cementerio municipal y cada día,
todos juntos, rezan junto a las piedras que sepultaron su vivienda.
Leiner y Beverly Pérez estudian primer y segundo grado. Su casa, al fondo, ha sido
destruida por el río que antes del huracán Stan era “un hilillo de agua”. Viven con su
mamá y sus abuelos. Su papá se fue a trabajar a los “Estados” hace tres meses.
Ahora, a parte de la deuda que tienen con el coyote, tendrán que pagar la
reconstrucción de su vivienda.
Otilio López tiene 11 años. Estudia en la Escuela Oficial Mixta de la Aldea el Quetzalí,
municipio de San Pablo, departamento de San Marcos. Ahora el aula en que estudiaba
cuarto grado se ha convertido en su casa. Allí vive con su mamá, hermanos, y
sobrinos. No sabe nada de su papá desde el día que su vivienda fue arrasada
por el cauce de un río.
“Yo y mi hermano estábamos en el
tapanco bajando doblador. Mi mamá
nos gritó que no nos moviéramos.
Entonces vimos bajar el río, con
muchas piedras y lodo. Mi casa
desapareció.” Helmer, 10 años.
Estudia cuarto grado.
Leticia Aguilar, 10 años. Su casa quedó cubierta de arena.
Ella y su familia perdieron todas sus cosas, incluidas las cédulas de vecindad.
A pesar de la tragedia vivida, muchos niños y niñas no han perdido su inocencia.
Tampoco su sonrisa.
Irene con tan sólo dos años, sabe que
debe colocarse la mascarilla cuando
va a la que fuera la casa de su abuela
en el Cantón Cua, municipio de
Tacaná. San Marcos, para evitar
epidemias ya que aún 19 personas
permanecen soterradas allí.
Su hermana mayor, de cinco años,
estaba visitando a su abuela y ambas
fallecieron. Su papá ha regresado hace
unos días de Estados Unidos donde
trabajaba. Ahora ya no volverá a
marcharse.
Wilfredo ha perdido su casa. Su
hermana pequeña murió y sus papás
estuvieron ingresados en el hospital
varios días. Sus tres hermanos están
bien. Tras el huracán Stan, todos
ellos acudieron a diferentes
albergues. Durante dos días, pensó
que habían muerto, hasta que su
hermano mayor Vladimir los
reunificó a todos.
Ahora, una vecina les da posada en
su casa. Sus papás deben guardar
reposo, por los golpes que
recibieron. Sus hermanos mayores,
de 17 y 15 años son los que trabajan
de momento. Wilfredo quiere
estudiar básicos.
Entre los escombros, los objetos que
algún día les pertenecieron, ahora
están hechos pedazos. Pero los niños
y niñas, se divierten con cualquier
cosa que encuentran. Wilfredo, refleja
con un trozo de espejo la luz del sol en
la cara de un amigo suyo en Piedra
Grande, San Marcos.
La fecha de la festividad de Todos los
Santos en Guatemala se acerca, y con
ella, sus tradiciones. Incluso en las
zonas más afectadas por el Huracán
Stan. Los niños y niñas tratan de volar
sus barriletes construidos por ellos
mismos.
Sobre la planicie que antes del huracán Stan descansaban sus viviendas, ahora los
niños y niñas de Piedra Grande, San Marcos, tratan de volar un barrilete.
Diego se apoya sobre la señal que
indica la tragedia sufrida por la aldea
en la que vivía. Panabaj se ha
convertido en un campo santo cubierto
de cal, para evitar epidemias.
Diego y su familia permanecen
albergados en la Iglesia Evangélica
Príncipe de Paz, Santiago Atitlán,
Sololá junto con veinticinco familias
más.
El centro de Salud de Tecún Umán es uno
de los diez albergues que continúan
activos. Cerca de cien familias no tienen
donde vivir.
Los niños y niñas juegan sin descanso en
sus nuevos hogares. Allí reciben víveres
e incluso juguetes gracias a la solidaridad
de miles de guatemaltecos.
Elvis, de 9 años, nos muestra donde
quedó atrapado el día del huracán
Stan. Gracias a la ayuda de algunos
vecinos logró salvarse. Su casa
quedó cubierta por lodo y piedras.
Estudia tercer grado.
A pesar de tener la casa cubierta de arena, algunas familias no han perdido
su buen humor.
Saimy no ha perdido su casa.
Tampoco a ningún miembro de su
familia con el huracán Stan. Pero ella
y su familia han tenido que acudir a
un albergue porque las fuentes de
agua de su casa están contaminadas.
Para evitar cualquier tipo de
enfermedad, su mamá ha preferido
albergarse con sus cinco hijos allí,
hasta que la situación del agua
mejore.
Historias de la Tormenta Stan y fotografías: Elena Prieto
Santiago Atitlán, Panabaj, Sololá; Cantón Cua, Tacaná y Piedra Grande, San Marcos
Proyecto de Comunicación, UNICEF Guatemala, octubre de 2005
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